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17 de abril de 2024

El presidente Pedro Sánchez, con las banderas de Israel y Marruecos de fondo

El presidente Pedro Sánchez, con las banderas de Israel y Marruecos de fondoPaula Andrade

Combativo con Israel y complaciente con Marruecos: las contradicciones de Sánchez en política exterior

Dos conflictos –en esencia similares–, el saharaui y el palestino, y dos posiciones totalmente opuestas, defendidas por la misma persona, el presidente del Gobierno español

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se ha convertido en un experto a la hora de cabalgar entre contradicciones. En plano interno enfrenta muchas, la amnistía, los pactos con Junts, Bildu, ERC, entre otros. Pero estas contradicciones se han trasladado también al plano de la política internacional.
La más evidente es la posición que el Ejecutivo español ha tomado en la guerra entre Israel y Hamás que se contrapone al adquirido ante la causa saharaui. Sánchez defiende para los palestinos lo que ha arrebatado, sin consenso, a los saharauis.
El líder socialista decidió, unilateralmente, en marzo de 2022, reconocer, a través de una carta dirigida expresamente al Rey de Marruecos, Mohammed VI, la propuesta marroquí de autonomía como «la base más seria, creíble y realista para el diferendo» en el Sáhara Occidental.
Hasta ese momento, España había defendido, a capa y espada, una solución basada en el marco de la resolución de Naciones Unidas. Esto pasa por «la libre determinación del pueblo del Sáhara Occidental».
La resolución 2703 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas exhorta a las partes en disputa, es decir, a Marruecos y al Frente Polisario, a «alcanzar una solución política justa, duradera y aceptable para todas ellas que prevea la libre determinación del pueblo del Sáhara Occidental». Sánchez, al reconocer el plan de soberanía marroquí, acabó con la posibilidad de que los saharauis pudieran elegir libremente su futuro.
Marruecos defiende que el Sáhara forma parte de su Estado, y ofrece un estatuto de autonomía, aunque Rabat se reservaría todos los atributos relativos a la soberanía (bandera, himno nacional, moneda) y a las competencias constitucionales y religiosas del Rey como «emir de los creyentes y garante de la libertad de culto y de las libertades individuales y colectivas». Esta es la solución que, con su carta, Sánchez aceptó, en nombre de todos los españoles, y en contra de gran parte de su Gobierno de coalición.
Las cesiones al reino alauí buscaban un único objetivo: poner fin a una crisis diplomática que se había alargado ya durante más de un año y que se precipitó con la acogida del líder del Frente Polisario, Brahim Gali, en un hospital de Logroño, par tratarse de la covid.
Este gesto hacia el Polisario desató la furia de nuestro vecino que propició, como represalia, la entrada de miles de inmigrantes, en mayo de 2022, a Ceuta por el paso del Tarajal, ante la pasividad de la Gendarmería marroquí.

Estado de Palestina

Sánchez, sin embargo, durante su reciente gira por Oriente Próximo, se ha erigido como el gran defensor de la causa palestina en Europa.
Contrariamente del ejemplo que ha predicado para el Sáhara –siendo dos conflictos que guardan grandes similitudes–, el presidente del Gobierno ha anunciado que reconocerá el Estado de Palestina, incluso si la Unión Europea no toma una decisión clara al respecto.
En esta misma línea acusó a Israel de no estar respetando el Derecho Internacional Humanitario en Gaza. Sus palabras fueron recogidas inmediatamente por el Ejecutivo del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, que convocó a la embajadora española en Tel Aviv para «una reprimenda».
La intervención del líder del Partido Socialista sentaron especialmente mal en Israel, no solo por lo dicho en sí, sino por el momento y el lugar escogidos, el paso de Rafah, en Egipto.
Mientras Sánchez otorgaba una magistral clase de política exterior, junto al primer ministro belga, Alexander De Croo, un grupo de rehenes israelíes estaban siendo liberado de las manos de Hamás, en esa misma localización, tras más de un mes de secuestro. España, a través del ministro de Exteriores, José Manuel Albares, se ratificó en sus palabras y, a modo de respuesta, convocó a la embajadora de Israel en Madrid, Rodica Radian-Gordon.
Una actitud combativa la de Albares que contrasta con la postura complaciente ante Marruecos. Hamás llegó a felicitar a Sánchez por su «postura clara y audaz» ante la guerra en Gaza. Otra gota de agua más en un vaso a punto de rebosar.
Pero han sido las últimas palabras del presidente, durante una entrevista ayer en Televisión Española, donde ha vuelto a expresar sus dudas de que Israel «esté cumpliendo el Derecho Internacional Humanitario», las que han provocado el tsunami final.
El Gobierno de Netanyahu ha manifestado su condena a las palabras de Sánchez con la retirada de su embajadora en España para consultas. El líder socialista consiguió poner fin a su eterna crisis diplomática con Marruecos, dando en bandeja de plata el Sáhara al reino malauí y sustituyendo a la entonces ministra de Exteriores, Arancha González Laya, por Albares. Las consecuencias de este nuevo enfrentamiento están aún por ver, pero quien saldrá perdiendo, será España.
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