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Un grupo de adultos jóvenes de fiesta

Un grupo de adultos jóvenes de fiestaMihailo Milovanovic / iStock

Consultorio Familiar

Mis hijos huyen del compromiso. ¿Cómo puedo hacerles entender el valor del matrimonio?

El orientador, conferenciante, escritor y mediador familiar José María Contreras Luzón responde a las preguntas de los lectores de El Debate, en este caso, sobre la importancia del compromiso

Para mí el compromiso es una cosa muy importante en mi vida, fundamentalmente el compromiso con mi mujer. Pero en mis hijos veo que no tiene ninguna fuerza, aunque ellos digan que sí. El único compromiso que veo en ellos es el compromiso con lo que les apetece, con sus sentimientos. Huyen del compromiso. ¿Cómo puedo hacerles entender el valor del matrimonio? Gracias de antemano por su respuesta.

A lo largo de este consultorio van saliendo algunos de los motivos por los que, tan frecuentemente, fracasan las relaciones de pareja.

Ante el panorama actual, a veces un poco desconcertante, hay personas que con perplejidad se preguntan qué es lo tienen que hacer para no fracasar.

«Tampoco para casarse habrá que hacer una carrera –me decía no hace mucho un chico–. Yo quiero ser como mis padres; hacerlo bien, sin sensación de que uno es un héroe.»

Es una buena consideración.

Si se me permite, voy a hacer alguna más, sin querer ser exhaustivo.

Nos hemos creído que la revolución sexual era la solución a todo lo referente a las relaciones de pareja. No hacer caso al compromiso, no atarse a una persona, dejarse llevar por el deseo sexual y otros comportamientos del mismo estilo, era el camino para tener unas relaciones más libres, con menos sentimiento de culpa, más naturales.

Todo ello, lógicamente, tenía que afectar muy positivamente al futuro de las relaciones y a la normalidad de las mismas.

Indudablemente, no se puede demostrar de una manera empírica, pero pienso que no ha sido así.

El desamor y la falta de respeto han aparecido casi como una constante en muchas relaciones de pareja. La inseguridad personal en relación a los sentimientos es muy notoria; la necesidad de afecto, grandísima.

Veo en mis conversaciones con muchas parejas la percepción de que, en el fondo, muchas personas están mendigando cariño.

Sin sentirse querida, una persona pierde la autoestima y se siente, en el fondo, poco estable, muy insegura.

Como han entregado el corazón mil veces, ya está «demasiado usado» y no saben qué hacer para que vuelva a funcionar. Sin seguridad ninguna en su vida personal, están bastante incapacitados para dar lo mejor de sí mismos.

«He pasado los sesenta años y tengo la sensación de que no he hecho nada en la vida. Sin marido, sin hijos y, profesionalmente, jubilada». Me lo decía no hace mucho una señora que se sintió atraída, en su momento, por el espíritu de Mayo del 68.

Otro legado de la modernidad en que vivimos es que el deseo de gustar se ha convertido en uno de los dioses de nuestro tiempo. Desbancando a otros valores más profundos y esenciales, quizás ha pasado a ocupar un puesto demasiado prominente en el campo de las relaciones personales.

Es verdad que siempre la mujer ha querido gustar, pero sin perder el pudor, la feminidad.

Gustar sin perder la feminidad, lo específico de la mujer, atraía el corazón del hombre. Ahora, unos y otros, quieren gustar a cambio de lo que sea, y eso atrae el sexo.

Por eso no duran las parejas. Cuando no se apunta al corazón y la cabeza, se apunta al cuerpo y el amor se resiente mucho.

Ese deseo inmaduro de gustar a costa de lo que sea, genera un caldo de cultivo que no respeta los compromisos de los demás. Ni siquiera los propios.

Que una persona esté casada o no, es indiferente. Voy a por él o a por ella. A gustarle. Me da igual su situación personal. Si yo estoy comprometido es igual, el deseo de gustar es mayor que mis compromisos con mi pareja, incluso con mis hijos. Voy a por lo que me apetece.

Que una persona esté casada o no, es indiferente. Voy a por él o a por ella. A gustarle. Me da igual su situación. Si yo estoy comprometido es igual, el deseo de gustar es mayor que mis compromisos con mi pareja, incluso con mis hijos.

Con tan poca valía personal es muy difícil hacer algo estable. Imposible encontrar una felicidad madura. Se confunde la felicidad con estados de ánimo positivos. Sexo, drogas, alcohol y sobre todo un amor poco comprometido que se deja en el momento en que alguien toca, de una manera emocionante, mis sentimientos más superficiales.

Esta actitud demuestra muchas cosas, pero sobre todo un amor poco inteligente.

Este comportamiento ha adormecido la inteligencia para ponerla muy por detrás del sentimiento.

Cuidar los amores, cueste lo que cueste, sí es inteligente.

Para encontrar bienestar en todo momento, se tiran por la borda todos los amores verdaderos, para darse cuenta a posteriori, cuando ya no hay solución, de que en el fondo no ha valido la pena.

Hay que maniatar los sentimientos haciendo que las cosas pasen por la cabeza antes de dejarlas llegar al corazón. Dígaselos a sus hijos.

* José María Contreras Luzón es escritor, conferenciante y asesor personal y familiar. Su email para consultas de pareja y familia es: conluz2000@gmail.com

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