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Antonio Pérez Henares
Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

Pedro de Valdivia, el extremeño que cruzó medio mundo para conquistar Chile y morir en Tucapel

Fue, sin duda, uno de los jefes militares con mayor destreza, estrategia y valentía. Estuvo presente en las más importantes batallas, tanto en tierras europeas como en las del Nuevo Mundo

La fundación de Santiago, óleo de Pedro Lira (1888)

La fundación de Santiago, óleo de Pedro Lira (1888)Museo Historico Nacional, Santiago

Pocos de los conquistadores españoles en América pueden presumir de la hoja de servicios de Pedro de Valdivia. Fue, sin duda, uno de los jefes militares con mayor destreza, estrategia y valentía. Estuvo presente en las más importantes batallas, tanto en tierras europeas como en las del Nuevo Mundo. Hasta se dice que, muy joven, con solo 21 años, formó parte incluso de las tropas comuneras y combatió en Villalar.

Esto es algo que, sea porque no existiera o porque mejor era que no se conociera, permanece en la bruma, pero, de ser cierto, aquel comienzo con derrota y muerte para los líderes insurrectos se compadecería mucho con su peripecia en su última batalla, al otro lado de los mares, la de Tucapel, en Chile, con él al mando, en la que perdería la vida con 56 años cumplidos.

Entre una y otra, 35 años de combates, de victorias en el campo de batalla, tropiezos y enredos con los poderes y un gran prestigio ganado a pulso con la espada y con su maestría en saber planificar y resolver a favor las batallas.

Pedro de Valdivia

Pedro de Valdivia

Estuviera o no en Villalar, donde ya sí estaba aquel mismo año era en las huestes realistas que las habían derrotado, y sirviendo al emperador Carlos V en Flandes tras haberse alistado en su Extremadura natal, pues había venido al mundo en la población de Castuera, en la comarca de La Serena, hijo de hidalgos probados, pero de no larga hacienda, que para que aprendiera a leer y escribir sí alcanzó, pero donde el oficio de las armas aparecía como mejor salida. Era lo suyo y no tardó en destacar, y participó en la defensa de Valenciennes contra los franceses, que encabezó el propio rey Carlos.

Su siguiente destino fue Italia. Allí, incorporado al Tercio de Infantería del marqués de Pescara, participó en el asedio exitoso que concluyó con la toma de la ciudad y que culminaría después con la gran victoria de Pavía (1525), el gran desastre galo, donde su rey Francisco quedó vencido y prisionero.

Sus méritos le habían otorgado sucesivos ascensos y, tras participar dos años después nada menos que en el archifamoso, pero no muy edificante, «Saco de Roma» y en la defensa de Nápoles para ayudar a derrotar de nuevo a los franceses que la cercaban, obtuvo el flamante grado de capitán y con él regresó a España, a su tierra, con el propósito de casarse y formar familia.

Lo hizo con Marina Ortiz de Gaete, de noble linaje, pero que no consta que le diera hijos. La vida allí se le hizo lenta y sin horizontes, y en 1535 decidió que donde podía tenerlo estaba al otro lado del mar Océano. No volvería a ver a su esposa, aunque, cuando ya en Chile y con poder y posibles, envió emisarios con abundantes dineros para ella y la misión de que la trajeran a su lado, aunque para entonces ya estaba con la que sería el gran amor de su vida, Isabel.

Hacia América partió al lado de quien había sido viejo compañero de armas de cuando los comuneros, Jerónimo de Alderete. Iban rumbo a Venezuela, al Orinoco, como refuerzos de la expedición de Jerónimo de Ortal, a la que se unieron y donde Alderete comandó una revuelta contra su tocayo y, tras deponerlo, anduvieron vagando por la inmensidad de los Llanos venezolanos hasta que los prendieron a todos y los llevaron a ser juzgados a Santo Domingo.

Valdivia tuvo suerte; no había estado entre los cabecillas, y, al llegar a la Audiencia de La Española una petición de refuerzos por parte de Francisco de Pizarro para sofocar una rebelión de los incas, le permitieron partir con ellos y a finales de 1536 ya estaba en Lima a las órdenes de su ahora triunfante paisano trujillano.

