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19 de abril de 2024

Portada de «El negro de Vargas Llosa» de Eduardo Riestra

Portada de «El negro de Vargas Llosa» de Eduardo RiestraPepitas de calabaza & Los Aciertos

'El negro de Vargas Llosa': divertido homenaje al mundo del libro

Bajo una premisa original –Vargas Llosa pidiendo ayuda literaria–, Riestra nos habla con pasión y humor de libros, de editores y de autores. Un paseo personal por la literatura hispanoamericana de las últimas décadas

Para los que no conozcan el término, un «negro literario» es un escritor con buena pluma y poca fama que entre otros quehaceres escribe libros, muchas veces autobiografías, a personas célebres (políticos, deportistas, faranduleros…) con poco tiempo y menos habilidad para comunicarse por escrito. Los famosos se llevan el éxito y el dinero, el negro una cantidad fija por su trabajo y la obligación de no desvelar la verdad del asunto. Por eso en inglés se le llama «escritor fantasma».
Pues bien, el libro de Eduardo Riestra, El negro de Vargas Llosa narra precisamente eso: la historia de una persona a la que le encargan terminar una novela del flamante premio Nobel, que con tanta exposición mediática no le ha dado tiempo de terminar y ya le están urgiendo en la editorial. Hasta aquí podría parecer un libro más o menos divertido, pero el narrador y «negro» resulta ser el propio Eduardo Riestra y la novela El héroe discreto, novela publicada en 2013. Estos dos elementos provocan que nos adentramos en un juego mucho más complejo y arriesgado.
Portada de «El negro de Vargas Llosa» de Eduardo Riestra

pepitas de calabaza & los aciertos / 232 págs.

El negro de Vargas Llosa

Eduardo Riestra

Eduardo Riestra es un autor novel, pero eso no significa que sea desconocido. Es un importante editor español, tal vez no por el volumen de su editorial pero sí por la calidad de sus libros. Se podría decir que es de los pocos que mantienen el concepto de «oficio de caballeros» (y también de damas) y su editorial, Ediciones del Viento, es una independiente que desde La Coruña publica joyas literarias bajo el criterio de su apetencia y buen gusto personal.
Esta novela tiene mucho de memorias y de lecciones literarias. Riestra acumula una buena colección de anécdotas literarias atesoradas a lo largo de su vida de editor a la vez que nos cuenta el devenir de varias aventuras editoriales que ha llevado a cabo. Es un material valioso para la historia cultural en español, pero su mérito estriba en la magnífica prosa con que está contado y el sentido del humor que impregna.
Es además un libro en el que el autor nos habla de sus lecturas, de Vargas Llosa y de tantos autores hispanoamericanos. Desgrana las novelas con humor y amor a la buena literatura, pues se mueve en ese difícil territorio del lector culto y sentible pero no académico.
El negro de Vargas Llosa es un libro ante todo divertido. Divertido por el humor sutil, irónico, inteligente y algo caustico que aparece en todas sus páginas y que en ocasiones me recuerda al mejor Vonnegut. Riestra no se calla una y opina de lo divino y de lo humano. También es un libro divertido porque el autor juega sin piedad con el lector, que no sabe en qué territorio se mueve. Ya lo hemos dicho, el libro entremezcla la ficción con la realidad de una manera magistral, e incluso el que esto escribe, que algo sabe del mundillo literario, se siente confundido en ese juego. No parece que se invente nada, pero no puede ser verdad lo que cuenta. Y siendo un libro de humor, Riestra es elegante y no se ríe del lector, sino que lo hace partícipe de ese divertimento que ha construido. De hecho, da la sensación de que se lo ha pasado estupendamente escribiendo esas páginas. Con todo, es un divertimento muy serio y nada frívolo. Entre mucho juego y humor desgrana grandes verdades, fuertes opiniones y nos muestra un personaje (él mismo) que ha decidido hacer de la cultura su modo de vivir.
La vida provoca raras coincidencias. Una de las preguntas que revolotean mientras se lee este libro es si el propio Mario sabe del mismo (a él está dedicado). Difícilmente se podría responder sin recurrir a las fuentes y justo esta semana me he cruzado por la calle con el Nobel peruano (era él, tenía que ser él). Cuando tomé conciencia de quién era, me armé de valor para presentarme y pensé en lo que tenía que decirle (sobre este libro, sobre tantos otros), ya se había perdido en alguna bocacalle de Leganitos. Audentis Fortuna iuvat.
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