19 de agosto de 2022

Perro come perroAntonio R. Naranjo

Chanel

La gran metáfora de los problemas de identidad de España se ha alcanzado enviando a Eurovisión a una señorita que mueve el pompi en spanglish y le pide a 'daddy' que le dé boom boom

Una tal Chanel va a representar a España en Eurovisión, aunque bien podría formar parte del contingente militar ruso para invadir Ucrania, desplegando esa arma de destrucción masiva que es el reguetón.
La canción se llama SloMo y, por no alargarme, es una colección de alegatos al pompi y al papi, con algo de popo y de pipi: el spanglish no es lo mío, pero se entiende lo suficiente como para intuir que allí había poca mano de Góngora y mucho trabajo posterior de fisioterapeutas en la zona coxal.
Nada que decir en términos musicales: uno es un antiguo y puede estar perfectamente equivocado y no entender cómo nadie prefiere ponerse en el Spotify ese a un desgarramantas anunciando que va a darle con todo lo gordo a una colegiala pudiendo ponerse a la Credence diciendo aquello de «Ayer, y los días anteriores, el sol es frío y la lluvia es dura, lo sé, ha sido así toda mi vida».
El derecho a ser un poligonero y a disfrutar con otros poligoneros es sagrado y si hay ministros y ministras que lo ejercen, también puede haber cantantes y espectadores que lo practiquen, aunque ello acerque un poco más el fin de la humanidad e incluso lo haga necesario.
El problema es que eso representa a España en un escaparate internacional en el que ya tenemos un cartel discreto: pedigüeños para los alemanes, vagos para los franceses, inexistentes para los ingleses y traidores para los americanos.
Y que una de las pocas herramientas que tenemos para replicar a tanto prejuicio y alegar que no somos lo que cuentan de nosotros es la lengua y la cultura españolas: si ya las vejamos aquí, dejando que se persiga en Cataluña o se margine en los estudios de historia, podíamos intentar no humillarlas fuera al menos, donde ya se basta sola esa recua de indigenistas, populistas y zánganos varios para comparar a Colón con Hitler y renegar de uno de los más formidables episodios que nunca escribió la humanidad con ese Descubrimiento que dejó un legado de derechos, libertades, cultura y progreso resumido en la adopción natural del español como lengua de 600 millones de personas. 
Los complejos nacionales también explican que Tanxugueiras, un adorable soplo multicultural gallego que demuestra la inexistencia de fronteras internas salvo para quien las quiera levantar, se vieran obligadas a rendir tonta pleitesía al universo inclusivo del zanganismo podemita, pero podemos perdonárselo.
O que la tal Rigoberta Baldini vaya de moderna diciendo algo tan estúpido como que los hombres tenemos miedo a las tetas para honrar al feminismo carca de Irene Montero: Paula, bonita, en lo relativo a las tetas lo que nos atemoriza es no tener contacto con ellas con una frecuencia razonable.
Y más feministas son las gallegas recordando a nuestras madres y abuelas que una Ada Colau en bragas pretendiendo convertir la innegociable apuesta por la igualdad en una guerra de géneros en la que tíos normales aparecemos caricaturizados como orcos y tías pijas como vosotras os hacéis las víctimas mientras pedís sushi para cenar.
Pero la gran metáfora de los problemas de identidad de España se ha alcanzado enviando a Turín a una señorita que canta cosas así, con la exigua compensación de que al menos habrá molestado a todas las niñas de la curva del Gobierno:
«Yo vuelvo loquito a todos los daddies… Yo siempre primera, nunca secondary… Apenas hago doom, doom… Con mi boom, boom… Y le tengo dando zoom, zoom». Por favor, que nos invadan ya los franceses.
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