06 de febrero de 2023

Sucesos de Casas Viejas

Sucesos de Casas Viejas

90 años

Así fue la masacre de Casas Viejas que acabó con Manuel Azaña

Unas declaraciones del capitán Manuel Rojas y las crónicas falsas del anarquismo fueron caldo de cultivo para deslegitimar y desprestigiar a la II República

Cuando se cumplen 90 años de los sucesos o masacre de Casas Viejas (Cádiz), aún persiste su leyenda negra. Lo que ocurrió allí entre el 10 al 12 de enero de 1933 sirvió para derrumbar el Gobierno de Manuel Azaña. El origen de esa leyenda negra fueron unas declaraciones del capitán Manuel Rojas y las crónicas falsas del anarquismo. Todo ello forma parte del caldo de cultivo que se creó para deslegitimar y desprestigiar a la II República. Antes de adentrarnos en las palabras del capitán Reyes debemos preguntarnos, ¿qué ocurrió en Casas Viejas?
Los sucesos de Casas Viejas debemos encuadrarlos dentro de la huelga general decretada por la CNT, junto a una acción insurreccional para impedir la consolidación de lo que Juan García Oliver llamó «República Burguesa». En el libro El eco de los pasos, García Oliver escribió que aquella insurrección fue «una de las batallas más serias entre los libertarios y el Estado español, que determinó que los partidos republicanos y el Partido Socialista perdieran su influencia sobre la mayoría de los españoles».
Atacaron el cuartel general

Atacaron el cuartel de la Guardia Civil. Ahí estaban tres guardias y un sargento

El gobierno de Manuel Azaña decidió enviar al capitán Manuel Rojas Feijespán con una compañía de guardias de asalto a la provincia de Cádiz. Al llegar a Jerez de la Frontera supieron que la línea telefónica de Casas Viejas había sido cortada. Este municipio no superaba los 2.000 habitantes. Ahí la insurrección empezó la noche del 10 al 11 de enero de 1933. Los afiliados a la CNT proclamaron el comunismo libertario. Atacaron el cuartel de la Guardia Civil. Ahí estaban tres guardias y un sargento. Después de enfrentarse a ellos, resultaron muertos como consecuencia de las heridas al sargento y un guardia.
A mediodía de ese 11 de enero, doce guardia civiles entraron en el pueblo, al mando del sargento Anarte, para liberar a sus compañeros. Muchos vecinos huyeron del pueblo y otros se encerraron en sus casas. A las 17 horas empezaron a detener a los presuntos asaltantes del cuartel. Las tropas de la Guardia Civil se reforzaron con la llegada de hombres al mando del teniente Gregorio Fernández Artal. Las pesquisas llevaron a acusar del asalto del cuartel a dos hijos y el yerno de Francisco Cruz Gutiérrez, apodado «Seisdedos». Quisieron entrar en la choza para detenerlos sin éxito. Aquel día, por la noche, llegó el capitán Rojas, el cual había recibido la orden de acabar con la insurrección, abriendo fuego «sin piedad contra todos los que dispararan contra las tropas».
Masacre de Casas Viejas, 1933

Masacre de Casas Viejas, 1933

El resultado fue estremecedor. El capitán Rojas ordenó que se disparara con rifles y ametralladora a la choza y que la quemaran. Acribillaron a un hombre y una mujer cuando salieron de ella. Seis personas quedaron calcinadas en el interior. Sólo sobrevivió María Silva Cruz, la Libertaria, nieta de «Seisdedos». Posteriormente detuvieron a 12 personas y las asesinaron a sangre fría. Mataron al anciano Antonio Barberán Castellar, de 64 años, cuando volvió a cerrar su puerta tras la llamada de los guardias y gritó «¡No disparéis! ¡Yo no soy anarquista!». El capitán Reyes, el 2 de marzo de 1933 declaraba que:
«Una vez que amaneció dispuse que se practicase una descubierta para reconocer el pueblo y desplegué la fuerza por distintos sitios. En uno de los sitios de reconocimiento, al llegar cerca de unas chumberas, la fuerza fue agredida con violencia siendo repelida la agresión con toda energía, empleando con frecuencia las pistolas ametralladoras, con lo que se logró acallar el fuego de los revoltosos. Igual sucedió con otros grupos de guardias que fueron tiroteados desde algunas casas, desde la esquina de la calle. En el reconocimiento practicado se encontraron varios cadáveres que dispuse fuesen llevados a la corraleta de la casa de Seisdedos para impresionar a los sublevados que aún andaban sueltos por el campo en gran número y a quienes informarían sus superiores del pueblo. Entonces todos los rebeldes se pacificaron, cesaron las agresiones y el pueblo quedó tranquilo. Todo esto se había logrado con una pérdida escasísima de las fuerzas mientras yo tuve el mando. Las fuerzas de asalto, al salir de Casas Viejas, fueron vitoreadas por el público».
El teniente Artal, al ser preguntado sobre si se detuvo y fusiló a todos los hombres que se encontraban en Casas Viejas al hacer los registros por la mañana en las casas o sólo a los que hacían resistencia a la fuerza, declaró: «Que solo se hizo el registro de una parte del pueblo y que a los que cogieron se les fusiló».
Manuel Azaña, durante la declaración en el juicio por el crimen de Casas Viejas

Manuel Azaña, durante la declaración en el juicio por el crimen de Casas Viejas

Y el capitán Rojas acabó declarando que «al llegar allí a la corraleta, cuando bajaron [los detenidos], aunque yo lo que quería haber hecho con los prisioneros era haber empleado la ley de fugas a la salida del pueblo, allí hubo uno que miró al guardia que estaba quemado en la puerta… que no me pude contener de la insolencia suya y le disparé e inmediatamente dispararon todos y cayeron los que estaban allí mirando al guardia que estaba quemado y luego hicimos lo mismo con los otros».
Se creó una Comisión de investigación para concretar las responsabilidades políticas y militares, por la que pasaron desde el presidente del Gobierno, Manuel Azaña, hasta el capitán Rojas, el Director General de Seguridad y otros mandos. Azaña lo negó todo y atacó a las organizaciones anarquistas, amparándose en la defensa y seguridad del Estado. A pesar de sus negaciones pasó a ser «el asesino de Casas Viejas», pues se conoció la orden que dio de «no quiero ni heridos ni prisioneros. Los tiros, a la barriga». Durante el juicio el capitán Rojas fue declarado culpable y condenado a 59 años de cárcel, cumpliendo un máximo de 21 años, pues ese era el límite legal. No obstante, a finales de 1934, el Tribunal Supremo anuló la sentencia al aceptar el recurso del abogado Pardo por quebrantamiento de forma. Con un Ejecutivo en crisis, Manuel Azaña se vio obligado a dimitir de su cargo en septiembre de aquel mismo año.
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