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24 de junio de 2024

José Manuel Cansino

El «pishing» del banco no era Kevin

La delincuencia informática se extiende, aunque hay grandes empresas que ocultan los ciberataques que sufren para no perder la confianza de los clientes

Actualizada 10:42

No son pocos los que sostienen que la delincuencia informática ha alcanzado ya un nivel de plaga que supera de largo la del COVID. Naturalmente hay diferencias entre ambos tipos de «plagas» y una no pequeña es que la magnitud de la cibernética es muy difícil de medir. Las grandes empresas tienden a ocultar que han sido víctimas de ciberataques para no perder la confianza de sus clientes y proveedores cuyos datos pueden acabar en manos de cualquier pirata.

En el caso de los bancos y cuando la estafa es de pequeña cuantía la práctica actual presenta una falla importante que debería ser resuelta cuanto antes. El problema aparece cuando te llega un mensaje falso («pishing») a través del propio teléfono que tu banco utiliza para enviarte los códigos con los que operar a través de la banca electrónica. En definitiva, no hablo de un mensaje fraudulento que te llega a través de un teléfono o correo electrónico que suplanta la identidad del banco, sino de un mensaje, igualmente falso, que recibes a través del teléfono habitual por el que tu banco se comunica contigo. En este caso se trata de un fallo de seguridad en el sistema informático de la entidad bancaria y el riesgo debería estar oportunamente cubierto de forma que te devolviesen fulminantemente el dinero con la misma comodidad con la que puedes devolver un recibo indeseado. No es así. El banco te obliga a presentar primero una denuncia acompañándola del detalle del cargo fraudulento.

Así las cosas me tocó personarme en una comisaría de policía a celebrar el día de Reyes acompañando a un familiar adolescente recién estafado. Usted podría pensar que hay otros 364 días del año para presentar la denuncia pero con el nuevo calendario universitario, el mes de enero está dedicado a los exámenes y no es plan de perder un día de estudio incluso si se piensa que el trámite de la denuncia va a ser rápido.

Pero las comisarías de policía, como los hospitales públicos son retratos precisos de nuestra sociedad. Sólo dos comisarías abiertas en una ciudad de más de 700.000 habitantes y sólo dos agentes atendiendo a la ciudadanía. Un agente de puerta registrando los datos de los potenciales denunciantes y otro agente redactando las denuncias. Allá que te plantas con una media de 45 minutos por denuncia hasta que sumas seis horas de espera para presentar la tuya.

El tiempo pasaba y había algo muy diferente a lo que la misma ciudad contempló sólo unas horas antes cuando la cabalgata de reyes paseaba repartiendo caramelos. En ese desfile se agolpaban miles de personas que llevaban esperando el paso del cortejo la mitad del tiempo que yo llevaba en comisaría pero en esa situación, si a alguien se le ocurre ponerse delante de quien lleva treinta minutos aguardando en primera fila, la sarta de improperios que hubiese recibido lo hubieran teletransportado varios metros adentro del bullicio en 0,0. En comisaría el tiempo pasa a otra velocidad. Todos esperamos.

Y en esto que llegó Jennifer y Kevin Jesús. Nombres ficticios. Ella desaforada, gritando, llorando y sin apenas articular palabra. Él tranquilo y con las manos en los bolsillos de un chandal Nike con apariencia de ser más falso que la lealtad de un mercenario.

Se le va entendiendo que están amenazados de muerte, ella -Jennifer- y su hijo -Kevin Jesús-. Le habían robado el dinero que estaba guardando en su casa para la comida de Reyes. La primera cifra de dio al policía de la puerta fue de 4.000 €. Inmediatamente dudó y recurrió a Kevin para que le recordase la cifra. El agente intenta tranquilizarla pero no lo logra. Ella se disculpa afirmando que toma una fuerte medicación. El agente le pide que, por favor, evite a su hijo el mal rato de presenciar la situación. Le insiste amablemente en que se calme. No lo logra. Entonces decide acompañarla a la puerta mientras que Kevin se queda dentro de la pequeña sala que tiene un aforo limitado a ocho personas. El agente logra tranquilizarla, entra con ella y la invita a sentarse. Suena el teléfono de Kevin y se disculpa diciendo que ahora no puede atenderlo porque está acompañando a su madre.

Kevin apenas habla pero no le quita ojo a su madre que, ella sí, no para de hablar y de teclear en la aplicación de notas de su móvil todo lo que recuerda del robo de los 4.000 o de los 1.200 € pues, explica al auditorio, la medicación le hace olvidar lo que ocurre y por eso tiene que escribirlo. Tan es así que llama a un familiar para preguntar a dónde fueron la noche anterior después de salir del último bar que recordaba. En eso Kevin no puede ayudarla.

La tarde termina con Kevin recostado en los brazos de Jennifer. Creo que no llega a los 16 años. Parece que es ella quien lo sostiene pero aquí el pilar es el que lleva el chandal de imitación.

No sé si todo el mundo pero España se sostiene sobre la paciencia asimétrica de quien aguanta seis meses para una cita médica que luego despachan con menos de 10 minutos. Una paciencia asimétrica porque la misma persona no tolera que nadie se le cuele en la cola de la caja del súper. España se sostiene sobre el agente que actúa de cortafuegos entre una madre desquiciada y un niño de dieciséis primaveras a las que le quedan sabe Dios cuantas tempestades. Estaría bien que cuando nos extendemos en hablar de esta generación de padres que les hacemos los deberes a los hijos, pensemos también en los hijos que sostienen las vidas rotas de padres imposibles; en los servidores públicos que entran pronto y salen tarde y en el banco que, en lugar de reconocer que le han «hackeado» sus sistema informático, te obliga a pasar por una comisaría en la que el agente es un parapeto, en lo que puede, frente a la sociedad de la cabalgata.

José Manuel Cansino es Catedrático de Economía de la Universidad de Sevilla y académico de la Universidad Autónoma de Chile / @jmcansino

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