07 de octubre de 2022

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

La envainada de Sánchez ante Marruecos

Nos puede dar la risa si Argelia, a la que han molestado mucho con lo del Sáhara, empieza a apretarnos con el gas

La lotería geográfica nos pudo haber regalado como vecino del Sur a un país tranquilo, tipo la pacífica Suiza y su reloj de cuco. Pero resulta que nos tocó Marruecos. Los 14 kilómetros de mar que separan España de África suponen la frontera con mayor desigualdad del planeta y un salto cultural y religioso abismal.
El PIB per cápita en Marruecos es de solo 3.000 euros, frente a 27.000 en España. Esa cifra ya lo dice todo. Además, España es todavía una democracia e impera la seguridad jurídica (pese a los crecientes esfuerzos de Sánchez por evitarlo). Mientras que Marruecos cuenta con un sistema de representación tutelado por su Rey, quien mantiene también un desvergonzado entramado extractivo, que lo convierte en el primer empresario y plutócrata del país.
En fecha tan reciente como la primera mitad del siglo XX, parte de Marruecos fue protectorado español. Nuestra historia común está trufada de guerras y jaleos. El pasado verano conmemoramos los cien años del Desastre de Annual, trágico fiasco que puso en el diván a la España de 1921 (aunque en Marruecos también se han firmado páginas triunfales de los ejércitos españoles). Existen incluso heridas cercanas y tremendas, sobre las que hemos preferido correr un velo de indulgencia: la mayoría de los terroristas del atentado de los trenes de Atocha eran marroquíes. Por último, en España viven hoy casi un millón de personas llegadas de Marruecos.
Una falla cultural y económica tan grande como la del Estrecho obliga a España a un delicado y permanente ejercicio de diplomacia. El Rey Juan Carlos supo manejar con maestría a Hasán II. Los sucesivos presidentes de la democracia han cuidado la relación con el vecino sureño. El primer viaje oficial de todos ellos fue siempre a Marruecos, como gesto de deferencia. Hasta que llegó Sánchez, a quien le pareció más glamuroso irse al Elíseo, a posar con Macron para su álbum de Instagram.
Ocupado en sus fruslerías doctrinarias y con una pésima ministra de Exteriores, Sánchez descuidó la relación con Marruecos. Con torpeza miope, en abril del año pasado acogió en España de tapadillo a Ghali, líder del Polisario y archienemigo de Marruecos (un juez acaba de ratificar que aquella operación fue dirigida por el propio presidente español). El sátrapa alauita reaccionó con su mal estilo habitual: abrió sus fronteras con las plazas españolas y manipuló a sus ciudadanos, empujándolos masivamente hacia Ceuta y Melilla. Además, suspendió la operación Paso del Estrecho y retiró a su embajadora en Madrid.
En medio de todo aquel jaleo, Argelia, enfrentada a Marruecos con encono por el Sahara Occidental, cerró su gaseoducto que llegaba a España a través del Reino Alauita. Huelga decir que durante toda esta crisis el rey sol del progresismo, Sánchez I, ha desdeñado de plano la posibilidad de recurrir a nuestra Corona para que dulcificase la relación con Marruecos, cuando en el pasado esa labor de intermediación había dado buenos resultados.
Sánchez se cubrió de gloria con la operación Ghali y hubo de cesar a Laya, su patosa ministra de Exteriores. Pero no sirvió para satisfacer a Marruecos. Así que ahora da una larga cambiada diplomática. Aprovechando que todas las miradas están en Ucrania, trata de arreglar el desaguisado, aceptando súbitamente las tesis de Marruecos para hacerse con el Sáhara. Rompe así con la posición española que habían respetado sus predecesores. De paso, intenta recomponer su pésima relación con Estados Unidos, potencia que desde la etapa de Trump apoya la postura de Marruecos para el Sahara. Toda esta envainada ha sido ejecutada al estilo marrullero de la casa, por supuesto: de espaldas a la oposición, sin consultar con la gente que sabe y permitiendo que fuese el Reino de Marruecos el que diese la noticia de nuestra rectificación diplomática.
Este repentino ejercicio de realpolitik de Sánchez conlleva dos riesgos evidentes, en los que no parece haber reparado:
1.- Mohamed VI percibe a las claras que si presionas un poco a España acabas recogiendo frutos. Visto lo fácil que se arrugan los actuales gobernantes «progresistas» españoles, ¿por qué no forzar con el tiempo otra vuelta de tuerca que permita atacar el premio gordo: Ceuta y Melilla (o incluso Canarias)?
2.-Argelia, de quien importamos entre el 25 % y el 40 % del gas que consumimos en España, calificó este sábado de «traición histórica» al pueblo saharaui el cambio de postura del Gobierno español y ha llamado a consultas a su embajador en Madrid. Solo unas horas antes, el ministro Albares, ese nuevo Metternich de la alta diplomacia europea, al que mis admirados Ussía y Pérez-Maura apodan por sus ínfulas «Napoleonchu», se jactaba de que las relaciones con Argelia eran espléndidas, «muy fluidas», y no pasaría nada por tocarles la zanfoña en el Sáhara de esta manera.
Resumen: al aprendiz de brujo se le ha vuelto a romper la probeta en su laboratorio de la Señorita Pepis de la Moncloa.
Se necesita otro Gobierno con urgencia. Esta gente simplemente no sabe.
(PD: cómo será la chapuza diplomática de Sánchez que hasta le ha propinado una colleja editorial el «periódico global», el diario que rema a su favor, el que apoyó el indulto a los golpistas catalanes y calla ante el pasteleo con Bildu y la incompetencia económica).
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