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La España de Sánchez, como Fausto, vende su alma al diablo de la corrupción

En nuestra historia los casos de corrupción han estado presentes en todos los periodos, en algunos casos más marcados que en otros, y claramente con fuertes repercusiones políticas

Act. 08 jul. 2025 - 10:58

Pedro Sánchez y Fausto tentado por el diablo

Pedro Sánchez y Fausto tentado por el diabloEuropa Press / Wikipedia

Fausto fue un personaje que hace un pacto con el diablo a cambio del conocimiento, vendiendo su alma. La corrupción es el precio que paga el político, vendiendo su alma por mantenerse en el poder.

El hombre que inicio esta infausta historia fue el Duque de Lerma, Francisco de Sandoval y Rojas, valido de Felipe III (1598-1621), un hombre que concentró un gran poder para enriquecerse y establecer una red clientelar.

En 1618, fue depuesto de sus cargos, investigado por enriquecimiento ilícito, el 3 de agosto de 1624, demacrado y dolido, salvó la vida, pero fue obligado a devolver al reino más de un millón de ducados. Eran otros tiempos y todavía el honor imperaba en el Imperio donde no se ponía el sol.

Durante el siglo reformista borbónico, la imposición del absolutismo y el racionalismo ilustrado favorecieron la sustitución del placer por el honor, pero la corrupción fue contenida, aunque en ultramar el contrabando hacia excesivos amigos.

Será en la decadencia causada por la Guerra de Independencia y la pérdida de nuestras provincias americanas cuando el desastre económico y el hundimiento moral favorezca la llegada al poder de verdaderos corsarios de lo ajeno.

Las desamortizaciones se convirtieron en uno de los mayores latrocinios de la historia de nuestro país en beneficio de unos pocos y a costa de la mayoría.

La Desamortización de 1836 promulgada por Juan Álvarez Mendizábal, ministro del gobierno liberal progresista, en el marco de la Regencia de María Cristina, y en 1855, la promulgada por Pascual Madoz durante el Bienio Progresista, bajo el reinado de Isabel II, provocaron la confiscación y venta de gran número de bienes de instituciones eclesiásticas (como hospitales, escuelas, orfanatos, residencias, asilos, cofradías, conventos y monasterios).

Medidas que hundieron a la sociedad en el analfabetismo, eliminaron su tejido social y empobrecieron a la sociedad campesina, ya que la privatización de tierras comunales, con la desamortización de 1855, dejó a muchos campesinos sin acceso a recursos esenciales, agravó la pobreza rural y las tierras pasaron a manos de los grandes propietarios.

Aquello significó el cambio de manos de un 30 % del territorio agrícola de España. El enriquecimiento de unos pocos a costa de muchos.

Sin embargo, la época dorada de la corrupción será durante el período de la Restauración (1874-1931) que podría denominarse como el de la corrupción. En esta ocasión no era por un defecto moral de una persona, sino un elemento estructural impuesto.

El caciquismo fue el fenómeno de jefes locales de partido encargados de la manipulación del voto, su compra y pago de favores para garantizar el turnismo matemático entre los partidos Liberal y Conservador. La voluntad popular se soslayaba y los políticos repartían prebendas a cambio de la manipulación autorizada de las mayorías parlamentarias.

A niveles particulares hubo casos que estaban al límite de la traición, como cuando Basil Zaharoff, director y presidente de Vickers-Armstrong, obtuvo información confidencial del proyecto de submarino de Isaac Peral a través de marinos que ocuparon altos cargos en la política como Víctor Concas y Segismundo Bermejo.

En la Segunda República el estraperlo, un juego de ruleta fraudulento inventado por Daniel Strauss, cuando Lerroux era presidente del gobierno fue una de las noticias más mediáticas.

Daniel Strauss pretendió legalizar su juego tratando con Aurelio Lerroux, sobrino del presidente de gobierno, y el subsecretario de Marina, Joan Pich i Pon. Estas mediaciones agilizaron el permiso del Ministerio de la Gobernación, ocupado en aquel entonces por el radical Rafael Salazar Alonso.

No obstante, la no obtención provocó el escándalo cuando el tahúr exigió la devolución del dinero gastado en los sobornos en carta al jefe del Estado, Niceto Alcalá Zamora. El escándalo traerá la caída del gobierno, el desprestigio del Partido Radical, y el final político de la larga trayectoria de Alejandro Lerroux. Su caída causará nuevas elecciones y el ascenso del Frente Popular en febrero de 1936.

Durante el franquismo el peor caso de corrupción, aunque no tan mediático fue descubierto por el profesor de Historia de la Universidad de Toronto, Denis Symith, quien publicó en 1991 unos documentos desclasificados en los archivos nacionales británicos sobre los sobornos del MI6 británico a varios militares del régimen del general Franco.

En España será divulgado por Ángel Viñas. El embajador Samuel Hoare tuvo el permiso de su primer ministro, Winston Churchill, para usar un fondo de unos 14 millones de libras para sobornar al embajador de España en Portugal, Nicolás Franco, hermano del jefe de Estado; el general Varela, ministro del Ejército y media docena más de generales en importantes cargos, en su mayor parte de la familia monárquica, pero todos contrarios al falangismo.

En el presente la corrupción viene vinculada a la financiación de los partidos políticos por carencia de militantes con cuotas. Las donaciones exigen una contraprestación en contrataciones evaluadas por instituciones públicas.

Sin embargo, este mal que afecta se diferencia en España por el «torrentismo». La zafiedad mostrada por los actuales gobernantes que han saqueado las cuentas públicas en beneficio de unas meretrices que no llegan al nivel de las hetairas del siglo pasado.

En definitiva, en nuestra historia los casos de corrupción han estado presentes en todos los periodos, en algunos casos más marcados que en otros, y claramente con fuertes repercusiones políticas que significaban una renovación de protagonistas para dar imagen de transparencia y limpieza.

En el presente en nuestro cercano espejo, Portugal, el primer ministro socialista Antonio Costa dimitió tras verse envuelto en un caso de corrupción, y dio las siguientes razones: «La dignidad de las tareas de un primer ministro no son compatibles con ninguna sospecha sobre la integridad, el buen comportamiento y menos aún con cualquier tipo de acto delictivo».

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