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Corpus de Sangre

Corpus de Sangre

Los nobles que traicionaron a España en 1640: la conjura que facilitó la independencia de Portugal

Luisa fue la mente y el corazón que guio la revuelta desde las sombras. Su fortaleza de carácter animó al duque de Braganza a tomar la arriesgada decisión de proclamarse rey de Portugal

Si hay un año nefasto en la historia de España fue el de 1640. Gobernaba en el imperio, donde no se ponía el sol, el inefable conde-duque de Olivares. Reinaba, indolente y distanciado, don Felipe IV, cuyas buenas intenciones solo ocasionalmente se transformaban en acciones ejemplares. Y la situación de la Corona rayaba lo explosivo, tanto en el exterior como de puertas adentro.

España combatía prácticamente sola contra medio mundo. Inglaterra, Holanda, los protestantes alemanes, Suecia…, incluso la poderosa Francia se había unido al catálogo de enemigos. En vez de España quizás fuese más preciso hablar de Castilla. Recordemos los pesarosos versos de Quevedo: «En Navarra y Aragón no hay quien tribute un real, Cataluña y Portugal son de la misma opinión. Solo Castilla y León y el noble reino andaluz llevan a cuestas la cruz».

En este difícil contexto, en junio se produjo el «Corpus de la Sangre», la revuelta popular aprovechada por una parte de la nobleza catalana y de la burguesía barcelonesa para intentar romper las amarras con la Corona española. La sublevación puso en grave riesgo el frente de los Pirineos. Allí el Ejército español combatía, con graves dificultades, contra los franceses en el terrible conflicto europeo que acabaría denominándose la Guerra de los Treinta Años.

La política centralizadora del conde-duque, que pretendía implicar a los distintos reinos de la Corona en la resolución de los graves problemas existentes, había sido considerada un agravio por las élites que los dirigían. La nobleza manifestaba una creciente inquietud ante las exigencias de Olivares para que cumpliese su papel tradicional de sostén militar del rey. Muchos grupos conspiraban para aprovecharse de la situación de debilidad que atravesaba la Monarquía.

Hubo una poderosa familia que se distinguió especialmente en el inicuo camino de la traición. Se trató de la casa de Guzmán. De ella formaba parte incluso el valido don Gaspar de Guzmán, lo cual hizo más dolorosas las traiciones.

Empezaron por Portugal, gobernado entonces por la duquesa de Mantua, nieta de Felipe II, pero nacida y criada en Italia. Tenía escaso conocimiento de la realidad ibérica, lo que, unido a su absorbente preocupación por los problemas sucesorios en su familia italiana, hizo de ella una gobernante ineficaz.

Retrato de Luisa de Guzmán

Retrato de Luisa de Guzmán

Para desgracia del Gobierno, tenía enfrente a una personalidad hábil, manipuladora e intrigante. Se trataba de Luisa de Guzmán, esposa del duque de Braganza, el más notorio de los nobles portugueses y miembro de la casa de Medina Sidonia, una de las más poderosas e influyentes de la nobleza española.

La conspiración, que llevaba tiempo fraguándose, estalló a primeros de diciembre. Aprovechándose de su condición, un grupo de nobles portugueses logró penetrar en el palacio real asesinando al ministro de Estado, Miguel de Vasconcelos. Su lealtad al rey legítimo le costó la vida. La defenestración de su cuerpo, aún palpitante, fue la señal para el inicio del levantamiento popular, que se impuso ante la incapacidad de la gobernadora.

Luisa fue la mente y el corazón que guió la revuelta desde las sombras. Su fortaleza de carácter animó al duque de Braganza a tomar la arriesgada decisión de proclamarse rey de Portugal. Se le atribuye una frase significativa: «Antes reina por un día que duquesa toda la vida». Resume y describe lo ambicioso de su personalidad.

La conspiración había atravesado las fronteras de Portugal. Su hermano, el duque de Medina Sidonia, don Gaspar Pérez de Guzmán, era el principal representante del Gobierno español en el sur de España, pero también la cabeza de otra conspiración, enlazada con la portuguesa, que pretendía independizar Andalucía de la Corona española. El duque, en su condición de capitán general de la Mar Océana y Costas de Andalucía, fue encargado de organizar y dirigir un ejército que debía invadir el sur de Portugal para contribuir a sojuzgar la rebelión.

Su exasperante lentitud despertó fuertes sospechas en Madrid. Incluso llegó a rechazar los refuerzos que se le ofrecían. El duque estaba en contacto con su díscola hermana, con otros nobles de Andalucía e incluso con potencias enemigas de España, de las que esperaba refuerzos. Su indecisión le costó cara, pues algunos de sus movimientos fueron detectados por agentes de Olivares.

Llamado a Madrid y puesta en evidencia su traición, se derrumbó y delató a varios de sus cómplices, especialmente a un tercer Girón, su primo el marqués de Ayamonte. Este había sido otro de los cerebros de la conjura, que finalmente fracasó por no encontrar apoyo entre la nobleza ni mucho menos en el conjunto del pueblo andaluz. En cualquier caso, el daño causado a los intereses de España fue terrible.

Las dificultades sobrevenidas hicieron imposible la recuperación de Portugal y retrasaron una década la de Cataluña. El marqués de Ayamonte pagó con la vida su miserable comportamiento, mientras el duque salvó la vida por su privilegiada situación y su parentesco. Pasó el resto de su vida en el destierro. Su hermana Luisa fue la única que logró su ambición. Reinó en Portugal «toda la vida».

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