07 de octubre de 2022

El puntalAntonio Jiménez

Cuerpo a tierra que vienen los nuestros

Si algo no perdonan a un partido sus votantes potenciales y convencidos, son los líos internos que sugieren ambiciones personales y apetencias desmedidas de poder

Del brillante notario, registrador y abogado del Estado, amén de hábil político del tardofranquismo y la Transición, Pío Cabanillas Gallas, se cuentan sucedidos, anécdotas divertidas y lapidarias frases que explican situaciones y estados de animo del pasado con vigencia política actual. Una de las más hilarantes la protagonizó junto a su paisano Manuel Fraga en una recóndita playa gallega a la que habían acudido de manera imprevista para sofocar los rigores del estío. Como no tenían bañador se zambulleron en pelota picada con tan mala pata que irrumpió en el arenal una excursión de colegialas lideradas por unas monjas. Contó Pío Cabanillas que salieron de naja del agua y mientras él se tapaba el rostro, a la carrera, para no ser reconocido, Fraga ocultaba sus partes pudendas con las manos por lo que no dudó en gritarle repetidamente: «La cara, Manolo, la cara». De Pío también se recuerda la frase, políticamente incorrecta estos tiempos: «No sabemos ir de fulanas, siempre nos pillan», con la que quiso expresar la torpeza política y el candor de algunos compañeros y sobre todo la que condensa en siete palabras las luchas intestinas de los partidos o si prefieren, las batallas internas que se libran por el control y el poder orgánico y territorial de las formaciones políticas: «Cuerpo a tierra que vienen los nuestros».
El PP vive una pendencia típica de partido y dos de sus actores principales que gozan de una bien ganada popularidad por sus acertadas gestiones en la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento capitalino, Isabel Diaz Ayuso y José Luis Martínez-Almeida, andan enredados en un conflicto interno que se dilata en el tiempo y contraviene sus intereses políticos y los del líder popular, Pablo Casado. Algunas encuestas atribuyen a la riña un frenazo e incluso un retroceso en las expectativas electorales del PP, hasta situarlo empatado con el PSOE tras haber demarrado con más de 20 escaños de diferencia después de que Ayuso arrasara en las urnas de Madrid. Desconozco el alcance del desgaste y deterioro que esta pelea supone para esas expectativas, pero es razonable pensar que, aunque la sangre no llegue al rio, no las favorece. Si algo no perdonan a un partido sus votantes potenciales y convencidos, son los líos internos que sugieren ambiciones personales y apetencias desmedidas de poder. Y menos cuando irrumpe el «fuego amigo» y se multiplican los problemas generados por los propios dirigentes haciendo buena la frase de Pío Cabanillas.
Es norma habitual en política que cuando el enemigo se equivoca hay que dejarlo hacer y no entretenerle. Y eso hacen felices PSOE y Vox, mientras observan cómo el PP se equivoca con esta gresca que confunde y divide a sus militantes y partidarios ante la tesitura de apoyar a mamá o darle la razón a papá.
El canciller alemán Konrad Adenauer acuñó otro dicho certero y definitorio de las trifulcas internas: «Hay enemigos, enemigos mortales y compañeros de partido», que serían los más letales del escalafón. No es esta la situación de Isabel Díaz Ayuso y José Luis Martínez-Almeida que, además de amigos entre sí y de Pablo Casado, también son compañeros de partido pero en el sentido opuesto al referido por el canciller germano. Los tres están obligados a poner fin cuanto antes a esta trapisonda en un momento en que su obligación y prioridad es la de trabajar en alternativas ideológicas y económicas atractivas y convincentes para los ciudadanos, que hagan frente a las políticas liberticidas e intervencionistas del gobierno Sancheztein
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