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César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

Xi, Trump y Sánchez ante el dilema del Hondius

¿Qué habrían hecho los dos grandes líderes mundiales ante la crisis del Hondius y cómo lo resolvió Sánchez? Mientras, Ayuso sitúa de nuevo a los mexicanos ante el drama de la negación de la madre y en Georgia sentencian a una gran figura pública por protestar

Sánchez asume el liderazgo ante la crisis del Hondius

Sánchez asume el liderazgo ante la crisis del HondiusGTRES

Despachaba Xi Jinpin con sus más próximos en la casa blanca del partido comunista chino, Zhongnanhai, cuando un edecán se le aproximó en busca de una respuesta inmediata. El alto estado militar demandaba una indicación urgente sobre qué hacer con respecto al Hondius que, navegando frente a las costas de ese país, había solicitado permiso para desembarcar en el puerto de Qingdao.

El jefe supremo lo tuvo claro: «Nada de pisar suelo patrio, que busquen auxilio en otra nación. Aquí ya tuvimos bastante con lo de Wuhan». A lo que el funcionario, cabizbajo, respondió con un leve murmullo: «Señor, pero ellos insisten; de hecho, ya han iniciado las maniobras de aproximación».

Xi Jinping visita a asesores políticos nacionales del Partido Democrático de Campesinos y Trabajadores de China el pasado 6 de marzo

Xi Jinping visita a asesores políticos del Partido Democrático de Campesinos y Trabajadores el pasado 6 de marzoGTRES

Mientras se disponía ya a regresar a sus otros asuntos, el líder giró unos segundos la cabeza para pronunciar la resolución definitiva: «Si fuese así, ya saben lo que tienen que hacer: hundan el barco. Si, como dicen, sus pasajeros han pagado hasta 20 mil euros por el trayecto, son ricos no trabajadores. Nadie lamentará su pérdida: véase lo que dicen de ellos en las redes sociales».

En Mar-a-lago, Trump aún se deshacía de las legañas cuando recibió la llamada de Hegseth, su resolutivo secretario de Guerra. «Buenos días, presidente, estos tipos del Hondius pretenden atracar en Miami, ¿qué hacemos?». «¡De eso nada!», se escuchó bramar al otro lado de la línea. «Bastante tengo ya con los traidores de MAGA para que me monten otro nuevo pollo en casa. Manda a los navy seals que los saquen uno por uno del barco y, en cuanto estén fuera de la línea de fuego, cañonazo y al fondo del gran Golfo de América».

«Pero y ¿qué hacemos con la gente?», demandó el ministro. Tras un largo silencio, el mandatario le comunicó sus precisas instrucciones: «Imagino que la isla de Epstein estará deshabitada, que los trasladen hasta allí y se ocupen de que tengan provisiones de agua y piña para una larga temporada».

Donald Trump durante una cena especial en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca el lunes 11 de mayo de 2026

Donald Trump durante una cena especial en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca el lunes 11 de mayo de 2026Aaron Schwartz/GTRES

A la media hora, el que sonó, esta vez, fue el teléfono del propio Hegseth. «Pete, lo he pensado mejor. Melania sugiere que mezclar a estas personas con el lío de Jeffrey no es buena idea, tal como está la situación. Que se los lleven a Guantánamo. Allí, como mucho, podrían infectar a un primo lejano de Bin Laden, y si se destapara una pandemia, que empiece por Cuba nos beneficiaría; así, a lo mejor, hasta acabamos de una vez con el régimen. Por eso antes había pensado que al llegar le dieran a esta gente unas friegas con lejía. Mejor nada, a ver qué pasa». «¡Es usted el más glorioso los estadistas!», se oyó de fondo.

En el Palacio de la Moncloa, de madrugada, Bolaños, algo nervioso, apenas se atrevía a traspasar el umbral de la zona reservada al descanso del prócer, aunque el olor a incienso y el sonido de un raga hindú le infundieron ánimos suficientes para perturbar su dulce amanecer. «Presi, ¿estás ahí? No podemos esperar más, ¿qué hacemos con lo del Hondius?».

«¡Qué jodienda!», se escuchó a través de la puerta, mientras el mandatario aparecía con su floreado kimono matinal: «Ya te lo dije, prepara un buen show donde los canarios, que vuelva a congraciarme con Ursula». «Ojalá fuese así, pero tenemos un problema gordo con ellos», respondió el ministro. «Ese noble pueblo, tan dócil en otro tiempo, se ha vuelto peleón. Amenazan con revueltas si les reventamos el turismo, como algunas mentes abascaleñas piensan».

Pedro Sánchez a su llegada al Congreso de los Diputados

Pedro Sánchez a su llegada al Congreso de los DiputadosSergio R Moreno/GTRES

El presidente, que aprovechaba la ocasión para observarse las ojeras en un espejo del pasillo, respondió: «Son las brasas eternas del franquismo, querido Félix. Avivadas por Vox y sus amigos, han malogrado su antaño carácter amable. Por eso necesitamos veinte años más de socialismo, ¡pero no como el de Felipe!».

