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15 de junio de 2024

Pintura anacrónica de la batalla de Nínive (627) entre el ejército de Heraclio y los persas bajo Cosroes II

Pintura anacrónica de la batalla de Nínive (627) entre el ejército de Heraclio y los persas bajo Cosroes II

La revuelta judía contra el emperador Heraclio, el preludio a la conquista sasánida de Jerusalén

Fue una insurrección judía contra el Imperio bizantino en toda la región del Levante en apoyo del Imperio sasánida durante la Guerra bizantino-sasánida (602-628)

La historia del Imperio bizantino es la historia de un imperio en constante convulsión. En primer lugar la eterna amenaza del este (los partos y más tarde los sasánidas) en los primeros tiempos del Imperio romano de Oriente se tradujo en constantes guerras que normalmente acababan en tablas y en la cesión de tierras que, una nueva guerra, devolvía a su dueño. La actividad diplomática era frenética.

La revuelta judía contra Heraclio hay que verla dentro del contexto más amplio de la Guerra Bizantino-Sasánida del 602-628 y que hunde sus raíces en la paz firmada durante la guerra anterior cuando el Emperador Mauricio ayudó al príncipe Cosroes (futuro Cosroes II) a tomar el trono y expulsar al usurpador Bahram Chobin. Sin embargo, la gestión del Emperador Mauricio provocó la revuelta de Focas en la región de Transcaucasia que acabó con la captura de la capital y el asesinato del emperador. En Anatolia, el gobernador Narsés, de la facción de Mauricio, se rebeló contra Focas y pidió ayuda a Cosroes II que acudió a la cita.

Focas envió al general Germano para que retomara el control de la provincia de Narsés pero murió a manos de las tropas persas. En principio Cosroes II acudió para «vengar» la muerte de Mauricio, al que llamaba amigo y padre; sin embargo, los motivos políticos eran otros: recuperar los territorios de la alta Mesopotamia, Armenia y Transcaucasia cedidos a los romanos y, de paso, recuperar el pago del oneroso tributo que los bizantinos pagaban a los persas (y que fue perdonado por la ayuda a Cosroes II).

En la primera fase de la guerra los persas tomaron todo el Oriente Próximo e hicieron mucho daño a los romanos que ante la incapacidad de Focas (un centurión) de controlar la situación se rebeló el general y exarca de África, el futuro Emperador Heraclio en el 608.

La guerra, muy favorable para los persas, que habían tomado casi toda Anatolia y se encontraban cerca de Constantinopla, les hizo soñar con la idea de restaurar los territorios del Imperio aqueménida por lo que rechazaron la paz que Heraclio les ofreció tras derrocar a Focas, origen del conflicto. La situación militar era exquisita y el apoyo de los judíos dentro del Imperio bizantino era unánime.

Los persas jugaron con varios factores: el recelo y rencor judío contra los romanos como potencia política al machacar los intentos de separatismo judío y los cristianos como religión por perseguirles ya que los judíos tan sólo obtuvieron cierto respaldo en la época de Juliano el Apóstata. En este contexto Bizancio representaba todo el mal para ellos ya que se aunaban en él un Imperio romano cristiano, por lo que sus ansias de restaurar la independencia judía era total.

La situación judía en el Imperio sasánida, de corte zoroastriano, era mejor. De hecho, en la «Guerra de Kitos», los judíos se revolvieron en el imperio romano en apoyo de Partia durante la invasión romana de Mesopotamia. Al mismo tiempo, el recuerdo persa era positivo tanto en los textos sagrados (libro de Esther, por ejemplo). Para los persas los judíos tampoco eran desagradables y recordaban el edicto de libertad religiosa de Ciro el Grande y el permiso para volver y restaurar el templo bajo el dominio persa y los sasánidas jugaron con eso.

