Trump y la expulsión silenciosa de China de América
El presidente de Estados Unidos ha entendido que el verdadero campo de batalla no estaba solo en Taiwán o el mar de China meridional, sino mucho más cerca de casa
Xi Jinping y Donald Trump
Desde la llegada de Trump 2.0, todos los sesudos analistas examinan la política internacional americana como una suma de decisiones erráticas, impulsivas o meramente ideológicas. Aranceles aquí, sanciones allá, tensiones diplomáticas que parecen improvisadas. Pero bajo ese ruido hay una lógica mucho más fría, coherente y estratégica: la convicción de que China debe ser expulsada –o al menos contenida– del continente americano.
Esta visión se enmarca en el «Corolario Trump» a la Doctrina Monroe, revivida en la Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre de 2025, que busca un hemisferio occidental libre de incursiones extranjeras hostiles y el control extranjero de activos estratégicos.
No se trata de una obsesión nacionalista. Es la profunda convicción de que Estados Unidos no puede permitirse que una «potencia rival» controle rutas comerciales, infraestructuras críticas o recursos estratégicos en su propio hemisferio. Y Trump, a diferencia de administraciones anteriores, ha decidido actuar en consecuencia.
China no es un socio: es un rival sistémico
Para Washington, China hoy es vista como un rival sistémico, capaz de desafiar la seguridad nacional a largo plazo. No mediante invasiones militares, sino por algo mucho más eficaz: control de dependencias.
La Estrategia de Seguridad Nacional es explícita: potencias no hemisféricas han penetrado de forma significativa en América, no solo para causar daño económico inmediato, sino para crear vulnerabilidades estratégicas futuras. Vulnerabilidades que afectan directamente a las cadenas de suministro y al acceso a minerales y metales críticos.
Trump ha entendido que el verdadero campo de batalla no estaba solo en Taiwán o el mar de China meridional, sino mucho más cerca de casa. Su táctica puede ser burda, pero es coherente en el fondo. En un mundo donde la expansión China es innegable y así como el potencial de un conflicto es real, Estados Unidos corre contra el tiempo para asegurar su autonomía industrial y recuperar su patio trasero.
La penetración China en América; mucho mayor de lo que parece
La realidad parecería dar la razón a Trump. En las últimas dos décadas, China ha invertido más de 300.000 millones de dólares en Hispanoamérica, concentrándose en energía, minería e infraestructuras. En el ámbito de las materias primas, gran parte de estas inversiones se han estructurado mediante forward purchase agreements, que atan la producción regional durante décadas.
Venezuela es el ejemplo paradigmático. China ha prestado al régimen chavista cerca de 60.000 millones de dólares, a devolver en petróleo. Las entregas –entre 250.000 y 650.000 barriles diarios– han llegado a representar más del 25 % de la producción venezolana. A día de hoy quedan por repagar más de 10.000 millones de dólares, equivalentes a unos 4.400 millones de barriles adicionales, sin contar la exposición de la banca comercial china.
En el ámbito portuario, la estrategia ha sido aún más directa. Quien controla los puertos, controla el comercio. Hasta su reciente venta a un consorcio liderado por BlackRock, empresas chinas como CK Hutchison controlaban puertos clave del canal de Panamá. China representa ya el 21,4 % del tráfico del canal, solo por detrás de Estados Unidos.
En Perú, el megapuerto de Chancay –inaugurado en 2024 y valorado en 3.400 millones de dólares– es operado en un 60 % por COSCO. Reduce el tiempo de envío a China en 20 días, evitando puertos estadounidenses y mexicanos. En Brasil, China Merchants controla el puerto de Paranaguá. En México, Hutchison Port opera terminales en Manzanillo, Veracruz y Lázaro Cárdenas, clave para el comercio transpacífico. La guinda es el mega-puerto de Freeport en Bahamas, a solo 60 millas de la costa de Florida.
Estos puertos no solo impulsan el comercio chino –China ya representa el 30 % del comercio total de la región– sino que responden a un diseño de uso dual (civil-militar), concebido para permitir abastecimiento, Inteligencia, y, en escenarios de crisis, sabotaje o restricciones logísticas.
Infraestructura civil… y algo más
La influencia china no se limita puertos y materias primas. Pekín ha desplegado una red de instalaciones de Inteligencia estratégica, sobre todo de escuchas, en toda la región. En Cuba, complejos como Bejucal, El Salao y Wajay han evolucionado a avanzadas instalaciones SIGINT capaces de interceptar comunicaciones satelitales y datos tácticos.
Pekín ha desplegado una red de instalaciones de Inteligencia estratégica, sobre todo de escuchas, en toda la región
En Argentina, la estación de espacio profundo en Neuquén –nominalmente civil, pero vinculada al Ejército Popular de Liberación– les da acceso a telemetría satelital y actividad electromagnética regional. En Chile, el Observatorio Cerro Ventarrones ofrece vistas similares sobre el Pacífico.
Estas instalaciones no son meras estaciones científicas: son activos estratégicos que permiten recopilar datos sobre enlaces de mando y control estadounidenses, con implicaciones directas para cualquier conflicto futuro.
Trump 2.0: se acabó la fiesta
Nada más llegar, mucho antes del terremoto de Venezuela, Trump desveló su mano. Forzó la venta de los puertos del canal de Panamá (y de otros 23 países) a un consorcio liderado por Black Rock. Incluyó a la estatal COSCO en la lista negra de empresas estratégicas impuso temporalmente cuotas de hasta 1,5 millones de dólares por escala portuaria para buques chinos, integradas después en la negociación general de aranceles.