«¿De Borbón…?», murmuró el empleado. «Pero serás imbécil… Ay, qué ganas tengo de que vuelva ya Iván Redondo. Esto es lo que haremos: el barco fondeado frente a Tenerife, para que no digan, y si dicen, pues que se fastidien. Nuestra nación de naciones estará de nuevo a la altura, pese a quién le pese».

«A esas personas nos las traeremos a Madrid. Y entre que son adineradas, y Ayuso chula como ella sola, seguro que querrá pasarse por el hospital para presumir. Al venir de Méjico con la maldición de Monctezuma, con un poco de ayuda, quizá hasta se contagie ¡y resuelta la batalla de la capital con otro candidato!».

Esbozando una leve sonrisa satisfecha, a la que su jefe correspondió con otra mefistofélica, Bolaños se apuró a terciar: «¡Por fin te has decidido a prescindir de Óscar López!».

«¡Qué dices, necio! Nada de eso, si la suerte estuviese otra vez del lado correcto, los que tendrían que nombrar a otro u otra serían los del PP».

México lindo y querido, ante el espejo

El otro día, al escuchar en la tele las declaraciones de Claudia Sheinbaun sobre la presencia de Ayuso en México, me pareció que la presidenta azteca hablaba con desdén de los «pacistas». Fue un lapsus. En realidad, la dama se refería a los panistas, miembros del PAN (el partido opositor, situado a la derecha en ese país), que según ella eran los únicos decididos a jalear las polémicas declaraciones de la madrileña, durante su agitado último viaje.

Pero el error en la audición en realidad no lo era del todo. Si me vinieron a la mente los «pacistas» fue porque pensé que Sheinbaun podía haberse referido así a los lectores de Octavio Paz, el escritor mexicano que consagró algunas páginas propias de su clarividente lucidez, honda conciencia crítica y exquisita prosa al asunto de las viejas querellas entre defensores de un indigenismo idealizado y quienes promueven la idea del carácter civilizador de la conquista, sin mayores matices.

Claudia Sheinbaum en una rueda de prensa en Ciudad de México en febrero de 2026

Claudia Sheinbaum en una rueda de prensa en Ciudad de México en febrero de 2026Francisco Canedo/Xinhua/GTRES

Hubiese resultado sorprendente, en cualquier caso, que esta mujer conociera la obra del premio Nobel literario de su país, a juzgar por el escaso relieve de su propio pensamiento, volcado en agitar, mediante simples consignas destinadas a los electores menos formados, algunos de los viejos dogmas de esa izquierda latinoamericana necesariamente mestiza, que reniega neciamente de sus propios orígenes.

Paz dedicó al asunto muchas horas de estudio y reflexión, como para recorrer casi toda su creación, también la poética. Pero quizá algunas de sus ideas más brillantes y reveladoras se plasmasen en El laberinto de la soledad, una de las que figuran recogidas en esa valiosa nueva antología, Corrientes alternas, que la Real Academia Española ha puesto a circular, no hace tanto, en una edición muy decente y a un precio realmente imbatible para las alhajas que contiene. Búsquese.

El escritor Octavio Paz recibiendo una condecoración en España acompañado del ministro de Educación José María Maravall

El escritor Octavio Paz recibiendo una condecoración en España acompañado del ministro de Educación José María MaravallGTRES

Entre las ideas más brillantes que Paz formulaba ahí, ya en 1950, el escritor reconoce que el complejo problema de la identidad mexicana constituye «el centro secreto de nuestra ansiedad y angustia», quizá nunca superadas por lo que se aprecia. «El mexicano no quiere ser ni indio, ni español. Tampoco quiere descender de ellos. Los niega. Y no se afirma en tanto que mestizo, sino como abstracción: es un hombre. Se vuelve hijo de la Nada. Él empieza en sí mismo».

Y prosigue: «Es pasmoso que un país con un pasado tan vivo, profundamente tradicional, atado a sus raíces, rico en antigüedad legendaria si pobre en historia moderna, solo se conciba como negación de su origen».

El drama mexicano, aún hoy, es el mismo de quien reniega de la madre al pretender mostrarse, a partir de un cierto momento, como un ser sin ataduras con el pasado. Lo cual siempre resulta falso e incompleto. Las huellas primitivas se encuentran plenamente reflejadas en la naturaleza heteróclita de criollos, indios y mestizos, «como con gran amor por los matices especificaban las Leyes de Indias», señalaba Paz.

Sheinbaun, como su antecesor y las huestes ignorantes, desde hace algún tiempo, parecen haber decidido poner fin unilateralmente a esa suerte de orfandad elegida. Para ello pretenden fijar ahora su procedencia solo a través de una parte de su propia, parcial realidad histórica. Como los nacionalistas, han elegido idealizar un pasado común único referido a los meros habitantes de aquella Arcadia posteriormente inventada de seres puros, seráficos, inmaculados, sinónimo de un indigenismo al que siglos más tarde, y hasta hoy (véase Chiapas), bien alejados ya del pecado original hispánico, tampoco concedieron demasiado protagonismo, salvo para la reciente propaganda.

