Ensenada de los Galápagos, una pequeña playa situada en el casco antiguo amurallado de Melilla.
Ceuta y Melilla, las ciudades españolas que fueron fortalezas y cárceles en el Norte de África
A pesar de vivir sometidos a una disciplina férrea, castigos severos y trabajos forzados, algunos condenados podían alcanzar con el tiempo una semilibertad que les permitía trabajar en la ciudad, comerciar o acudir a teatros y bailes antes de obtener la libertad definitiva
La historia de las ciudades españolas de Ceuta y Melilla da lugar a muchos y variados episodios durante siglos, grandes y pequeños, bélicos y pacíficos. Uno de ellos es la configuración como ciudades presidio, que originó unas relaciones peculiares entre los habitantes de las ciudades y los presidiarios, algunos de los cuales acabaron estableciéndose definitivamente en esos enclaves del norte de África, convirtiéndose en habitantes permanentes.
Presidio tuvo varias acepciones. En general, es una mezcla de fortaleza militar para defender un territorio fronterizo y cárcel con más penalidad que las ordinarias. En estos dos sentidos, Ceuta y Melilla encajan. La pena de presidio desapareció del Código Penal español en 1983, aunque llevaba ya bastante tiempo sin diferenciarse de la de prisión.
La mayor penalidad en cuanto a la dureza de los trabajos forzados o las condiciones de privación de libertad era más propia del derecho penal hasta el siglo XIX. Presidios no solo los había en las posesiones africanas, sino en Vigo, Santoña o Badajoz. Incluso para obras determinadas, como la carretera de Motril o el canal de Isabel II. Pero, por su peculiaridad, nos vamos a fijar en Ceuta y Melilla.
Peñón de Vélez de la Gomera
Ceuta, como Orán, fue presidio mayor, y Melilla, como Vélez de la Gomera y Alhucemas, presidio menor desde mediados del siglo XVII. Mayor o menor según si la pena era mayor o menor en la terminología del código. Las condiciones de los presidiarios cambiaban durante el cumplimiento.
De un encierro duro por una disciplina estricta y con castigos severos, se podía pasar a una situación de libertad diurna, ejerciendo trabajos, o incluso quedar relevados del servicio. En esa semilibertad, a la que se llegaba después de un tiempo de encierro, los presidiarios podían disfrutar de casas de juego, bailes, teatros y cierto comercio, como señala Pedro Alejo Llorente.
En los mayores había también menos riesgo de agresión exterior, mientras que en los menores, aunque la pena fuera de menos duración, las condiciones de vida eran más duras por estar en islotes muy expuestos a las agresiones.
Los primeros reglamentos son de 1715 para Ceuta y 1717 para Melilla. En ellos se especificaban las guarniciones y los trabajos. El de 1745 es más amplio porque va a incidir en general en la vida de las dos ciudades y su gobierno y administración. La convivencia entre presidiarios, a veces gente de mala catadura moral y pendenciera junto a buenas gentes abocadas al delito por el hambre o la necesidad, y los habitantes no siempre fue fácil. El rígido sistema penitenciario y la crueldad en los castigos originaron motines y revueltas, lo que hizo necesario cambiar las condiciones de cumplimiento de condenas.
A finales del siglo XIX, los presidios fueron suavizando la disciplina. La vigilancia correspondía a miembros del Ejército, menos los cabos de vara, que eran elegidos entre los condenados. La ordenanza de 1889 reformó el sistema de Ceuta, estableciendo un sistema progresivo en cuatro periodos.
Antiguo presidio El Hacho, Ceuta
El primero, en celdas de aislamiento. El segundo, de instrucción. El tercero, de trabajo libre de los penados en la ciudad, y un cuarto, de circulación libre por la ciudad, que acabaría en la libertad. El paso de uno a otro se ganaba por buena conducta y dependía de los informes (vales) emitidos por los guardianes, lo que aseguraba un tanto por ciento de corruptelas. Este sistema se extendió a los otros presidios.
A finales de ese siglo, en el penal de Melilla, un pequeño establecimiento en la plaza de armas de la ciudad vieja, reinaba la tranquilidad, según contaba Laguna Azorín en El presidio de Melilla visto por dentro (Valencia, 1907). Los habitantes del recinto trabajaban en talleres del Estado o bien en la ciudad para trabajos domésticos. En esa época no hubo motines ni molestias.
Estaban condenados por los peores delitos, pero los animaba el régimen de libertad progresiva y la remuneración que obtenían y guardaban hasta la liberación total. A pesar de que lo dicho por Laguna puede ser cierto en lo grueso, las riñas eran inevitables cuando se tiene encerrados en un pequeño espacio a casi trescientos hombres curtidos en maldades, los intentos de fuga, las trampas de juego… Algunas muertes producidas dentro de la cárcel eran castigadas con pena de muerte ejecutada a la vista de los demás.
En Ceuta, mucho más poblada de convictos, dentro de la prisión existía un orden impuesto por los más bravos, los matones y barateros en la jerga carcelaria, que se valían de su fuerza física y de la influencia sobre los más débiles para, bajo la cubierta del compañerismo, crear un orden paralelo al que debían someterse los demás.
Esto solía tener complicidad en los guardias y era difícil de combatir. Este ambiente está descrito en las excelentes novelas Santa Rogelia (1926), de Palacios Valdés, y Cabo de vara (1958), de Tomás Salvador. A fin de cuentas, el presidio era un mundo y la aspiración de todos era salir pronto, por lo que era imprescindible no meterse en líos que ampliaran las condenas, cumplir con los que mandaban y pasar los grados buenamente.
Convivían la peor intención y los señalados por el destino aciago por los celos, el hambre o la codicia. Los que mantenían la dignidad con los que la perdían, convirtiéndose en indeseables o ejerciendo una prostitución habitual en los encierros de hombres solos.
La miseria y la nobleza que encierra el alma humana. Jesús Mijares Candado, que era capitán de Infantería destinado en estos establecimientos, es menos optimista que Laguna y relata muchas anécdotas en La vida en presidio (Barcelona, 1909). Como tantas cosas relativas a Ceuta y Melilla, este episodio pasó. Pero en estas ciudades queda el recuerdo y algunos descendientes.