04 de julio de 2022

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Florentino, el niño de la perfumería Shangai

En la segunda mitad del siglo XX el ascensor social funcionó extraordinariamente bien en España y surgió una generación de ganadores

Ahora mismo solo hay dos personajes madrileños que si entran en un café provocan al segundo un revuelo de admiración y se ven cercados por un corrillo de espontáneos solicitándoles «un selfi». Curiosamente, ninguno de los dos es cantante o actor, o un famosete televisivo al uso. Se trata de una política de 43 años, de cara guapa y con un tirón popular que creíamos reservado a las estrellas del pop, y de un empresario de aspecto corriente, de 75 años y corbata y americanas reglamentarias, siempre de color azul. Ambos son castizos de Chamberí. «Más chulos que un ocho», que apuntarían los madrileños gatos de antaño.
El empresario tiene una faz alargada de mandíbula cuadrada, nariz un poco aplanada, como de boxeador veterano; ojos vivaces tras unas gafas livianas y una sonrisa entre cautelosa e irónica. Su soniquete de voz es inconfundible. En un labio luce todavía una pequeña cicatriz, que le recuerda una caída a los cinco años por las gradas del Bernabéu, la catedral de su pasión, donde se sienta con carné de socio desde los 14 años.
Nació en la calle Hortaleza, universo de su infancia, en un momento en que las estrecheces de la posguerra todavía arañaban, aunque en su casa las cosas rodaban bien. Era el hijo mediano de Soledad y Eduardo, padres de cinco hijos, tres niños y dos niñas. Clase media esforzada, siempre tirando hacia arriba, pero poco a poco y a golpe de una laboriosidad infatigable. El padre era el dueño de dos perfumerías de nombre exótico (Shangai) y además presidía la cooperativa de perfumerías y limpieza. Futbolero, a veces viajaba por Europa para ver los partidos internacionales del Real Madrid. De una eliminatoria en Alemania regresó con un enorme televisor Grundig, para asombro de los vecinos del piso donde vivían.
El chaval estudiaba en el colegio católico San Antón. Resolvía los cursos sin brillo. También sin mayor esfuerzo. Lo recuerdan como un niño estable, de personalidad sólida, fascinado con el cine y enormemente competitivo: quería ganar hasta en el día del Domund, intentando que su grupo fuese el que más recaudaba de todo el colegio.
A partir de finales de los años cincuenta del siglo pasado, España comenzó a dar un estirón de progreso. El ascensor social funcionó extraordinariamente bien en aquellas décadas (lo que no se puede reconocer hoy en los manuales de Historia, pues está prohibido por una ley aberrante). La familia del muchacho avanzó con el país. Se mudaron a Chamberí, a una vivienda mejor. También compraron un chalecito en Ciudad Lineal, hoy un barrio más de Madrid, pero que entonces parecía un destino alejado, hasta el punto de que era el lugar del veraneo familiar. Allí vivió el chaval su primer flirteo, con una niña americana, hija de un militar de la base de Torrejón.
Todos los hermanos lograron completar carreras universitarias. El chico, de buena cabeza, se convirtió en ingeniero de caminos. Luego entró en política en las filas de la UCD y fue concejal en el primer Gobierno municipal de Madrid con la democracia. Todavía tendría una segunda veleidad política en los ochenta, cuando se enroló en la llamada «Operación Roca», un intento de fundar una derecha tranquila y reformista que acabó en castañazo absoluto. Fue el último fracaso de su vida, aunque no su último disgusto. En 2012 llegó el peor trago, murió Pitina, su mujer, tras cuarenta años juntos. Ella tenía solo 62 años y a él le cayó encima un pesado vacío. Lo sobrellevó con la única receta que le enseñaron sus padres: trabajando.
Aquel niño de la calle Hortaleza ha conseguido unas cuantas cosas. Preside desde 1993 una empresa que es una de las mayores constructoras del mundo, con cerca de 200.000 empleados y una facturación de cien millones al día. Se hizo cargo de un club de fútbol de gran nombre, enorme solera… y unas cuentas que metían bastante miedo. Lo ha convertido en el más rico y exitoso del planeta, con una colección de copas, nuevas áreas de ingreso y un estadio que va a ser una obra de ingeniería que cambiará en cierto modo el pulso de la capital de España. Por supuesto no es el «ser superior» que ensalzó uno de sus pelotas de cámara. Arrastra sus defectos, como todo el mundo (por ejemplo, no soporta la crítica, ni siquiera la razonada y cierta). Pero en el balance imperan las virtudes. Lleva una vida normal, de orden y trabajo de sol a sol, pese a ser uno de los quince españoles más ricos. No se le ha subido el pavo, ni con la pasta ni con el aplauso popular, ni con el mando. Conserva todavía algún rescoldo de aquella pillería callejera del niño de Chueca que fue. Sabe darle una patada en el culo a tiempo a un astro de la pelota cuando se ha convertido en un gili que ya no rinde. Sabe ver un negocio, y también lo que a veces es todavía más difícil: evitar meter la zueca. Además se atreve a leer el futuro, como cuando montó una ciudad deportiva de película en un secarral de las afueras de Madrid.
La generación de nuestros padres y abuelos, esa que algunos llaman «la generación de pana», cambió para bien la faz de España. Lo hizo con estoicismo, trabajo y afán de superación. Tuve una vez un jefe oficinista con vocación de gacetillero que era patológicamente «antiflorentinista», una extraña obsesión que expresaba con una gesticulación tan enardecida que aquello parecía a ratos una película de Hannibal Lecter. Mucho me temo que estoy en la tesis contraria. A las personas hay que medirlas por sus resultados, y no por sus pamplinas. Y al personaje del que hablo no hay quien le tosa en lo suyo. Listo y currante. Una fórmula que normalmente no falla, pero que no es la que se estila en esta España de la igualación a la baja, el culto a la mediocridad y el resentimiento cebado de envidia.
(PD: ¿Puede haber mayor felicidad para todo español que ver la cara avinagrada de Pepe Guardiola en la noche del miércoles en el Bernabéu? Yo soy del Dépor, qué le vamos a hacer... Pero gracias, tío Flo).
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