Todo lo que vendría más tarde, lo quieran o no, constituye en verdad la parte quizá más relevante para la constitución de su propia identidad, porque es aquella que ha permanecido, y no puede ser negada sencillamente por el mensaje victimista de la agresión, sin mayores precisiones, de la potencia colonizadora.

Quizá sin pretenderlo del todo, o sí, pero desde luego sin todas las citas más oportunas (reivindicar a Paz, con toda su autoridad intelectual, además de otros autores actuales, hubiera constituido un acierto), Ayuso ha vuelto a situar a los mexicanos, otra vez, ante el espejo de sus propias íntimas contradicciones. Por eso a algunos les resulta tan odiosa. Habían matado a la madre, y ahora ella misma regresa con afán recordatorio.

Isabel Díaz Ayuso durante un acto en su viaje a México el 4 de mayo de 2026

Isabel Díaz Ayuso durante un acto en su viaje a México el 4 de mayo de 2026GTRES

Al reivindicar el mestizaje que resultó de aquel encuentro, fatídico para los herederos que parecen despreciar sus propias esencias como un agravio perpetuo, sin duda más o menos violento, como suelen resolverse todos los avances en el curso de la humanidad, la presidenta madrileña ha vuelto a agitar el avispero de una identidad en perpetua discusión para aquellos que se niegan a aceptar la compleja realidad de su propia diversidad, forjada con sombras y luces, como cualquier otra.

Hasta que no acepten del todo su herencia, ni se conocerán por completo ni lograrán convivir en armonía con ellos mismos. De lo cual, los españoles de hoy, absortos en nuestras propias divagaciones y fantasías acerca de nuestra identidad colectiva, no tenemos la menor culpa.

Siete años de prisión por protestar

Los modales despóticos de la presidenta mexicana, quien a través de declaraciones altisonantes proclamaba el derecho de Ayuso a defender libremente sus ideas, mientras por detrás se encargaba de cerrarle el paso presionando a sus anfitriones para que la echaran sin contemplaciones, son moneda corriente, incluso hoy, entre los gobernantes del ancho mundo.

A veces los europeos, y norteamericanos (también los canadienses), vivimos en la vana ilusión de que el resto del planeta se nos parece, al menos en lo que atañe a la defensa de las libertades democráticas, cuando lo extraño, y por ello fascinante (y peligroso para el resto), es lo que aún ocurre entre nosotros. Lo más normal es lo otro, la persecución del discrepante, el ahogamiento de todo pensamiento crítico.

Acaba de ocurrir en Georgia. Los pormenores ya los expusimos hace meses, en otra sección de este diario. Pero ahora ha llegado la resolución. Como se contaba aquí, y en ningún otro periódico español, Paata Burchuladze, uno de los cantantes favoritos de Herbert von Karajan, al final de su prestigiosa carrera en el mundo de la música, decidió centrar su atención en echar una mano en el desarrollo de su país. Creó una fundación con fines educativos y más tarde decidió bajar al ruedo, participando activamente en política.

En los últimos tiempos, este antiguo artista, bien conocido en los teatros españoles, se había mostrado como firme militante opositor al presidente georgiano, un antiguo héroe deportivo, el ex futbolista del Manchester City Mijeil Kavelashvili, en realidad, un monigote puesto ahí por el dueño de facto de Georgia, el magnate Bidzina Ivanishvili, cuya fortuna personal representa por si sola un cuarto del PIB de esa nación.

El multimillonario y su financiado títere serían peones, a su vez, de la política expansionista de Putin, que añora en las antiguas repúblicas anexadas al poder soviético a imprescindibles aliadas, o algo más estrecho según el grado de sumisión o lealtad, fuera de la órbita de influencia occidental.

Kavelashvili en su investidura

Mijeil Kavelashvili, presidente de Georgia desde 2024, en su investiduraEFE

Mientras, Burchuladze, de setenta años, un tipo culto, viajado, representaría el ideal de una Georgia libre de cualquier injerencia extranjera, autónoma para decidir si en el futuro deseara establecer vínculos más sólidos, comerciales y/o políticos, con la UE, o incluso la OTAN. Algo similar a lo de Ucrania.

En una democracia plenamente asentada se supone que ambas alternativas, la de asumir una cierta o total tutela de Rusia, o propiciar por contra un acercamiento a Europa en materia exterior, deberían poder dilucidarse en el marco libre del debate de las ideas. Pero no seamos ingenuos, eso solo ocurre en contadas ocasiones: en realidad, la guerra fría prosigue con otros disfraces.

La constatación la hemos tenido esta misma semana. Burchuladze, que se puso al frente de una manifestación callejera para denunciar un supuesto fraude electoral en las últimas elecciones municipales, a las que la oposición decidió no presentarse ante la ausencia de garantías de unos comicios limpios, acaba de ser sentenciado a siete años de cárcel tras una pantomima de juicio que retrasó el veredicto final varios meses.

Que tenga suerte o acabará sus días como Boris Godunov, al que tantas veces encarnó en los escenarios internacionales.

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