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Bocados de realidadCésar Wonenburger

El socialismo militante actúa como con Jospin, no cambia de bando ni aunque le mejoren el sueldo

El candidato andaluz ganador se enreda con cantos y susurros mientras vuelve a demostrarse que la justicia solo es para los ricos y el rastro de Conchita y Joaquín permite un reencuentro inesperado

Juanma Moreno celebra su victoria electoralEuropa Press

Lionel Jospin fue un socialista atípico más que utópico. Pese a no ganar las elecciones presidenciales en Francia, llegó a primer ministro en tiempos de Chirac. Contrariamente a lo que se esperaba de él, algunas de sus iniciativas más relevantes consistieron en la privatización de varias de las principales empresas públicas de su país, como France Telecom, o la rebaja de impuestos (el IVA, por ejemplo).

Todo ello con óptimos resultados para la economía gala, que por una vez logró rebajar el paro en casi un millón de personas. Se diría que le había robado la chuleta a Aznar.

Con esas credenciales lo lógico es que la segunda vez que intentó el asalto al Elíseo, en 2002, hubiese arrasado. No lo logró y se retiró sin aspavientos de la política. En la primera vuelta de las presidenciales lo dejó fuera de la cuneta el viejo Le Pen. ¿Por qué?, se preguntaría Mourinho en un caso semejante. Si además había hecho un notable esfuerzo por mostrarse más próximo a los ojos de la población.

Fue uno de los primeros en inaugurar esa espantosa vertiente de la política-espectáculo que consiste en seducir a los electores mediante algunos guiños que «humanicen», por la vía enternecedora, a los candidatos. En su caso, debutó en la aventurada faceta de los cantantes, apareciendo en un programa de televisión cuando empezaba a velar sus primeras armas entre los votantes.

Lionel Jospin en su primera aparición pública tras ser expulsado de la elección presidencial, noviembre de 2002John Russell/GTRES

Con aspecto de notario perdido en un karaoke, sin desprenderse del traje cruzado y la mano en el bolsillo del pantalón, el más bien soso Jospin no fue capaz de abandonar su aire circunspecto ni siquiera para presentarse en un popular espacio de variedades, donde interpretó Les feuilles mortes (Las hojas muertas) hasta el final.

No puede decirse que de las infinitas versiones que existen grabadas de esta delicada gema musical (la mejor quizá sea la de Montand, pero las hay magníficas, incluso por Iggy Pop), la de Jospin hubiese pasado a la historia. Salvo por el detalle de tratarse de un político en campaña. Juanma Moreno canta algo más afinado, aunque el otro tuviera mejor gusto en la elección. Más que socialista, es francés.

Aquel experimento del marketing ya representaba una anomalía desde la propia puesta en escena. Ante un señor serio, tímido y algo nervioso (le temblaba la voz), tan discretamente ataviado de azul oscuro, la audiencia en el estudio mostraba un inmediato contraste: acudía disfrazada, como si participara del 'Mardie-gras'. Y ni los aplausos entusiastas que coronaron la actuación parecieron restablecer la magia inexistente entre el jolgorio de la plebe y aquel alto funcionario algo azorado por el trance.

Justo lo mismo que le ocurriría después, en su definitivo intento por hacerse con la presidencia, que volvería a escapársele en las urnas. Su buena gestión económica no convenció ni siquiera a sus correligionarios socialistas, que lo abandonaron a su suerte frente al auge del líder del Frente Nacional, en aquella vuelta.

Por más que en otro tiempo se hubiese prestado a imitar a un «crooner» en horario de máxima audiencia, a su parroquia no había logrado burlarla: no representaba más que el papel de traidor. Un falso socialista convertido a la fe prohibida del libre mercado por su detestable cohabitación con la derecha. No se lo perdonaron.

De nada servía que muchos de ellos hubieran resultado beneficiados con su correcta aplicación de los principios económicos fundamentales. Se trataba de un esquirol que había antepuesto un sensato pragmatismo a la defensa del ideario progresista, ese que no duda en elegir siempre la francachela subvencionada que consagra supuestas conquistas sociales pagadas a crédito, frente al rigor presupuestario y el esfuerzo que en cambio garantizan la seguridad a largo plazo.

A Jospin le ha salido un improbable imitador por Málaga, que a sus algo mejoradas dotes canoras suma la de émulo de Robert Redford, solo que este en lugar de susurrarle al oído de los caballos, animal más noble, prefiere hacerlo con una vaca para mostrarse comprometido con lo rural.

Juanma Moreno, posa con la vaca Blanca, nieta de la fallecida Fadie, en Añora (Córdoba)EFE

Muy bien. Pero por el camino, a pesar de la pírrica victoria (lo es presentarse con la práctica seguridad de revalidar una mayoría absoluta y no lograrlo), Moreno Bonilla se ha dejado algunos principios del liberalismo verdadero para abrazar una supuesta moderación que tiende a comulgar con algunas de las recetas fallidas del adversario.