El socio y amigo de este hasta entonces, Diego de Almagro, fue quien logró al año siguiente retomar y controlar la ciudad de Cuzco de manos de las tropas incaicas, pero, tras hacerlo, consideró que la ciudad y aquel territorio debían quedar bajo su exclusivo mando sin tener que rendir cuentas a Pizarro. La guerra entre españoles, una más, estaba servida.

Pizarro, por Vázquez Díaz.

Pizarro, por Vázquez Díaz.

Francisco de Pizarro, para entonces, ya sabía de la experiencia militar de Valdivia y de su valía. Él había estado también como rodelero en las primeras guerras italianas y ahora el enfrentamiento no iba a ser con indios, sino con soldados españoles avezados también en aquellos otros combates. Lo nombró maestre de campo y lo envió junto a sus hermanastros Hernando, el mayor, y Gonzalo, el más joven, a su encuentro. De inicio, los almagristas parecían tener ventaja, pero la experiencia en tales lides de Valdivia fue decisiva para inclinar la balanza. Los pizarristas vencieron y Almagro acabó preso y después fue decapitado.

La posición de Valdivia ganó muchos enteros ante Pizarro y, tras haber andado comisionado por él y por lo que ahora es Bolivia, y recibir encomiendas y hasta una mina de plata, tras una reunión entre ambos donde ahora se alza la capital boliviana de La Paz, le concedió permiso para acometer la conquista de Chile, donde había ido antes el fallecido Almagro y regresado con las impresiones más penosas de que aquello era inhóspito, pobre y de tremenda dureza. Que no merecía la pena, vamos.

Pero Pizarro y Valdivia lo veían de otra manera y el primero autorizó al segundo para que, como teniente gobernador suyo, partiera hacia allá y tomara posesión de aquella tierra. Lo hizo, fundó ciudades, entre ellas la ahora capital de la nación, Santiago, venció a las aguerridas tribus, los mapuches, que allí habitaban, consiguió gloria, fama y ser nombrado gobernador de aquellos territorios y ser figura decisiva en la derrota de la rebelión del pequeño, pero el más apreciado, de los Pizarro, Gonzalo, contra la Corona, para acabar muriendo a manos de los guerreros mapuches cuyo jefe, Lautaro, había aprendido, siendo cautivo y sirviente en su propia casa, las modernas artes y maniobras para hacer la guerra de los españoles, la importancia de la caballería y volverlo todo contra ellos.

El inicio de la expedición, desde el principio, estuvo plagado de dificultades. Casi nadie quiso acompañarlo, dados los fracasos anteriores y la escasa posibilidad de ganancias. Valdivia hubo de emplear en ella toda su hacienda y aceptar a un par de socios que aceptaron serlo tras pactar el reparto de los beneficios de la empresa.

En enero de 1540 salió con sus exiguas fuerzas de Cuzco, acompañado ya por su amante, antes criada, la decidida Inés de Suárez. Su esperanza estaba en conectar con los restos de las anteriores expediciones fracasadas y logró su objetivo incorporando, tras atravesar el terrible desierto de Atacama, a las tropas, un total de 70 hombres, que había conseguido mantener con él el capitán Francisco de Villagra, y añadir a ellos otros pequeños contingentes y llegar a reunir finalmente ya un pequeño ejército de unos 150 españoles tras unir a él otros 25 al mando de Francisco de Aguirre, amén del flanqueo de algunos destacamentos de indios aliados.

Doña Inés Suárez en la defensa de la ciudad de Santiago por José Mercedes Ortega

Doña Inés Suárez en la defensa de la ciudad de Santiago por José Mercedes Ortega

Pero allí mismo ya comenzaron las insidias y traiciones: uno de sus socios urdió un plan para asesinarlo y tomar el mando. Inés logró dar la alarma y que acabaran apresados tanto él como sus compinches. Valdivia, a cambio de perdonarle la vida, le hizo firmar la renuncia a todos los derechos de la sociedad compartida y seguir como soldado en la hueste.

Los expedicionarios, cuyo número había aumentado a poco más de ciento cincuenta españoles, avanzaron hasta el valle de Copiapó. Allí Valdivia tomó posesión del territorio en nombre del Rey, mas no de Pizarro, y le dio por nombre Nueva Extremadura.

