07 de diciembre de 2022

Dos activistas permanecen con la mano pegada a la pared de la National Gallery tras arrojar sopa de tomate al célebre cuadro 'Los girasoles', de Vincent van Gogh, el 14 de octubre de 2022

Dos activistas tras arrojar sopa de tomate al célebre cuadro 'Los girasoles', de Vincent van Gogh, el 14 de octubre de 2022AFP

Gastronomía

La naturaleza, el arte y la comida no son afectos incompatibles

Están inmersos en unas acciones agresivas y, a la vez, carentes de trascendencia

Reina un desorden en el pensamiento actual que fructifica en actos vandálicos a los que hemos asistido en las últimas semanas. Amar la Tierra que nos acoge no es incompatible con amar el arte. El artista no es enemigo de la naturaleza, muy probablemente sea un amante de ella en la mayoría de los casos. Tampoco es excluyente que el visitante de los museos pasee por los bosques y parques de su ciudad.
Llama la atención que personas de diferentes colectivos, exasperados evidentemente, inquietos, crispados e impacientes, no se vayan a plantar árboles, ni se animen a recoger basura quizás, o incluso ayuden en alguna asociación protectora de animales. Están inmersos en unas acciones agresivas y, a la vez, carentes de trascendencia, en las que se animan a ser rebeldes durante unos segundos. A mí me parece que la valentía está en la voluntad de hacer cosas, de ser proactivo, de ayudar en acciones que repercutan de verdad en la sociedad, pero que cuestan esfuerzo y que se prolongan en el tiempo. La valentía no está en generar una tensión inútil y negativa. Ser bravo no es ser arrogante, y se incita mejor con un buen ejemplo que con un acto agresivo. En definitiva, la tensión producida se vuelve en contra de sus propósitos
Por otra parte, los grandes museos tienen protección y medios para mantener los cuadros a salvo de la barbarie. Pero, ¿qué ocurre con los museos más modestos, que carecen de estos medios? Y que son innumerables en toda Europa, porque no hay ciudad que no tenga al menos uno de estos museos con piezas fantásticas. Es inútil romper un jarrón del s. XVI con la excusa de cuidar la Tierra. Es incluso estúpido. Pero claro, es muy cansado organizar un equipo de gente que se dedique a limpiar un bosque, una playa, un jardín. Lo fácil es lo fácil, y por un poco de comida y un bote de pegamento uno consigue… ¿qué? Nada. No consiguen nada excepto complicar el acceso a los museos y que los amantes del arte aborrezcan este movimiento porque los cuadros se tendrán que ver a cierta distancia, mayor que la actual o con más protección. Pero conseguirán causar más crispación y dañarán la reputación de los que de verdad desean cuidar la naturaleza.
Por otro lado, es interesante observar lo que arrojan a los cuadros y así, a grandes rasgos tenemos: un pastel a la Mona Lisa, en el Louvre; un ataque en el Museo Barberini, en Berlín, con puré de patata contra el cuadro Los pajares, de Monet. Otro ataque con sopa de tomate contra Los girasoles, de Van Gogh en Londres, y el último, otro ataque con salsa contra La joven de la perla, de Johannes Vermeer, en la Galería Mauritshuis, de La Haya.
¿No les parece sugerente que solo tiren comida contra los cuadros? No arrojan pintura, como en otros casos, lanzan alimentos. Nada vale más que nada, la comida y el arte no compiten en importancia, solo ocupan distintos nichos de interés. Por eso la comparación que hacen «¿Vale más la comida que el arte?» resulta muy indigesta. A pesar de que me gusta mucho visitar museos en paz y amo el arte, sin embargo, siento cierta pena por estas generaciones ecoansiosas, capaces de cometer un delito antes que irse al monte a plantar árboles, o expertas en lamentarse amargamente por la Tierra pero incapaces de limpiar las basuras que dejan después de una noche de farra.
Creo que perciben la tensión que hay en el ambiente, los miedos incrustados en el s. XXI por intereses, la falta de principios morales y, la escasez de auténtico afecto y razón repartidos de forma equilibrada. No se lo merecen todo, no se les debe conceder todo, pero hay que ayudarles a encontrar ese equilibrio que les descabalgue de la amarga agresividad. Los estudios de filosofía y religión en el sistema educativo hacen un infinito bien: ayudan a pensar, a valorar lo que es importante de verdad, de lo que no lo es. Pero este gobierno los ha anulado, creando con ello generaciones a los que deja desarmados a la hora de la reflexión.
Llama la atención que la comida sea para nuestros ecoansiosos el símbolo de la Naturaleza, como si esta última tuviera una vendetta con el arte. Y para dañar el arte no usan cualquier comida, sino comidas enlatadas (sopa de tomate) o preparadas (puré de patata o tartas). No sé que significa, pero si es lo que tienen en casa y lo que comen a diario, sería necesario que revisaran su forma de alimentación. Porque las manzanas, las lechugas y las coliflores son unos proyectiles infinitamente mejores. Y también son comidas mucho más saludables.
Hacen falta muchísimas cosas en este colérico siglo XXI, pongamos en el cesto un poco de calma, de amabilidad, de reflexión, de lecturas y de buenas comidas. Muchos de los productos humanos actuales están crudos, les faltan cocción y sazón, se les nota de inmediato. Y desgraciadamente hay mucho interés en que se mantengan así.
Mientras que puedan disfruten de los museos, coman bien y en paz. Se hacen mejores digestiones y se aprovechan mucho mejor los buenos productos bien cocinados que en un museo.
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