Los judíos persas, ante la oportunidad de recuperar su soberanía decidieron pactar con los sasánidas

Estratégicamente la provincia de Palestina Prima suponía una ventaja ya que permitía una salida al mar Mediterráneo desde donde preparar una flota que ayudara a cortar la conexión entre Bizancio y Egipto –ya cortada por tierra con la toma de Palestina Prima– al mismo tiempo debilitaría a los romanos y reforzaría a las tropas desplegadas en Anatolia abriendo un nuevo frente. Los judíos persas, ante la oportunidad de recuperar su soberanía decidieron pactar con los sasánidas y en 614 el general persa Sharvaraz, con un contingente de 20.000 judíos además de las tropas sasánidas tomó Jerusalén.

Para el control del territorio los judíos palestinos se unieron a los persas. A estas fuerzas hay que sumar las de Benjamín de Tiberiades (un judío palestino) que creó un ejército que ayudó a los persas en Tiberiades, Nazaret y Galilea creando una comunidad judía bajo gobierno persa. La Mancomunidad Judeo-Sasánida, que obtuvo permiso para gobernarse. Rápidamente comenzó a trabajar en la restauración del templo, la búsqueda de un nuevo cuerpo sacerdotal y en la represión junto con los zoroastridas de los cristianos. De hecho, los persas se llevaron a Ctesifonte (capital sasánida) reliquias como la santa esponja, la lanza de Longinos o la Vera Cruz.

Los sasánidas destruyeron la sinagoga del Monte del Templo y les prohibió entrar en Jerusalén

Entre Benjamín de Tiberiades y Nehemías Ben Hushiel gobernaron la región y comenzaron a establecer las bases sobre las que gobernar, sin embargo, la situación judía era delicada ya que, a pesar de eso eran una comunidad pequeña en ambos imperios mientras que los cristianos, mayoría en el Imperio romano, tampoco eran desdeñables en el Imperio sasánida a pesar del recelo de los persas hacia ellos. Sin embargo, la coalición judeo-persa sitió y recuperó la ciudad de manos cristianas y provocaron una masacre.

Los persas, frente a esta situación, se enfrentaron a la revuelta de los cristianos, que mataron a Nehemías Ben Hushiel y a otros muchos judíos de la zona. Por lo que, temiendo un alzamiento cristiano en la retaguardia de la alta Mesopotamia y Anatolia central (donde eran mayoría), cambiaron de pensamiento y en 617 los persas dieron el apoyo a los cristianos. Para los judíos aquello fue una gran traición. Los sasánidas destruyeron la sinagoga del Monte del Templo y les prohibió entrar en Jerusalén.

En el 622 los bizantinos se lanzaron al contraataque y recuperaron el territorio perdido penetrando en la provincia de Palestina Prima y recuperando el control. La entrada de los bizantinos en el 625 es contradictoria según las fuentes. Unos hablan de amnistía y otros de una masacre contra los judíos y la prohibición de establecerse a menos de tres millas de Jerusalén siendo que al líder de la revuelta judía, Benjamín de Tiberiades, se le perdonó. Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que en 629 hubo una nueva masacre contra los judíos en Jerusalén y Galilea a la muerte de Cosroes II.

Los bizantinos, bajo el mando de Heraclio, invadieron Persia y arrasaron Mesopotamia ante la mirada impotente de Cosroes II, que se veía asediado por los romanos y sus aliados del ilcanato turco. El tratado de paz significó una vuelta a las fronteras previas y al status quo ante bellum. Se exigió la devolución de las reliquias robadas: volvieron la Vera Cruz, la Lanza de Longinos y la Sagrada Esponja.

Cosroes II moriría ese año y tras una serie de sucesiones rápidas y caóticas, con un imperio destrozado en sus regiones occidentales de Mesopotamia, debilitado fiscal, política y económicamente con, además, un brote de peste que diezmó a la población se haría con el mando el último Sha Sasánida, el trágico Yazdgerd III, que sería incapaz de repeler las hordas islámicas que, al olor de la debilidad persa, acudieron a destruir el imperio que colapsó como un castillo de naipes en el 651.

Heraclio vivió hasta el 641 y vio la entrega de su amada Jerusalén en las garras del Califato Ortodoxo musulmán en 637 por parte del Patriarca Sofronio, que no pudo resistir más y entregó la ciudad al Califa Omar en persona.

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