Iósif Stalin en 1949
Los tentáculos de Stalin en la Guerra Civil española y china: una manera de salvaguardar el comunismo
La Unión Soviética, lindaba con ambos escenarios, en los que tenía intereses políticos y estratégicos. A la vez se sentía amenazada en su condición de única potencia comunista
La Guerra Civil española estalló en un momento dramático de la historia europea. El ascenso de las potencias totalitarias supuso un creciente y foco de tensión en un continente en el que los enfrentamientos políticos estaban llegando al paroxismo. El Tratado de Versalles estaba demostrando no ser un acuerdo pacificador sino una abusiva imposición sobre los derrotados, especialmente duro con Alemania y Turquía, pero que había dejado también insatisfechos a los vencedores secundarios, como Italia y Japón, que solo habían recogido migajas del botín recolectado.
Al otro lado del mundo, el Imperio japonés se consideraba legitimado para resarcirse a su manera de este trato discriminatorio y había elegido como objetivo a la caótica República China incapaz de consolidar un gobierno estable. Aprovechándose de la situación, los japoneses procedieron en 1931 a ocupar Manchuria, la más industrializada y próspera de las provincias chinas, creando otro foco de inestabilidad en el Lejano Oriente.
La Unión Soviética, lindaba con ambos escenarios, en los que tenía intereses políticos y estratégicos. A la vez se sentía amenazada en su condición de única potencia comunista. Esta amenaza distaba mucho de ser un temor paranoide de Stalin. Durante la guerra civil rusa de 1918 – 1920, Francia e Inglaterra habían sostenido decididamente a los ejércitos blancos anticomunistas en los frentes occidentales. Mientras tanto desde el Pacífico, los Estados Unidos y Japón habían intervenido, ocupando vastas extensiones en Siberia.
Entre dos guerras
La perspectiva de un ataque desde ambas direcciones había obsesionado a la dirigencia soviética, que espoleada por Stalin había afrontado un gigantesco programa de rearme que en poco tiempo convirtió a Rusia en el estado más militarizado del mundo. Stalin utilizó también la influencia comunista entre las organizaciones políticas izquierdistas, subordinando su actividad a la salvaguardia de la URSS, que como único estado «socialista» establecía de forma impositiva las políticas a desarrollar. Los disidentes fueron objeto de agresivas campañas de difamación y de un tratamiento brutal, si se encontraban al alcance del matonismo soviético.
La culminación de esta política la constituyeron los Frentes Populares, triunfantes en Francia, España y Chile en los años 30
La culminación de esta política la constituyeron los Frentes Populares, triunfantes en Francia, España y Chile en los años 30 y que bajo el pretexto de una alianza social-comunista con el liberalismo progresista constituyeron una exitosa plataforma de influencia soviética.
El estallido de la contienda civil española supuso una oportunidad de oro para Stalin porque se vivió apasionadamente en Europa. Los debates en varios países, llegaron casi a enfrentamientos civiles, alentados por los eficacísimos servicios de inteligencia rusos. Sus agentes habían penetrado en las instancias gubernamentales, infiltrado además universidades, sindicatos y partidos políticos. Esta agitación se trasladó a la esfera internacional a la búsqueda de un enfrentamiento militar entre los dos bloques capitalistas que los dejase debilitados ante un futuro conflicto con la URSS.
La inteligencia maligna con la que Stalin manipuló a los gobiernos de la República fue en su día denunciada por muchos dirigentes republicanos
La inteligencia maligna con la que Stalin manipuló a los gobiernos de la República fue en su día denunciada por muchos dirigentes republicanos. Sin embargo, no había alternativa para la ayuda rusa, inevitable por el aislamiento a la que les había conducido su excesiva radicalización. Stalin dosificó su ayuda, abundante en los primeros momentos, para frenar el avance le las fuerzas sublevadas. A cambio, recibió como pago anticipado la totalidad de las reservas de oro españolas, las cuartas del mundo en aquel momento.
La ralentización de la ayuda militar, una vez conseguido el oro, hizo muy difícil el triunfo republicano, lo que provocó la protesta del jefe de la misión soviética Jan Berzin, conocedor de las gigantescas reservas de armas que se encontraban disponibles. Berzin fue reclamado urgentemente y fusilado nada más llegar a Moscú. Quedó claro que Stalin no tenía gran empeño en que los republicanos ganasen la guerra sino el cínico objetivo de prolongarla lo más posible.
Algo similar sucedió en el caso de China. La apertura de los archivos de la URSS ha permitido conocer lo que ya se sospechaba: el importante papel que desempeñó Stalin en el desarrollo de la guerra civil china y en el comienzo de la guerra sino-japonesa. La ocupación de Manchuria había puesto a los japoneses en contacto directo con las posesiones soviéticas en el Extremo Oriente. Las tensiones entre ambas potencias llevaron a duros enfrentamientos militares que finalizaron con un frágil alto el fuego en 1933 que dejó las espadas en alto.
Este alto el fuego permitió a los nacionalistas chinos del Kuomingtang emplearse a fondo contra el agresivo Partido Comunista Chino, que se vió obligado a retirarse mediante la Larga Marcha, que consolidó el prestigio de Mao Zedong. Stalin jugó un papel de árbitro que evitó que ninguno de ambos bandos se impusiera de forma definitiva. Chiang Kaishek el generalísimo chino, aprisionado por sus propias tropas amotinadas, se vio obligado a aceptar un frente unido para recuperar Manchuria.
Esta maniobra de Stalin aseguraría que «serían soldados chinos y no rusos los que morirían combatiendo contra Japón». Los japoneses cayeron en la trampa y en 1937 lanzaron una ofensiva general que enlazaría con la Segunda Guerra Mundial. Una guerra en la que, tal como esperaba Stalin, los nacionalistas pusieron la mayor parte de los muertos, mientras que Mao y sus tropas se mantenían a la expectativa.
Al igual que en España, la ayuda militar rusa a los chinos fue utilizada para prolongar la guerra contra Japón, limitándola a lo indispensable para mantener activo el conflicto. En uno de los momentos culminantes, Stalin decidió intervenir directamente, realizando una provocación en la frontera con Mongolia. La respuesta japonesa se estrelló con la potencia blindada de los soviéticos. Se trató de la batalla de Khalkin-Gol en la que participaron decenas de miles de combatientes y que finalizó con la petición de paz por parte nipona.
La consecuencia estratégica fue desactivar a la facción japonesa partidaria de la expansión en el norte a costa de Rusia y el triunfo de los partidarios de «golpear en el sur», lo que llevó ineludiblemente al enfrentamiento con los EE.UU. e Inglaterra. Stalin había conseguido sus objetivos geopolíticos, estabilidad en su frontera oriental y tiempo para acumular fuerzas en el oeste. Magistral.