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De lunes a lunesFrancisco Rosell

El condenado Sánchez busca condonarse con la deuda de todos

Mientras la Generalitat se reserva la recaudación, enjugará los gastos generales con un aguinaldo solidario con el resto de los españoles como contribuyentes netos como con vascos y navarros

Sánchez, este miércoles presidiendo el Comité Estatal de Coordinación y Dirección del Plan Estatal de Emergencias

Sánchez, durante el Comité Estatal de Coordinación y Dirección del Plan Estatal de EmergenciasPool Moncloa

Tras sus vacaciones a cuerpo de rey y del erario, yendo del Palacio de La Mareta a la Andorra cinco estrellas de la corrupción del 3 %, un progresista cabal, a diferencia de una facha como Giorgia Meloni que veranea de su bolsillo, «Noverdad» Sánchez se presenta esta noche bien maqueado y pisando alfombra roja en TVE. Asomado a ese espejito mágico, parodiará la escena del sofá del Tenorio. Luego de privatizar la cadena para su disfrute, tras su fallido golpe contra el dueño de Prisa y posterior rescate de sus asaltantes en la televisión dizque pública, el burlador de la Moncloa podrá declarar a la exdirectora de «El País», Pepa Bueno, cual doña Inés, «¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor, /que en esta apartada orilla/ más pura la luna brilla/ y se respira mejor?».

Siendo la periodista a las que más ha embaucado, aunque sólo sea por haberle concedido más entrevistas que a nadie —primero en la Ser, luego en El País y ahora en su retorno al Ente—, es probable que Pepa Bueno lo admita, si bien se justificará en que le miente bonito. Y, además, desde siempre. En junio de 2016, este don Juan, travestido de Mefistófeles, manifestó a la entonces radiofonista: «Se decía (…) que yo iba a vender mi alma para ser presidente y aceptar el chantaje de Iglesias cargándonos la independencia de los jueces y fiscales, que íbamos a hacer descansar la gobernabilidad en las fuerzas independentistas…». Desprendido del lazo naranja contra la manipulación de TVE con Rajoy, Sánchez se hará el ofendidito tras aquel «se decía que…» y su contertulia aparentará que también sabe situarlo en un brete como al mismo diablo Feijóo, pero ofreciéndole una salida a su agapimú para que luzca palmito, si es que a esa hora ha cenado. Entretanto, el fiel Ferreras se queda a La Sexta pregunta y gimotea su destierro tras haberse querido tanto.

Fuera de la cápsula televisiva, Sánchez es un presidente burbuja que no puede mezclarse con los veraneantes como su colega italiana al haber perdido su sentido de servidor público y servirse de lo público. Con su familia y con sus conmilitones tras institucionalizar la corrupción que usó para entrar en la Moncloa y colonizar el Estado allí donde no es un Juan sin Tierra arrodillado a un soberanismo del que penden sus constantes vitales. Por eso, mientras se apenumbra su horizonte penal como la luz del día con el fin del verano, el condenado Sánchez acaricia condonarse a base de mutualizar —esto es, con todos los españoles de paganinis— la deuda catalana atendiendo a la carta de pago contraída con ERC para poder ser presidente y cuyo anteproyecto aprueba mañana el Consejo de Ministros. Asimismo, mientras la Generalitat se reserva la recaudación, enjugará los gastos generales con un aguinaldo solidario con el resto de los españoles como contribuyentes netos como con vascos y navarros.

Como la estupidez es gran gobernadora de estos tiempos más bobos incluso que los denostados por Galdós, el sanchismo trata de dar gato por liebre para que la opinión pública y las comunidades del régimen general muerdan el anzuelo tragando con lo indigerible hasta ulcerar el Estado. De un lado, se sugiere que laminar esos 85.000 millones de deuda es como apuntar ese débito en una barra de hielo y que se evaporen derretidos al sol cuando agrava la deuda española a niveles que pueden suscitar la temida prima de riesgo como en Francia. Y, de otro, trata de acorralar al PP para que, mejorando la liquidez de sus administraciones autonómicas, los contribuyentes devengan como españoles lo que dejan de sufragar a título autonómico. Ni siquiera es ese caballo regalado al que no mirar el diente.