En el cono sur, condicionó la entrega del swap de 20.000 millones a Javier Milei al bloqueo de proyectos chinos como un telescopio espacial en San Juan, una planta nuclear en Buenos Aires y un contrato para profundizar vías navegables. Y los avisos sobre Groenlandia, que al principio todo el mundo se tomó a guasa, empezaron nada más pisar el Despacho Oval.
Venezuela: donde China apostó fuerte… y puede perderlo todo
Las grandes apuestas de China en el continente desde el comienzo de la BRI han sido Brasil, (100.000 millones), Venezuela, (82.000 millones) y Perú, (28.000 millones). China pretendía asegurarse materias primas de las Américas, combinado con acceso directo al pacífico.
Las distintas administraciones americanas ignoraron durante décadas esta penetración hasta que llegó Trump.
La acción contra Maduro marca la primera vez que Trump añade la amenaza militar explícita a su carcaj de flechas. Muchos todólogos creen que el objetivo es el petróleo. Error. El crudo venezolano es pesado, malo y caro de refinar para una América energéticamente autosuficiente. Lo estratégico son los minerales raros y la recuperación de un país clave para empezar a desmontar el dominó chino construido pacientemente durante veinte años, aprovechando la presencia de administraciones izquierdistas afines.
El crudo venezolano es pesado, malo y caro de refinar para una América energéticamente autosuficiente
La presión sobre Perú se está centrando principalmente en el puerto de Chancay, con amenazas arancelarias. Además, Trump ha ligado la ayuda externa a que Perú empiece a deshacer el entramado minero que ha comprado China en el país.
En el caso brasileiro, las opciones Trump son más limitadas, no solo por el tamaño de la economía brasileña, sino por el hecho de que el corrupto Lula da Silva está utilizando –de manera mucho más exitosa que nuestro Sánchez– su enfrentamiento con Estados Unidos y el consiguiente nacionalismo antiimperalista, como reclamo electoral. Trump está intentando utilizar tanto palos (aranceles intermitentes, aplicación de sanciones a miembros de la corte suprema, etc.) como zanahorias (participación en la iniciativa continental de inteligencia artificial) para separar a Brasil de China. Pero de momento, no parece estar dando resultados. Su apuesta por el exagerado y teatral Bolsonaro le puede salir rana.
Groenlandia: el frente ártico Americano
Guste o no, esta contención hemisférica se extiende al Ártico. Groenlandia, geográficamente norteamericana, es esencial para bloquear el acceso chino al atlántico a través de la ruta ártica. Europa, y en particular Dinamarca, no entendió la dimensión estratégica del problema hasta que ha sido demasiado tarde. Creo que esta es otra de sus bravuconadas que pretende inclinar la pista antes de comenzar el partido de la negociación. Pero no confundan esto con el hecho que la Administración considera el acceso a Groenlandia y su defensa como parte integral de su seguridad nacional.
Si tuviera más tacto, Trump podría haberse asegurado una victoria fácil en Groenlandia. Sus 58.000 habitantes inuit, hartos de ser ciudadanos de segunda en Dinamarca, apoyan, en un 67 %, según las encuestas, la independencia siempre que no afecte su estándar de vida. Con un PIB de 4.700 millones de dólares, el 20 % del cual viene de subvenciones danesas, mantener Groenlandia un año costaría menos que el déficit que acumula el Gobierno americano cada seis horas. Y no hablemos del «precio» que la compra supondría para los inuit. Los estimados medios son que el valor de la isla estaría entre 200.000 y 600.000 millones. Vamos, una media de once millones por habitante.
La Administración considera el acceso a Groenlandia y su defensa como parte integral de su seguridad nacional.
Este en un caso claro donde la brutalidad, la falta de tacto y la arrogancia de Trump parece haberle cerrado las puertas a un botín que habría sido fácilmente obtenible. Aún así, en una reciente encuesta, el 43 % de los inuit sigue viendo su anexión a Estados Unidos como una oportunidad.
Conclusión
La política de Trump en el continente americano no es aleatoria. Puede criticarse su estilo de bully, su falta de tacto y su desprecio por la pedagogía. Incluso puede dudarse la legitimidad bajo el Derecho Internacional de algunas de sus acciones, aunque conviene observar de dónde vienen las voces más alteradas en este departamento, que son las mismas que callan como puertas cuando los Derechos Humanos son violados sistemáticamente por dictadores de su cuerda, (véase Irán estos últimos días).
Al mismo tiempo, las comparaciones con la Doctrina Monroe tienen una aplicación limitada. Tanto la Doctrina Monroe original, como sus versiones de Nixon o de Reagan, fueron siempre revestidas de una justificación moral (independencia, anticomunismo, democracia) que permitía a Estados Unidos justificarse, al menos ante su audiencia doméstica. Trump, Hegseth y Miller han desnudado toda pretensión moral de la doctrina, desnudándola a su esencia: EE. UU. usará su poder para defender lo que percibe como intereses esenciales.
En cierta medida, las actuaciones agresivas de una nación que tiene un Ejército en el que se gasta un billón de dólares al año son la cara fácil de la moneda. Lo complicado será reconstruir el complejo tapiz de alianzas necesario para una estabilidad duradera. Para entonces, Trump será historia. Su sucesor –quienquiera que sea– heredará un statu quo que podrá gestionar con mejores maneras.
Lo indiscutible es que la Administración Trump ha asumido como objetivo central expulsar a China del continente americano para blindar sus cadenas de suministro ante un conflicto que ya no es teórico, sino real y presente. De momento se está expresando en su vertiente económica y comercial.
Si prevalece el sentido común, esta «guerra» quedará circunscrita al entorno económico. Si no, muchos acabarán agradeciendo al monstruo naranja haber cogido al toro por los cuernos.