Fundado en 1910
Dorothy Corkille Briggs, autora de El niño feliz

Dorothy Corkille Briggs, autora de El niño feliz

La familia en una frase

Dorothy Corkille Briggs, psicóloga: «Cada niño tiene la necesidad psicológica de sentirse amado y valioso»

La autora del célebre best-seller El niño feliz fue una de las pioneras en explicar por qué el bienestar emocional del niño es el motor de su desarrollo

Aunque hoy su nombre aparece ligado, sobre todo, a un único y célebre libro sobre educación, la psicóloga británica Dorothy Corkille Briggs dedicó buena parte de su vida a trabajar con niños, padres y familias.

Durante décadas, fue profesora de niños y adultos, decana en un centro femenino, psicóloga escolar y orientadora matrimonial, familiar e infantil. Una experiencia que condensó en su best-seller de 1970 Your Child’s Self-Esteem, publicado en español casi una década después con el título que hoy mantiene: El niño feliz. Su clave psicológica.

Un libro convertido ya en un clásico de la literatura educativa, y concebido para ayudar a los padres a criar hijos responsables y emocionalmente sanos.

La necesidad de ser amado

Su tesis parte de una afirmación tan rotunda como pionera en el ámbito de la llamada disciplina positiva y de la educación emocional: «Cada niño, aunque completamente único, tiene las mismas necesidades psicológicas de sentirse digno de ser amado y valioso».

Y vincula esas dos necesidades a dos convicciones básicas, que la neurociencia contemporánea se ha encargado de confirmar: «I am lovable» y «I am worthwhile»; es decir, «soy digno de amor» y «valgo la pena».

La autora no entiende la autoestima infantil como una palmadita constante en la espalda, ni como una fabricación artificial de seguridad a fuerza de halagos.

Al contrario, para Briggs, la autoestima toca el núcleo de la personalidad. Tanto que, según escribe, los sentimientos de valía personal «forman el núcleo» de la personalidad del niño y determinan el uso que hará en un futuro de sus aptitudes y capacidades.

O lo que es lo mismo, que su actitud hacia sí mismo, añade, influye directamente en todos los aspectos de su vida.

No es igual «ser» que «sentirse» amado

Uno de los pasajes más útiles de El niño feliz distingue entre amar a un hijo y conseguir que ese amor le llegue.

En plena consonancia con otros autores que le sucedieron (como, por ejemplo, Gary Chapman) Briggs advierte de que muchos padres saben que aman a sus hijos, pero sus hijos «no siempre reciben el mensaje». Y formula una idea especialmente clara: «Para un niño, hay una gran diferencia entre ser amado y sentirse amado».

Y aporta numerosos ejemplos, propios de los años 70... pero también de nuestros días. Por ejemplo, un padre que se sacrifica por su hijo, trabajar por él, paga sus estudios y está convencido de que lo ama... pero si el niño sólo recibe prisas, comparaciones, reproches o distancia afectiva, difícilmente llegará a sentirse querido.

Eso sí: Briggs no juzga la intención del adulto; sino que se enfoca en el efecto que esa comunicación afectiva produce en el niño.

Por eso insiste en que no basta con que los padres digan: «Yo amo a mi hijo», sino que deberían hacerse otra pregunta: «¿Mi hijo se siente amado?». Según Briggs, es precisamente ese sentimiento de ser amado (o no amado) el que afecta a su desarrollo, y a su vida adulta.

Valer sin tener que demostrarlo

La segunda necesidad psicológica básica que detecta Brigge es la de sentirse valioso. Y explica que ese «I am worthwhile» implica que «puedo manejarme a mí mismo y a mi entorno con competencia; porque sé que tengo algo valioso y positivo que ofrecer a los demás».

De ese modo, construir una autoestima sana no consiste en decirle al niño que todo lo hace bien, sino en ayudarle a descubrir que puede actuar, aprender, mejorar e influir positivamente en su entorno.

Y con esto, la autora corrige dos errores que califica de «muy frecuentes» en la relación entre padres e hijos. El primero es demostrarle amor al niño sólo cuando cumple las expectativas de los adultos, como sacar buenas notas, tener un buen comportamiento, éxito deportivo o un carácter fácil. Y el segundo es elogiarlo todo sin criterio ni juicio crítico, como si cualquier frustración fuera una amenaza para su autoestima.

La explicación de Briggs insiste en que el niño necesita saberse querido por existir, no por rendir, pero al mismo tiempo, necesita sentirse capaz, no engañado con halagos bienintencionados aunque exageradamente zalameros.

Educar la mirada de los padres

En El niño feliz, Briggs llega a afirmar que la autoestima es «el resorte que predispone a cada niño al éxito o al fracaso como ser humano».

Y la explicación es que el niño convive consigo mismo toda la vida, por lo que si aprende a despreciarse, tenderá a hacerse la vida más difícil, mientras que si aprende a respetarse y a valorarse en su justa medida, puede afrontar mejor sus límites y potenciar sus talentos naturales.

Por ese motivo, Brigge recuerda a los padres la necesidad de cambiar la mirada sobre sus propios hijos, de modo que sean capaces de recordar que no necesitan ser perfectos para sentirse queridos, ni brillantes para saber que valen. Una enseñanza, por cierto, que los adultos deben comenzar a aplicarse a sí mismos.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas