04 de diciembre de 2022

Portada de «Los reyes de la casa» de Delphine de Vigan

Portada de «Los reyes de la casa» de Delphine de ViganAnagrama

'Los reyes de la casa': la infancia o la fama

Delphine de Vigan (1966) es uno de los grandes nombres de la literatura francesa y cultiva elogios entre los lectores más exigentes. Su última novela es un thriller que fotografía sin filtros la dictadura del ego en la que vivimos inmersos

Cuando mi sobrino Javier, el primer bebé que se incorporaba a la familia después de veinticinco años, nació en abril de 2016, la primera advertencia que me hizo mi hermano en cuanto saqué el móvil para hacerle una foto fue: «Sin flash, que está durmiendo». Luego le siguió otra: «Nada de subirla a Instagram». Entonces no comprendí. En la era de la belleza retransmitida se me negaba presumir de lo más bello a lo que yo había asistido, ¡podría haber ganado cantidad de likes y comentarios gracias a aquel bebé tan adorable! ¡El mundo se estaba perdiendo toda aquella felicidad!
Mientras a mí se me censuraba, tuve que ver con impotencia cómo mi feed se llenaba de padres con sus hijos durmiendo la siesta, sus hijos merendando donetes, sus hijos montando en monopatín. Éramos la nota discordante, parias de las redes sociales. Si seis años después he logrado comprender cosas —todo llega—, la lectura de Los reyes de la casa algo ha tenido que ver.
Delphine de Vigan (1966) es uno de los grandes nombres de la literatura francesa y cultiva elogios entre los lectores más exigentes. De su lista de obras publicadas resuenan Nada se opone a la noche, Las lealtades y Las gratitudes; y en Los reyes de la casa logra oscilar entre el thriller policíaco y el ensayo sociológico con una elegancia que podría ser caso de estudio en las escuelas de escritura.
Portada de «Los reyes de la casa» de Delphine de Vigan

anagrama / 339 págs.

Los reyes de la casa

Delphine de Vigan

Mélanie Claux, uno de los ejes sobre los que se desarrolla esta historia, tiene dos tareas en la vida: ser madre de los niños Kimmy y Sammy y dirigir el exitoso canal de YouTube Happy Break. Este canal supone el centro de sus vidas; viven de él y para él y sus ingresos dependen de las visitas y patrocinios que tengan sus vídeos, por lo que cualquier ocasión privada resulta perfecta para generar contenido en las redes y contentar a sus seguidores. Y todo es megusta y suscripción hasta que un día la encantadora estrella del canal, su pequeña hija Kimmy, desaparece sin dejar rastro. Y todo apunta a que lo más probable es que haya sido secuestrada.
Comenzará entonces una investigación policial encabezada por Clara Roussel, una brillante y particular agente de policía alejada de las redes sociales que conforme avance la investigación se irá adentrando en un mundo que le resulta difícil de entender, uno «donde todo se había vuelto mercancía, gobernado por el culto al ego». Clara se echa las manos a la cabeza cuando descubre que en su cuenta de Instagram Mélanie retransmite cada paso que se da en la vida de los pequeños. ¿Cómo es posible que haya gente dispuesta a exponer así a sus hijos, a someterlos a semejante pérdida de intimidad?, ¿cómo puede una madre empujar a sus dos niños a tan peligrosa exposición?
Para dar respuesta a estas preguntas, Los reyes de la casa se desarrolla en tres planos cronológicos: el momento en que la televisión hizo posible que personas desconocidas despertaran el interés del público y alcanzaran la fama gracias a formatos como Gran Hermano; el día a día con el que convivimos, con canales centrados en familias anónimas que cosechan millones de seguidores y exponen su vida en Instagram; y el futuro al que nos dirigimos, en el que los hijos de esas familias se harán mayores y buscarán curarse de todo lo que provoca haberse pasado la infancia delante de una cámara.
Y aunque las piezas de estas tres líneas narrativas pudieran ser difíciles de encajar, el resultado funciona con la perfección del algoritmo de Instagram, que te da vídeos de gatitos del color que más te gustan. Estamos hablando de un libro de 339 páginas que he devorado en tres días. Y he sido yo la primera sorprendida de haberse visto cautivada por su embrujo narrativo: en un puente plagado de planes y excursiones, lo único que me apetecía era quedarme en casa leyendo mi De Vigan.
Como complemento perfecto a una trama trepidante, la autora ejercita una escritura ligera de ornamentos, con las decoraciones justas para embellecer sin resultar pesada ni obstaculizar el desarrollo de la acción. Le mot juste. Encontrar el equilibrio exacto en este ámbito es una destreza que no resulta sencillo alcanzar, y que además se conserva muy bien gracias a la acertada traducción de Pablo Martín Sánchez. Confirmamos que De Vigan no empezó a escribir anoche.
Me ha encantado. Tanto que no me habría molestado que tuviera 150 páginas más. Imagínate, un puente entero en casa leyéndome semejante tocho habría dado para muchos stories, muchos likes, muchos comentarios alabando mi hazaña. Lástima que donde me alojé no hubiese buena cobertura. Quizá por eso no me despegué del libro.
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