Panteón de Hombres Ilustres
El Panteón de España: el mausoleo de Madrid que quiso reunir a Cervantes, Goya y el Cid y acabó olvidado
Desde el siglo XIX, España decidió construir un monumento nacional al estilo del Panteón de París, pero el proyecto nunca alcanzó el renombre de su equivalente francés, y durante décadas cayó en el olvido
En el siglo XIX, el nacionalismo exigía símbolos y relatos patrios para cohesionar políticamente los Estados europeos. Francia ya había construido a finales del XVIII el Panteón de París, un monumento inspirado en el Panteón de Agripa, en Roma, pero destinado a honrar a los grandes personajes que han marcado la historia de Francia, a excepción de las carreras militares, honradas en el Panteón militar de los Inválidos, donde está la tumba de Napoleón.
No era el único que había en Europa: la abadía de Westminster alberga también su propia colección de sepulcros de ilustres hijos de Gran Bretaña. Luis de Baviera, por su parte, fue más práctico y, en vez de reunir féretros, creó una colección de bustos que guardó en una copia del Partenón de Atenas a la que llamó «Valhalla», un buen ejemplo de lo rocambolesco que podía llegar a ser el historicismo en los movimientos nacionalistas del siglo XIX.
Proyecto original de Fernando Arbós y Tremanti para la Real Basílica de Nuestra Señora de Atocha, el campanil y el Panteón de Hombres Ilustres
España, por su parte, lo intentó sin mucho tino: en 1837 se aprobó convertir la iglesia de San Francisco el Grande en un panteón nacional, con una lista de personajes elaborada por la Real Academia de la Historia. Debieron pasar otros veinte años para que se nombrara una comisión para localizar los restos de los españoles ilustres seleccionados, pero se dieron por perdidos los de algunos tan relevantes como Cervantes, Lope de Vega o Velázquez.
Otros miembros de la lista no se movieron del sitio, como don Pelayo, el Cid o Goya. Finalmente, se consiguió reunir, entre otros, a Garcilaso de la Vega, Quevedo, Calderón de la Barca o al Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, que llegó desde Granada. Los restos fueron depositados en una capilla provisional, pero el proyecto de crear un mausoleo a la altura de las circunstancias fue quedando olvidado. Finalmente, los españoles ilustres fenecidos fueron devueltos a sus lugares de origen.
El segundo intento llegó tras la Guerra de la Independencia, en el convento de Nuestra Señora de Atocha, que había quedado muy deteriorado tras el paso de las tropas francesas. El convento pasó a ser cuartel de Inválidos y a albergar en los años siguientes las tumbas de varios de sus directores: los generales Palafox, Castaños y Prim, y el político Antonio de los Ríos Rosas.
En vista de que ya había unos cuantos hombres ilustres difuntos reunidos, la reina regente María Cristina, viuda de Alfonso XII, decidió convocar un concurso público para la construcción de un panteón, y en 1890 se eligió el proyecto del arquitecto Fernando Arbós, de estilo neobizantino, que incluía un campanile de estilo italiano. Nueve años después se dieron por concluidas las obras, algo más sencillas de lo previsto por lo elevado de su coste.
A partir de los años treinta del siglo XX, el panteón cayó en abandono y algunos de los hombres ilustres fueron llevados a descansar a otro sitio. Palafox fue llevado a la basílica del Pilar, y el general Castaños, héroe de la batalla de Bailén, está en esa ciudad. En los setenta, se construyó entre el Panteón y su campanile el colegio de Nuestra Señora de Atocha.
A finales de los años ochenta, Patrimonio Nacional restauró el edificio y lo abrió al público; en 2003 se rehabilitaron también los mosaicos interiores. En octubre de 2022, tras la aprobación de la Ley de Memoria Democrática, el recinto pasó a llamarse oficialmente «Panteón de España», una denominación que, según Patrimonio Nacional, busca incluir también a las mujeres, aunque por ahora no descansa allí ninguna.
Quienes sí están, en impresionantes sepulcros de mármol, son Cánovas, Sagasta, Eduardo Dato, José Canalejas y el artífice de la desamortización, Juan Álvarez Mendizábal, entre otros.
Aunque se intentó, el santuario nunca terminó de convertirse en un verdadero símbolo nacional, como el Panteón de París o Westminster. Quizá sea porque en España siempre ha habido cierto recelo hacia un patriotismo demasiado explícito, o porque ese estilo de boato no termina de encajar con el carácter español, que lo percibe como, con perdón de nuestros vecinos franceses, un poco pomposo e impostado.
En cualquier caso, el Panteón puede visitarse de forma gratuita y, aunque sea como curiosidad histórica, merece la pena pasarse a conocerlo.