Luego continuó hasta el valle del Mapocho, donde llegó en diciembre de 1540 y donde tenía previsto, tras escuchar a los indígenas y a los supervivientes de las campañas de Almagro, levantar la primera ciudad de aquellas tierras. Así lo hizo el 12 de febrero de 1541, a orillas del río que cruzaba por el valle, no muy lejos de la costa y con un clima algo más benigno que los soportados, dándole el nombre de Santiago del Nuevo Extremo, hoy la populosa Santiago de Chile.

El lugar estaba poblado y gozaba de buenos campos de cultivo. También supo que extraían oro para su tributo al Inca y logró dar con el yacimiento. No había tanto como en Perú, pero lo que tanto ansiaban comenzó a aparecer y fue yendo a más.

Fueron los propios indios quienes le dieron la noticia del asesinato de Pizarro por los almagristas, que él aprovechó para convocar un cabildo y declararse exento de subordinación alguna a la autoridad del mismo. El Cabildo, dominado por sus más cercanos, lo nombró gobernador hasta que el Rey, al otro lado del mundo, nombrara a alguien para el cargo, lo que él aceptó tras hacer como que rehusaba.

Los indígenas comenzaron a dar muestras de gran inquietud y Valdivia, prudente, ordenó la construcción de un bergantín en la desembocadura del río Aconcagua con el fin de tener un posible escape y regresar al Perú. Otra conspiración interna contra él fue descubierta, pero hubo de perdonar a los conjurados, pues no era cuestión de eliminar a ninguno que pudiera combatir el asalto.

Razón tenía en ser precavido. El ataque indio contra los lavaderos de oro y el barco en construcción, que fue destruido, y luego contra Santiago, no tardó en desatarse el 11 de septiembre de 1541, coincidiendo con una ausencia del propio Valdivia, que había salido de descubierta contra otro grupo de indios.

Lograron rechazar el asalto, pero encendieron todas las casas, en realidad chozas de paja, y acabaron con casi todos los alimentos disponibles excepto algo de trigo, tres cerdos y algunas gallinas. Pero la decisión de Valdivia no fue la que esperaban los indios. En vez de emprender el camino de regreso hacia el Perú, hizo que comenzara de inmediato la reconstrucción de las viviendas y, en vez de comerse el trigo, los cochinos y las aves, emplearlo todo para siembra y dejar que los animales se reprodujeran. Envió, eso sí, a un hombre de su confianza, Santiago Alonso de Monroy, hacia Perú en demanda de refuerzos y ayuda.

En los dos años que pasaron antes de que llegara, las pasaron canutas, consiguiendo comida como podían, sin parar en mientes para lograrla y bajo la constante amenaza de los indios. Pero lograron sobrevivir y en septiembre de 1543 arribó un bergantín con bastimentos, y en diciembre apareció Monroy con 70 soldados.

Aquello dio fuerzas y alas a la colonia, que comenzó a expandirse y hasta asentar un nuevo poblado al norte y facilitar el enlace con Perú. Un nuevo barco al siguiente año le permitió ir avanzando hacia el sur. Sin embargo, comprendió que con aquellas escasas fuerzas no podía hacerlo en condiciones.

Había conseguido fruto de los yacimientos auríferos y decidió emplearlo. Volvió a mandar hacia Lima a Monroy, pero esta vez con 70.000 pesos en oro. Lo acompañaba Antonio de Ulloa, que regresaba a España, y con él mandó una carta al rey Carlos dando cuenta de hasta dónde había llegado y solicitando la ratificación de su título de gobernador.

Las cosas se torcieron. Monroy murió en Lima y en Santiago arreciaron las conspiraciones, encabezadas siempre por el mismo, Pero Sancho de la Hoz, que una vez más fue sofocada y el instigador quedó sin castigo. Pero resultó que tenía como cómplice al tal Ulloa y este, aliado con los pizarristas, ahora comandados por Gonzalo Pizarro, alzado ya contra la Corona, logró que se incautaran el oro llevado por Monroy y también una nave que había enviado a por suministros al mando de Pastene. Este, por fortuna, logró hacerse con otro barco y volver con ellos y algunos refuerzos a Chile.

