04 de julio de 2022

Aire libreIgnacio Sánchez Cámara

La campaña

Constituye una triste paradoja que el Rey de la reconciliación y la concordia se haya visto obligado a marcharse de España

El viaje de Juan Carlos I a España ha reavivado la campaña contra él y, en general, contra la Monarquía. Los errores cometidos, algunos graves, no justifican el rechazo general de su reinado ni, por supuesto, las falsas imputaciones. Estos errores no afectan sólo a la vida privada y, además, la ejemplaridad de los personajes públicos ha de ser general. No obstante, nunca conviene olvidar uno de los más memorables pasajes del Evangelio: la adúltera perdonada. Sobre todo, antes de lanzar piedras hay que contemplar la propia conciencia.
No estamos ante un caso de reclamación de conductas transparentes o morales, sino ante una campaña que, aprovechando los errores, persigue la impugnación de la institución monárquica. No es extraño que la mayoría de sus promotores sean quienes rechazan la Transición, la concordia y la democracia. Es natural que dirijan su mirada hacia el jefe del Estado que encabezó ese proceso. Saben que, en el fondo, la Monarquía es quizá el último baluarte que se opone a su voluntad de acabar con la libertad y la concordia nacional. El reinado de Juan Carlos I será recordado como una de las mejores etapas de nuestra historia. Era otro Partido Comunista y otro PSOE. Incluso muchos nacionalistas eran diferentes a los actuales. El actual empeño destructor no sería ni siquiera pensable si no le hubiera precedido una campaña de tergiversación de nuestra historia, especialmente la más reciente. Los enemigos de Juan Carlos I son los enemigos de la Transición. Una mezcla de neocomunistas bolivarianos, separatistas, comunistas, socialistas descarriados y etarras se erigen en representantes de lo que aspiran a destruir: la democracia. La verdad es que con estos enemigos y la ejemplaridad del reinado de Felipe VI y el cumplimiento de sus deberes constitucionales, la Monarquía tiene asegurada una larga vida en España.
Constituye una triste paradoja que el Rey de la reconciliación y la concordia se haya visto obligado a marcharse de España. Tampoco el destino elegido ha sido el ideal. Su padre tuvo mejor criterio. No comparto la tesis de que los vicios privados generen públicas virtudes. Es cierto que algunos de los más grandes políticos del pasado no fueron hombres moralmente ejemplares. No parece que lo fueran César, Napoleón o Mirabeau, entre otros. Pero tampoco me parece correcta la tesis que cabría resumir así: Gestiona bien y haz lo que quieras.
Desde 1808 al menos, España apenas había disfrutado de algún período estable de concordia y libertad hasta el reinado de Juan Carlos I. Esto es lo que recordará la Historia, más allá de errores. Esto es lo que un puñado de irresponsable quiere romper. No soportan que pudiera realizarse un acuerdo histórico entre los sectores reformistas del franquismo y los partidos de la oposición democrática. Aspiran a conseguir la victoria que no llegaron a alcanzar. En realidad, a lo que están jugando es a una especie de guerra civil incruenta, cuya victoria les corresponderá a ellos. Por eso no soportan la Monarquía, la Constitución, la reconciliación, la libertad y la concordia. Ni, en definitiva, la democracia. Para ellos la reconciliación consiste en eliminar legalmente al adversario. Toda oposición a ellos será ilegítima. Pero se encuentran con una poco superable dificultad. Media España no parece dispuesta a su eliminación de la vida pública. Y quizá una parte de la otra mitad tampoco lo quiera. Hay profesores de democracia que si no fuera por los efectos devastadores que podrían producir, darían más bien risa y pena. La Constitución contó con un apoyo popular apabullante. Puede ciertamente reformarse, ya lo ha sido, pero sería deseable que la eventual reforma contara con un apoyo semejante, y jurídicamente necesario que cumpliera los requisitos legales para hacerlo. La pieza que se quiere cobrar no es el Rey emérito, sino la libertad y la concordia.
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