Bajo esa trampilla, se franquea la independencia fiscal catalana y España pasa a ser, con un concierto sin base constitucional, en su colonia hasta que al independentismo le pete segregarse bajo el artificio de una consulta no vinculante, salvo victoria secesionista. Pero, como respondió María Jesús Montero, vicepresidenta y ministra del Fisco, en 2018 a un gacetillero tiquismiquis: «Chiqui, 1.200 millones no son nada». Siendo paisana y correligionaria de Carmen Calvo y «el dinero público no es de nadie», no hacía cuestión de «pasarse en un presupuesto» porque son millones que los «pones o quitas en una parte u otra». No en vano, como consejera andaluza, agujeró las cuentas y depuso exigir a la tropa de los ERE que restituyeran lo saqueado al deducir que la deuda pública es concepto discutible y discutido, como la nación lo es para Zapatero, para esta médico que no conoció paciente.

Como postulante a la Junta de Andalucía, a Montero no le queda otra que soplar y sorber a la vez, esto es, abonar los pactos de investidura de Sáncheztein y procurar no retratarse para no cargar con más plomo sus alas de «bebesuaria» de los padres de los ERE, Griñán y Chaves. No obstante, eso es una cosa y otra bien distinta es provocar la risotada al presumir, como ha hecho en Sevilla, donde son amigos de la guasa, pero no de los que los tomen a guasa, que «no habrá ningún agravio territorial ni privilegio mientras gobierne el PSOE». Y no digan dueñas en Waterloo, donde el prófugo Puigdemont espera a Sánchez con las del Beri evocando al ladrón que Sender refiere en «La tesis de Nancy».

Como candidata del ayer, Montero repite las sofisterías de gramola de Chaves cuando se prestó a que Andalucía hiciera de cortafuegos de la Cataluña del Estatut inconstitucional con un trampantojo de reforma que normalizara aquel adefesio, mientras reiteraba —incluso ante Montilla— que «lo que es bueno para Cataluña es bueno para Andalucía». No sólo eso, sino que dio pábulo a la financiación pactada por Zapatero con CiU para que, a la postre, la consejera Montero emprendiera una cruzada contra Rajoy para que le resarciera de la idiocia de Chaves.

Sin embargo, como discierne el pícaro Guzmán de Alfarache, «el poco daño espanta y el mucho amansa». Y a ello se encomienda con sus legiones mediáticas un Sánchez que, en el día 101 de gobierno, tras sus vacaciones en 2018, ya verbalizó que buscaría habitar la Moncloa hasta el 2030 junto a quienes parasitan la democracia y la nación, esto es, los que imponen sus «porsupuestos» para unos presupuestos de los que Sánchez, al margen de que los presente o no, hará bandera de que no le permiten gobernar, no aquellos de los que es tributario, sino el PP y Vox. Y con esa estratagema, avivando la polarización y demonizando a la derecha como ultraderecha, ir al campo de batalla con Cataluña como fortín de sus apetencias de perpetuación en el poder.

Sin duda, sería «repetir la jugada de 2018», como arguye Pudimos, para erigirse en remedio de los males que siembra y que verbaliza su adalid Otegi vaticinando que, si hay anticipo electoral, reconvertirán la cita en un plebiscito de autodeterminación en el País Vasco y Navarra. Es lo que acaece cuando se recurre al apaciguamiento, bien por inacción como Rajoy, bien por ambición como Sánchez. Como ejemplificó el primer ministro británico Chamberlain contra el expansionismo nazi, la ensoñación troca en pesadilla. Cavilando que el tiempo resuelve los problemas —«Mañana, ya verás, todo estará bien»—, estos se hacen insalvables.

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