Al ser informado, Valdivia entendió que era él quien debía ir en persona a Lima y que para ello debía llevar todo el oro que pudiera. Y lo llevó valiéndose de un engaño. Anunció que todos los que quisieran podían volver a España y sacar con ellos todo el oro que tuvieran. Llegados a Valparaíso, los invitó a todos a un almuerzo en tierra.

Estatua de Pedro de Valdivia en Villanueva de la Serena.

Estatua de Pedro de Valdivia en Villanueva de la Serena.Getty Images/Angelo D'Amico

Bajó con ellos, pero no tardó en escabullirse, volver a escape al navío, ordenar levar anclas y poner mar por medio. En Santiago había dejado al mando a Francisco Villagra y Pero Sancho de Hoz aprovechó para una nueva intentona de hacerse con el poder. Villagra no se anduvo con las contemplaciones de su jefe y lo hizo decapitar de inmediato.

Pedro de Valdivia, llegado al Perú, se encontró con que Gonzalo Pizarro, a cuyo lado había combatido contra Almagro, había vencido a las tropas realistas y que el enviado real Pedro de la Gasca, investido presidente de la Audiencia y con el encargo de pacificar el territorio, se dirigía hacia el Cuzco para enfrentar a los pizarristas.

Y Valdivia comprendió que su única opción era unir su suerte a la suya, lo alcanzó, le ofreció sus servicios y este, sabedor de su valía y su experiencia militar, y aunque apenas traía unos pocos con él, lo aceptó dándole el grado de capitán en su hueste e incorporándolo a su Estado Mayor.

Su contribución a la victoria tras la batalla de Jaquijaguana, que le costó la cabeza al menor de los Pizarro, fue muy importante y De la Gasca así se lo agradeció cuando el propio Valdivia fue a presentarle su informe tras la batalla, diciéndole: «Ah, señor gobernador, que Su Majestad os debe mucho», dándole por vez primera tal rango que después no dudó en formalizar por escrito.

Todo parecía resuelto, pero cuando Valdivia, con nuevas tropas y barcos, regresaba hacia su territorio, recibió órdenes de regresar a la capital peruana de inmediato, pues se habían presentado cargos y acusaciones contra él, más de medio centenar en total, entre ellas la ejecución de Sancho de Hoz y el robo del oro. Pedro de Valdivia acató de inmediato la orden y se presentó ante él presto a defenderse.

Contaba, desde luego, con la simpatía de su juzgador, por haber acatado su autoridad y contribuido a su victoria, y no tardó en lograr la absolución. Se le permitió regresar a Chile, aunque se le puso la condición de devolver el dinero que había cogido «prestado» a los vecinos de Santiago y de separarse de su amante, Inés.

Retornó poderoso, con muchas más tropas y poderes, y se dispuso a comenzar su ansiada expansión hacia el sur y el estrecho de Magallanes, aunque su gobernación no llegaba hasta allí. Una caída del caballo frustró sus primeros ímpetus, pues lo tuvo en cama y al borde de la muerte. Al año siguiente ya se lanzó a la aventura, pero su avance fue cada vez más difícil y la resistencia mapuche, cada vez más fuerte.

Su campamento en Andalién sufrió un feroz ataque nocturno que rechazaron con gran esfuerzo y sensibles pérdidas. La batalla fue terrible y estuvieron a punto de sucumbir, y Valdivia decidió darles un escarmiento brutal a los prisioneros que habían participado en el alevoso ataque: ordenó que les cortaran a todos la mano derecha y las narices. Supuso que el horror de verlos desfigurados guardaría a los demás de volverlo a intentar. No calibró bien.

Lo que sí hizo mejor fue cambiar de emplazamiento y situarlo junto a un río en la bahía de Concepción. Ello daría lugar a la ciudad del mismo nombre y que había de ser la primera de todos los poblamientos allí. La zona ofrecía grandes posibilidades y riquezas, encomiendas y metales preciosos, pero la revuelta mapuche no hacía más que extenderse y Lautaro se mostraba, tras lo aprendido de los españoles, como un capaz y valeroso líder que iba uniendo en torno suyo a cada vez más tribus.

