06 de febrero de 2023

Un lance en el siglo XVII pintura de Francisco Domingo Marqués de 1866

Un lance en el siglo XVII pintura de Francisco Domingo Marqués de 1866

Los duelos en la España romántica o la mejor manera de hacer que te respetasen

Resultaba necesario que el honor del noble fuera reconocido y respetado por sus iguales

A la hora de acercarnos a la cultura del honor y los duelos en la España del siglo XIX resulta atrayente la lectura de las Memorias del marqués de Mendigorría, Fernando Fernández de Córdova (1809-1883). En sus primeros capítulos, describió la vida de la nobleza cuya juventud, en el reinado de Fernando VII, era «instruida y valerosa», tanto que «sostenía diariamente continuos lances y demostraba el entusiasmo y espíritu militar que la animaba». Efectivamente, numerosos hijos de la aristocracia se encontraban encuadrados en la oficialidad del ejército, que tanto en los cuarteles como en los Reales Sitios, haciendo custodia a la familia real, participaban en duelos. «El espíritu de la época en Madrid y en el ejército era favorable a mantener esos duelos que se provocaban por causas bien nimias, pero que hubieran costado más al crédito del oficial que los rehusara que cuantas consecuencias pudiera acarrearle el propio combate». El propio Fernando Fernández de Córdova aceptó varios lances, entre sus 16 y 24 años.

Insultos y faltas de educación

¿Cuáles eran las causas de los duelos? Según el marqués, destacaban los insultos a la persona y las faltas de educación. Así, en sus Memorias narra que, cuando se encontraba de guarnición en Zaragoza, el empresario de un teatro donde se representaba El barbero de Sevilla utilizó músicos de la banda militar, ofreciendo entradas gratis para oficiales, pero solo los días que había poco público. La oficialidad se indignó y acordaron no acudir, pero hubo oficiales que desobedecieron el acuerdo, lo que su gesto fue considerado un insulto por sus camaradas. En esta ocasión, Córdova se batió con cuatro oficiales.
Una segunda causa eran las bromas de mal gusto, como las del marqués de Santiago en las fiesta de alta sociedad –«Santiago provocaba imprudentemente un lance por día»– lo que le otorgó fama de espadachín pendenciero en su época. También generaron duelos las discusiones en torno a varios temas, como la pasión desenfrenada por defender quiénes eran las y los mejores cantantes de ópera. Aunque, a finales del reinado de Fernando VII comenzaron a adquirir importancias cuestiones políticas como las discusiones en torno a la sucesión al trono, según informó el embajador de Portugal en sus informes a sus superiores, al batirse oficiales de la guardia real por don Carlos o por Isabel II.
Si bien el ideal del caballero cortesano, que frecuenta la corte, se fue modelando sobre la base de la autocontención del espíritu guerrero –puesto que la cortesía ordenaba que se refrenaran esos sentimientos– lo cierto es que el marqués de Mendigorría describió en sus Memorias una nobleza preocupada o sensible con el tema del honor, un concepto relacionado con la conducta apropiada que debía tener un noble en sociedad, preocupación que todavía tenía vigencia en las primeras décadas del siglo XIX.

Una cuestión de honor

La conservación del honor conllevaba la aceptación de los retos, confirmando la existencia de los duelos en la vida cotidiana puesto que de esa manera, en primer lugar, se ayudaba a conservarlo, ya que resultaba necesario que el honor del noble fuera reconocido y respetado por sus iguales. Como escribió, «para sostener el nombre a grande altura no había mejor camino que el de los duelos a falta de una guerra en la que tomar parte». En segundo lugar, había que satisfacer también las expectativas que la comunidad tenía de cómo debía reaccionar un noble. De ahí que afirmara que «los duelos estaban a la moda creando en la oficialidad de la guardia real un espíritu especial que la hacía respetable y de irresistible prestigio».
Igualmente, hubo que satisfacer también a la familia del noble, puesto que se podía perder su aprecio si uno de sus miembros no defendía su honor, que era el del linaje. Así, tras el duelo con los cuatros oficiales, Córdova fue felicitado por su familia, especialmente por sus hermanos que también tuvieron fama de hombres que no se amedrentan ante los lances. Como escribió Fernando, «yo les seguía a ellos». De no hacerlo, el camino giraba hacia la expulsión social, la reprobación familiar e incluso, según cuenta, la expulsión del cuerpo de oficiales. Si un militar no aceptaba un duelo, relató en sus Memorias, sus compañeros le hacían el vacío, no alternaban con él ni le dirigían la palabra hasta lograr su marcha de la unidad.

El duelo como deporte

Pero, por otra parte, existían otras consecuencias si un noble aceptaba muchos duelos, pues, terminaba teniendo fama de duelista cruel con mal carácter, lo que provocó que cierta parte de la buena sociedad comenzara a manifestar lentamente su desagrado por los retos a sangre. Además, muchos jefes del Ejército no veían con buenos ojos esos desafíos entre oficiales, aunque fueran nobles. Por ello, Córdova fue a veces castigado, aunque se libró por la protección que le dispensó el Rey.
En definitiva, los nobles duelistas se comportaron de acuerdo con las exigencias sociales del momento, pareciéndoles ello suficientemente gratificador. Pero al cambiar estas a lo largo del tiempo, provocó también una modificación de su comportamiento. Durante la juventud del marqués de Mendigorría, el duelo no fue considerado un deporte, aunque, con el paso del tiempo, la agresividad y el combate con armas blancas encontraron una manifestación socialmente aceptada en la competencia deportiva. La capacidad de experimentar emociones con la mera contemplación o participando en una esgrima deportiva es un rasgo que fue aceptado por una sociedad moderna y «civilizada» a finales del siglo XIX.
La nobleza se integró en el Estado liberal español, en construcción durante el siglo XIX, aceptando ese sistema político pero manteniendo una cultura propia basada en principios de jerarquía, lealtad, autoridad y el cuidado del honor, uno de cuyos instrumentos para forjarlo fue el lance. Aunque Fernández de Córdova, ya en los años de vejez, escribió que considerar el duelo como el mejor instrumento para elevar el nombre de un noble... eran «cosas del tiempo viejo en verdad, ya en desuso para la sociedad presente».
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