01 de diciembre de 2022

El motín de los moros de regulares en Alcazaquivir

El motín de los moros de regulares en Alcazaquivir

Nunca un traslado de base militar fue tan difícil: el motín de los moros regulares en Alcazarquivir

El Alto Comisario (máxima autoridad de España en Marruecos) decidió enviar una bandera de La Legión a Alcazarquivir para relevar a un Tabor de Regulares que tradicionalmente estaba acuartelado en esta población

Francia, como tantas veces, nos hizo una faena más en Marruecos. En marzo de 1956, sin contar con España, los gabachos dieron la independencia a su protectorado marroquí. Lo que provocó que España se viese obligada a hacer los mismo el 7 de abril de 1956. En el protectorado español vivían muchos europeos y, en previsión de tumultos y matanzas, como ocurrió en la zona francesa, se decidió que La Legión y los regulares siguiesen durante algún tiempo guarneciendo sus cuarteles un Marruecos ya independiente.
El Alto Comisario (máxima autoridad de España en Marruecos) decidió enviar una bandera de La Legión a Alcazarquivir para relevar a un Tabor de Regulares que tradicionalmente estaba acuartelado en esta población. Los regulares, formados por tropas moras en su casi totalidad, salvo sus mandos, cambiarían de cuartel para ir al de Krimda, situado unas docenas de kilómetros al norte. Este traslado no debía generar teóricamente problemas. El primer relevo se hizo sin problemas.

De Alcazarquivir a Kridma

Cuando se produjo el momento del nuevo traslado de otro tabor de regulares de Alcazarquivir rumbo a Krimda las tropas marroquíes se negaron a cambiar de acuartelamiento. La situación se había ido enrareciendo por causa de la actuación de agentes marroquíes que convencieron a los moros de regulares que en Krimda los legionarios habían maltratado a unos compañeros de armas. El bulo cobró tal intensidad que para desmentirlo se organizó una expedición para que las mujeres de los regulares del cuartel Krimda comprobaran que el rumor era falso haciendo una visita a sus maridos. Se fletaron varios autobuses de Alcazarquivir repletos de mujeres. Llegaron Krimda y, al bajar, se encontraron con unos enfurecidos maridos que las esperaban, garrota en mano, y las volvían a meter a empujones en los autobuses acusándolas de malgastar la muna. Las moras regresaron sonriendo, pero los del tabor que tenía que ir de relevo continuaron negándose ir a Krimda.
Pasaron algunos días de la fecha prevista para el relevo y como este no se efectuaba, toda la tropa del tabor de regulares que se encontraba en Krimda, sin equipo ni armamento, abandonó su acuartelamiento, tomó la carretera y se encaminaron hacia Alcazarquivir vía Larache de regreso a casa. Solamente quedaron en sus puestos en Krimda, los suboficiales, los kaids de mia, los oficiales y el comandante de Tabor.
Acuartelamiento del Kridma 1596

Acuartelamiento del Kridma 1956Flickr

Hartos de esperar, escapan

Los legionarios, el capitán de cuartel y el jefe de cuartel del Tercio, vieron salir a los regulares pero carecían de órdenes, por lo que se limitaron a comunicar lo que estaba ocurriendo.
El acto era una insubordinación muy grave. Para detenerles y que bajo ningún concepto llegaran a Larache y menos a Alcazarquivir, se reunió una sección montada (a caballo) compuesta por oficiales, suboficiales y tropa española. No se llamó a la tropa la indígena por miedo a su posible negativa, lo que supondría un delito de sedición. Los de Caballería cargaron al llegar a la altura de las salinas del Lixus sobre la marcha, pero dado su escaso número no pudieron detenerlos. Los regulares eran una tropa bregada y bien entrenada que no se amilanaba por casi nada. Solo lograron dispersarlos, pues era un tabor al completo. Los regulares desobedientes se refugiaron en el cementerio musulmán de Lal-La-Menana donde no podían entrar los infieles. Sabían que, por el momento, allí estaban seguros y se prepararon para esperar el día siguiente. Inmediatamente se envió hacia allí una compañía de La Legión armada y amunicionada al completo con órdenes de rodear la parte exterior del cementerio. Tenían instrucciones de dejar entrar en el cementerio a todo musulmán que lo deseara sin impedimento alguno. A los que salieran no se les detendría ni molestaría, excepto si iban con el uniforme de regulares. En ese caso había que detenerles y llevarlos al cuartel de Artillería.
Gracias a la intervención y buenos oficios de El Melal-Li, el Bajá de Alcazarquivir, persona muy querida y respetada por todos los moros, –no sólo por su buen gobierno sino porque era de lo más religioso, tanto que casi era temido como santón, además de ser hach por haber estado en la Meca– se arregló la cosa y los regulares volvieron a sus cuartel de Krimda a esperar el relevo.
Pero en Alcazarquivir los del tabor de relevo seguían en sus trece y decían que a Krimda no iban. Tan tensa se puso la cosa y peligrosa la situación que el Alto Comisario, en su calidad de general jefe del Ejército de Marruecos, y por tratarse de tropa que formaba parte orgánica del Ejército español, dio orden de que fuesen conducidos a Krimda por la fuerza y que, en previsión de posibles disturbios, se tuviera preparado el declarar el estado de guerra en Larache y Alcazarquivir. Al día siguiente se comenzó a municionar y dotar de granadas de mano a los legionarios.
Alcazarquivir a comienzos del siglo XX