Lautaro

Lautaro

Ni Valdivia ni su segundo al mando, Villagra, parecían darse cuenta de que el dominio español era muy precario y el enemigo, cada vez más numeroso, conjuntado y mejor dirigido. Los soldados españoles solo veían que las encomiendas que se les otorgaban les daban grandes beneficios y se sentían seguros de poder contener los ataques indígenas montados en sus caballos. No sabían que los mapuches estaban aprendiendo a enfrentarse a las cargas y ya sabían montarlos también ellos y arremeter con sus lanzas.

En el año 1552, Valdivia profundizó en su avance y siguió fundando ciudades. Se había unido a él un compañero de sus primeros tiempos en América, Jerónimo de Alderete, a quien envió a buscar un paso por la imponente cordillera andina y que, a orillas del Mallalauquén, estableció la ciudad de Villa Rica, así conocida por sus minas de oro y plata. Ese mismo año se había fundado ya también la ciudad que recibió el propio nombre de Valdivia.

Antes de que llegara el invierno, ambos regresaron a Concepción y desde allí Pedro envió a su viejo amigo rumbo a España con los encargos de conseguirle un título nobiliario, el hábito de Santiago, la ampliación de su gobierno y extenderlo hasta el estrecho de Magallanes y traerse a Chile a su legítima esposa, Marina Ortiz, a la que enviaba presentes y una muy respetable cantidad de dinero. Los lavaderos de oro cercanos a Concepción aportaban las ansiadas riquezas que tanto necesitaba. Todo parecía, por fin, marchar bien.

Descubrimiento del estrecho de Magallanes en 1520

Descubrimiento del estrecho de Magallanes en 1520

Pero entonces Valdivia cometió un error fatal. No alcanzó a percibir que la resistencia mapuche no solo era cada vez mayor, sino que estaba presta a pasar a un ataque masivo contra él y, en vez de asegurar lo conquistado, dividió sus tropas y las hizo avanzar. Mandó a Francisco de Aguirre al otro lado de la cordillera de los Andes, a Villagra hacia el sur para que intentara llegar hasta el estrecho de Magallanes y a una nave por mar para explorar dicho paso.

El ataque de las fuerzas comandadas por Lautaro contra el fuerte de Tucapel en diciembre de 1553 obligó a la guarnición a retirarse a Purén. Valdivia salió de Concepción para proteger los yacimientos auríferos de Quilacoya y se fortificó allí. Recibió luego la buena nueva de que los refuerzos enviados desde la posición de La Imperial al mando de Gómez de Almagro habían logrado rechazar y levantar el asedio a Purén. Valdivia citó a este a un encuentro el día de Navidad en el destruido fuerte de Tucapel para volverlo a levantar, aunque le advirtió de no dejar desprotegido Purén.

Fue entonces cuando Lautaro, con astucia, consiguió vencerlo al fin. Fingió que iban a atacar masivamente Purén y Gómez de Almagro retrasó su partida durante todo un día y no salió a su encuentro hasta el siguiente.

Valdivia sí llegó puntual y con lo que se encontró fue con todas las fuerzas mapuches que, en gran número, cerca de 10.000 guerreros, comandaba su antiguo paje y caballerizo, que había aprendido muy bien sus lecciones. Escondidos en los bosques, los dejaron avanzar y, cuando estuvieron en la ratonera, y sin señal alguna a la vista de las fuerzas de López de Almagro, fueron a por él. Lautaro lanzó a sus tropas no en tropel, sino en sucesivas oleadas.

Contraponiendo sus lanceros contra las embestidas de la caballería castellana y utilizando las propias tácticas hispanas, fueron agotando a los españoles y mermando sus efectivos hasta reducirlos a un puñado tan solo. Valdivia fue de los últimos que resistió y aún intentó romper las filas mapuches arrancando al galope con su caballo. Pareció incluso que iba a conseguir escapar, pero al cruzar una ciénaga se empantanó y fue cogido prisionero.