El lío seguramente le hará rectificar, pero ya van muchos seguidos: a lo mejor el verdadero problema se encuentra en ese artificio de la gran casa centrista, propuesta incierta que solo desanima a los convencidos mientras no parece sumar a nadie de fuera. El socialismo militante actúa como con Jospin, no cambia de bando ni aunque le mejoren el sueldo.

La justicia solo es para los ricos

Que la ley es igual para todos es otra de las falacias sobre las que se sustentan las viejas democracias para consolar a los clientes menos afortunados. Como todo el mundo sabe, tanto si has tirado a tu padre por un barranco para agilizar el penoso trámite de la herencia, como si Hacienda te quiere birlar la cartera, en ambos casos, aún tienes una oportunidad de librarte: pagar al mejor abogado disponible (alguna vez incluso se ha pillado a un juez venal, pero eso entraría ya en otra categoría).

El socialismo se llena la boca cada fin de semana con «el gobierno de todos, todas y todes», aunque luego mantiene para la Agencia Tributaria la misma estrategia de presunta inspiración mafiosa que también se cultivaba en tiempos de Montoro (para eso no existe la ideología).

Si un autónomo presenta unos gastos reales para intentar ahorrarse una calderilla y no llegar ahogado a fin de mes, o costearse unas improbables vacaciones, lo más seguro es que Hacienda responda a tal osadía en forma de aplastante requerimiento, negando la mayor al tiempo que anuncia sanciones que pueden convertir lo supuestamente defraudado, con sus intereses, en una montaña de asfixiante deuda para los meses o años por venir.

Usted no tiene razón, me ha querido engañar y por ello prepárese a entregarme lo poco que tenga ahorrado en el banco, o pida usted un crédito. Y si quiere reclamar, porque se cree en su derecho, en cualquier caso, págueme primero y luego ya suerte con la demanda, si es que aún le queda algo de aire para tan tortuoso trayecto.

Mediante la argucia, que vulnera el vapuleado principio de presunción de inocencia (el feminismo extremo, azuzado por ministras y postulantes, también lo pone en solfa), se han arruinado no pocos pequeños empresarios. Pero de eso apenas se habla, como tampoco de la epidemia de suicidios (alguno habrá por estas mismas causas), porque resulta de mal gusto. Y mientras, la noria del abuso mayúsculo cometido en nombre de las arcas públicas sigue girando.

Para enfrentarse a esa maquinaria perversa primero hay que ser millonario, lo que vuelve a dejar en evidencia cada día la sacrosanta igualdad ante las leyes con el beneplácito, y necesaria colaboración, de quienes se disfrazan con los fasos ropajes de la justicia social. La única bala de plata para intentar paliar el roto en la economía doméstica es el oro capaz de adquirir tiempo, paciencia y eficaces letrados.

Por eso solo los artistas favoritos de las masas o los jugadores galácticos han logrado doblarle la mano al ogro filantrópico de este estado que alienta y promueve la desigualdad, después de someterse a varios escarnios públicos (a Shakira una plataforma televisiva progubernamental le montó hasta una serie con la que desprestigiarla aún más).

Shakira durante su actuación en Copacabana (Río de Janeiro) el 2 de mayo de 2026DISI/GTRES

Para buscar el amparo de la justicia, en primer lugar, conviene estar forrado.

¿Qué pasó con Conchita y Joaquín?

Impenitente rastreador de inútiles perlas, el otro día, pululando entre las casetas de una feria de libros con solera, me hice con un raro ejemplar de El tiempo que ni vuelve ni tropieza, una selección de artículos de uno de esos pensadores, Julián Marías, que jamás pasan de moda porque dedicaron su tiempo a meditar sobre lo esencial en lugar de perderse entre la hojarasca.

Al abrir el libro, cuyo título surge de una frase de Quevedo, me salió al paso una dedicatoria, de puño y letra del autor, a bolígrafo, con esa esmerada caligrafía de quienes aún cultivaban la escritura a mano sin prisas ni atolondramientos. «A Conchita y Joaquín», se puede leer, «amigos de tan largo tiempo, con un abrazo, Julián». Y debajo, una fecha: 8-XII-64.

Ya no pude sumergirme de inmediato, como pretendía, en las estimulantes reflexiones sobre la libertad, el Quijote o el destino de Puerto Rico que proponía el filósofo. Antes tuve que detenerme unos instantes, prolongados por el fuego inabarcable de la imaginación, para elucubrar acerca del destino de aquello que ahora tenía en mis manos.

¿Qué habría sido de Conchita y Joaquín? (fíjese que el autor escribe primero el nombre de la dama, prueba incontestable de que se trataba de un hombre fatalmente entrenado en las fauces del lobo heteropatriarcal).

Han pasado más de sesenta años desde aquella firma. Seguramente, sus herederos hayan tenido que malvender también este último retazo de sabiduría, mezclado con otros de más relativo interés en los anaqueles de la biblioteca familiar. Es lo que toca cuando a casa llega algún urgente reclamo de la Agencia Tributaria, si no eres Xabi Alonso.