Las plagas del Arenal
«El recinto está diseñado a prueba de bomba y así se ha comprobado este año, con el gratinador puesto a toda mecha»
Ea, se acabó. Hace unas horas que las casetas han ido ‘chapando’ consecutivamente, como caen las fichas del dominó, conforme los últimos de la fiesta abandonaban el recinto del Arenal desafiando su propio centro de gravedad. Cuando el sol ha comenzado a despuntar por encima de Mercacórdoba y algunos apuraban los últimos hielos, otros comenzaban a desenchufar los arcones, a amontonar las sillas y a descolgar de cualquier manera los farolillos. La Feria de la Salud ha terminado.
A la espera de conocer el parte de incidencias de esta noche, se puede aventurar que el desarrollo de la misma ha sido con normalidad, sin incidencias que revistan una especial gravedad, para tranquilidad de todos, pero sobre todo para las autoridades y para los padres que no pegan ojo hasta que no escuchan cómo se abre la puerta del piso.
La Feria de la Salud ha terminado y, como suele suceder con todas las ferias, cada uno la contará según le haya ido. Es la tradición, pero lo cierto es que la nuestra, pese a ser reciente, está diseñada a prueba de bombas. Nadie puede con ella.
A partir de mañana se iniciarán los balances y el ascua irá de sardina en sardina, según quien hable, porque en este caso todas las lecturas tienen su parte de razón. Habrá quien enumere las carencias del recinto, que son ciertas, y habrá quien recuerde lo que se ha hecho y lo que se va a hacer de inmediato, que también es verdad.
Lo que sí es cierto es que en cuanto se enciende la portada todo se olvida. Las ganas de diversión son tantas que el recinto se ve al momento no ocupado sino invadido por una multitud que será la tónica habitual, sobre todo por las noches.
Como decía, el recinto del Arenal está diseñado a prueba de bomba y así se ha comprobado este año, con el gratinador puesto a toda mecha. Esto no ha impedido que haya disfrutado de la Feria quien haya querido, aunque, a decir verdad, no ha hecho que la afluencia haya sido menor.
Si las calles del Arenal estaban desiertas como en un poblado fantasma, en el interior de las casetas no se cabía, siempre que el aire acondicionado funcionara como Dios manda. Que nadie se creyera que por estar disparado el termómetro iba a ser más fácil encontrar una mesa libre para almorzar. En absoluto.
El cordobés está curtido ante la adversidad de la Feria. Ya ha sufrido en sus carnes las diversas plagas que como castigo bíblico han caído sobre El Arenal. ¿Recuerdan el año de las polillas? En días de lluvia los charcos llegan de acera a acera y también hubo ediciones en las que el aire levantaba unas nubes de polvo que se se amortiguaron regando el suelo con noséqué producto químico que obró el milagro. ¿No es también un castigo que los árboles sigan menguados, acomplejados, igual que como los plantaron hace más de tres décadas?
Ninguna de estas adversidades redujo nunca el aforo del Arenal. Año tras año se supera a sí mismo y a la hora de la verdad nadie echa en falta que Ruiz Madruga no haya cumplido lo prometido de ampliar los todos en la portada de la Feria y que durante el verano se reparten en distintos puntos de la ciudad para alivio de los peatones.
El Arenal va a mejorar en un futuro con los caminos pavimentados que servirán también para las tardes de fútbol, con la nueva instalación eléctrica, con las plantaciones anunciadas, pero lo cierto y verdad es que en cuanto suena el primer cohete en el cielo cordobés la gente se echa a la calle dispuesta a disfrutar sin tener en cuenta todo lo demás.