Las tres muertes de Valdivia

Apresado por sus enemigos, las versiones sobre su muerte son muy diferentes. Dos de ellas se deben a un mismo cronista, Pedro Mariño de Lobera. En la primera asegura que fue un cacique llamado Pilmaiquén quien, una vez que fue arrastrado hasta el campamento donde celebraban su triunfo, lo mató de un macanazo en la cabeza, sin más: «Levantó una gran porra que tenía en las manos y la descargó con gran furia sobre el infelice Valdivia, haciéndole pedazos la cabeza».

En la segunda, del mismo autor, la escena parece ya propia de una película: «Trajeron una olla de oro ardiendo y, diciéndole: «Pues tan amigo eres de oro, hártate agora dél, y para que lo tengas más guardado, abre la boca y bebe aqueste que viene fundido», se lo hicieron beber por fuerza, teniendo por fin de su muerte lo que tuvo por fin de su entrada en Chile».

Cuadro titulado 'Últimos momentos de Pedro de Valdivia'

Cuadro titulado 'Últimos momentos de Pedro de Valdivia'

Más extendida y detallada es la que relata con todo lujo de detalles las atrocidades que sufrió; se debe al cronista Góngora Marmolejo: «Teniéndolo en su poder lo desarmaron y desnudaron en carnes, y ataron las manos con unos bejucos, y ansí atado lo llevaron a pie casi media legua, sin quitalle la celada borgoñona que llevaba, que aunque lo probaron muchas veces no acertaron a quitársela; y como era hombre gordo y no podía andar tanto como querían, llevábanlo algunas veces arrastrando, diciéndole muchos vituperios y burlando de él, hasta un bebedero, donde llegados con él se juntaron todos los indios y repartieron toda la ropa y despojo por su orden entre los señores».

Valdivia, según este relato, y usando a su sirviente yanacona, que había sido apresado con él, como intérprete, les ofreció retirar a los españoles del reino y dos ovejas a cambio de su vida. Pero los mapuches no lo aceptaron. Su destino estaba trazado.

«Hicieron los indios un fuego delante de él, y con una cáscara de almeja de la mar le cortaron los lagartos de los brazos desde el codo a la muñeca —teniendo espadas, dagas y cuchillos con que podello hacer, no quisieron por dalle mayor martirio—, y los comieron asados en su presencia. Hechos otros muchos vituperios, lo mataron a él, y la cabeza pusieron en una lanza juntamente con las demás de cristianos, que no les escapó ninguno».

Su cráneo fue después descarnado y sirvió como trofeo al ser usado como vasija contenedora de chicha entre los principales toquis; fue devuelto medio siglo más tarde a los españoles como prueba de pacificación.

Lautaro arrasó sistemáticamente las ciudades españolas. Provocó el abandono de los fuertes y el despoblamiento de la zona de Concepción, centro de los asentamientos españoles en el sur de Chile, a la que incendió y saqueó dos veces. Pero su estrella no tardó en palidecer. También las divisiones hicieron mella entre los mapuches y Villagra, el lugarteniente de Valdivia, logró contenerlo. Finalmente, el caudillo mapuche acabó encontrando la muerte al intentar tomar la ciudad de Santiago, la primera que Valdivia fundó.

Como fuere, Valdivia encontró la muerte en Chile, donde, según sus propias palabras, en la carta que escribió al rey Carlos V el 4 de septiembre de 1545, no había ido «[...] sino descobrir y poblar tierras a vuestra Majestad, y no otro interese, junto con la honra y mercedes que será servido de me hacer por ello, para dejar memoria y fama de mí».

Sin duda, la dejó. Su figura, quizás aunque en España y debido a su fracaso final, no es de las más reconocidas. En Chile es recordada con bastante mayor benevolencia que otras en otros países de Hispanoamérica. No faltan estatuas suyas, ni avenidas con su nombre, ni se lo han intentado quitar a la ciudad que lo lleva.

¿Y qué fue de Inés? Pues ella le sobrevivió, y no solo en su tiempo, sino que ahora también es objeto de mucha atención y no poca admiración. La gran novelista chilena Isabel Allende y su obra Inés del alma mía han tenido en ello mucho que ver. Yo me atreveré, humildemente, a contarles la próxima semana sus peripecias aquí.

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