Alcazarquivir a comienzos del siglo XX

Escoltados hasta el nuevo cuartel

Antes de actuar se intentó calmar los ánimos, visitando el cuartel del Grupo de Regulares de Alcazarquivir el Comandante General de Ceuta, pero sin suerte. Se volvió a ordenar al coronel del Grupo de Regulares que el tabor partiera sin dilación al día siguiente, al tiempo que se alertaba a la Plana Mayor del 3º Tercio para que estuviese preparado para intervenir la VIII Bandera destacada en Alcazarquivir.
Los hechos, tal y como los narraron los entonces teniente de La Legión Puig Terrero, Martorell Castellví y Antolín Heriz, y el más directo protagonista de estos sucesos, el capitán Ernesto Fernández Tenreiro, fueron así: «El comandante Furundarena, jefe de la VIII Bandera, recibió órdenes de forma confidencial; la compañía del capitán Santos Novoa tenía que emplazar sus ametralladoras, cubriendo todo el cuartel de regulares. Por su parte la 7ª compañía del capitán Fernández Tenreiro estaría dispuesta para asaltar el cuartel y, para ello, se situó tras la tapia posterior que lindaba con el acuartelamiento de La Legión».
El resto de la VIII Bandera debía permanecer en estado de alerta por si era preciso intervenir en caso de que los regulares, que tenían sus armas y municiones, hicieran resistencia. Antes de amanecer, el comandante, los capitanes y el teniente ayudante del Tercio despertaron uno a uno al resto de los oficiales y suboficiales, se les puso al corriente de la situación y, en completo silencio, se fue despertando de forma individual y en silencio a los legionarios. Se municionó y cada unidad ocupó su lugar.
A las ocho de la mañana ante la entrada del cuartel del Grupo de Regulares se concentraron los regulares del tabor rebelde. Sentados en el suelo, esperaban la orden de marcha para negarse. Uno de los regulares alzó la vista y vio en lo alto del torreón de la entrada una camisa verde y el cañón de una ametralladora. La noticia corrió como la pólvora entre los moros. Cuando se dio la orden de formar, los regulares lo hicieron rápido y sin protestar.
El tabor, con el comandante Montero Romero, Medalla Militar Individual, los oficiales y la tropa desarmada emprendieron la marcha hacia la estación del ferrocarril de Alcazarquivir. Detrás del Tabor marchaba la 7ª compañía de la VIII Bandera. Al llegar a la estación embarcaron en vagones los regulares, rodeados por los legionarios, y así se llegó a Larache. Desde la estación de Larache al cuartel del Krimda la marcha la realizaron a pie el tabor de regulares y su escolta legionaria de la VIII Bandera. Allí les esperaba la IX Bandera en estado de alerta.
Una de las compañías de la IX Bandera fue enviada al poblado del Jemis del Sahel para cubrir los accesos desde la carretera. Legionarios a caballo cercaron tanto el poblado del Jemis como sus cercanías, con lo que se aseguró e impidió alguna actuación desde las casas sobre la columna de regulares rebeldes y su escolta de legionarios que marchaban a Krimda, al tiempo que se evitaba las fugas desde la columna hacia el poblado. Sin incidente alguno llegó el tabor a Krimda. Se efectuó el relevo y los regulares relevados embarcaron en camiones hasta la estación de ferrocarril de Larache para desde allí ir a Alcazarquivir.
La presencia de La Legión y el conocimiento por la población indígena, y por los regulares, de su capacidad de combate permitió mantener la paz sin pegar un tiro, hasta que finalmente los legionarios dejaron Marruecos camino de Ceuta, Melilla, Sahara e Ifni, pero eso es ya otra historia.
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