Batalla del cabo de San Vicente
Picotazos de historia
El pequeño barco español que resistió durante horas el ataque de una fragata británica en 1780
Con apenas 96 hombres a bordo, el paquebote español Grimaldi se enfrentó en 1780 a una fragata británica muy superior. Lo que parecía una presa fácil acabó convirtiéndose en un combate tan duro que los ingleses permanecieron diez días frente a Ribadeo buscando revancha
Hoy, con su permiso, quisiera relatar un incidente normal para un marino de su tiempo: el que tuvo un paquebote español al toparse con una fragata y una balandra británicas.
Esta acción, muy menor, tuvo lugar el día 23 de junio de 1780. Entonces estaba España en guerra con el Reino Unido y daba apoyo a los Estados Unidos de América (declarados como tales en 1776 y reconocidos en 1783). Poco tiempo después del enfrentamiento que les voy a contar tendría lugar —el 9 de agosto de ese mismo año— el colosal golpe que asestaría el almirante don Luis de Córdova al capturar 52 barcos de un convoy compuesto por 55, enviados para transportar suministros, refuerzos y fondos para las tropas británicas de lord Cornwallis en América. Privados de estos medios, los ingleses terminarían por rendirse.
Pero vayamos a lo que quería contarles. Verán, por el lado español tenemos al paquebote —embarcación dedicada al transporte de correo entre la Península y América y que tenía el porte de un bergantín— Grimaldi. Esa nave estaba bajo el mando del capitán y maestre don Antonio de Albuerne, contaba con una tripulación de 96 personas entre oficialidad y marinería y su armamento se componía de diecisiete cañones de calibres de 8 y 4 libras y diez pedreros. Estos últimos eran piezas más pequeñas (como las abuzas de 3 libras) montadas sobre horquillas y que, cargadas con metralla, eran temibles contra las tripulaciones enemigas a corta distancia.
A las 10:15 de la mañana del día 23 de junio, el Grimaldi avistó una balandra que identificó como británica y de nombre «Yrresperda» (?). Durante toda la mañana la balandra siguió la estela del Grimaldi. A la una de la tarde se vio una vela, que resultó ser una fragata que navegaba en compañía de la balandra.
La fragata se aproximó enarbolando pabellón francés, pero don Antonio de Albuerne era marino viejo y conocía las mañas. Dio orden de responder con uno de los cañones de proa. El tiro fue bonito, ya que el proyectil atravesó todo el aparejo de la fragata.
Viendo que no había colado el ardid, se arrió el pabellón francés y enarbolaron el pabellón de guerra de la Marina británica, en concreto el correspondiente a una nave del escuadrón blanco. Y es que la Armada inglesa se dividía en tres escuadrones: blanco, rojo y azul; los colores de sus banderas, con la cruz de san Jorge en rojo y, en el cantón, la Union Jack.
El Grimaldi ya estaba en zafarrancho de combate, pero el capitán añadió dos órdenes más: que el oficial de Bandera bajo ningún concepto arriara la enseña, pudiendo acabar con el capitán (él) si tal cosa le ordenara, y que los dos oficiales acompañantes del oficial de Banderas tanto hicieran con su oficial si diera esa orden o mostrara dudas.
El paquebote aguantó estoicamente el fuego de la fragata enemiga mientras esta última se acercaba y, cuando se encontraban banda con banda, dio don Antonio la orden de fuego.
Pilló la descarga de la nave española de lleno a la fragata, acertando al palo mayor, el trinquete y la botavara. Pero lo peor fue que la tripulación enemiga se encontraba apelotonada sobre la cubierta, por lo que fue barrida por el fuego de los pedreros, que se cebaron con ellos.
Viró la fragata, pero era más rápida e iba en ceñida, por lo que pronto volvió a situarse al costado, iniciándose un cañoneo mutuo. Un proyectil inglés —de mayor calibre que nada de lo que había a bordo del paquebote español— abrió una larga vía, de metro y medio, a «la lumbre del agua» (a ras del agua), lo que provocó cierta conmoción entre los servidores de las baterías.
Don Antonio no pudo poner tranquilidad entre los servidores por encontrarse conmocionado sobre el parapeto de la jarcia mayor. Sendos proyectiles le habían arrancado la bocina de órdenes de la mano y el sombrero de la cabeza, dejándole conmocionado y aturdido.
Se recuperó el capitán español, aunque le quedaría el oído izquierdo afectado, justo cuando el aire barría el humo de los disparos. La tripulación del Grimaldi rugió de alegría ante el grave daño que se mostraba en el aparejo de la fragata y la visión de cuerpos enemigos en el agua.
Rehuyó la fragata volver a situarse de costado, a pesar de su superioridad en bocas de fuego y calibre, prefiriendo situarse en la popa del Grimaldi para hacerle fuego con sus cañones de persecución, que para tal fin tenía situados en la proa.
Respondió el Grimaldi con los suyos de caza, los que estaban situados en la popa, pero estos eran de calibres inferiores y con menor alcance.
Continuó la persecución, evitando la fragata inglesa el combate y tratando de aprovecharse de su mayor velocidad y armamento.
Don Antonio de Albuerne —que para entonces tenía una ligera herida en el brazo derecho y siete agujeros de bala en la casaca, lo que probaba que era hombre afortunado— notaba que iba perdiendo el gobierno de la nave por la cantidad de agua que embarcaba a través de las diferentes vías de agua, pues las bombas de achique y los baldes no eran suficientes. Alargar el combate era dar ventaja a la fragata, por lo que dio orden de poner rumbo al puerto más cercano. Este era Ribadeo y distaba media legua.
El comandante de la fragata inglesa debió notar que el paquebote buscaba el amparo del puerto más próximo y que, si lo alcanzaba, lo perdía como presa. Y, después de todo el daño que había hecho a su barco y a su gente, no estaba dispuesto a ello. Dio orden de intentar el abordaje por la popa del Grimaldi, por lo que dispuso situar mucha gente en el bauprés para que desde allí lo abordaran.
Pero se les enfriaron los ánimos cuando vieron que el capitán español había situado gente para hacerles frente y que, junto con las piezas de popa, habían colocado pedreros. Todos prestos para recibirlos.
A las 5 de la tarde el Grimaldi entró en el puerto de Ribadeo, llegando el agua en su interior a dieciocho pulgadas del puente. Tal era el castigo que había recibido que necesitó cuarenta y cuatro días de reparaciones.
El informe existente en el Archivo General de Indias (Correos, 192B, R.12), junto con el diario de navegación, nos cuenta que, gracias a la información dada por el capitán de una embarcación portuguesa y que posteriormente fue confirmada a las autoridades de Ribadeo por dos desertores ingleses, el capitán de la fragata inglesa estaba furioso.
Y es que, aparte de los graves daños que había sufrido su nave, había tenido entre diecisiete y veintidós muertos y muchos heridos. Esto explicaba que durante diez días la fragata hiciera guardia cerca de la bocana y que hicieran burlas y profirieran insultos contra la gente del Grimaldi. Esperaban azuzarlos para que salieran a enfrentarse a ellos, cosa que don Antonio no hizo.
Como les comenté al principio, un incidente normal dentro de la vida de un marino de su tiempo. Pequeño para esa gente y en ese tiempo, pero a mí me impresiona y me hace sentir muy orgulloso.