16 de agosto de 2022

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

¿En qué consiste hoy ser español?

A pesar de los esfuerzos políticos en contra, en España se mantienen unos lazos comunes todavía fuertes, pero, ¿por cuánto tiempo?

Mi mujer es de San Sebastián y yo de La Coruña. Nos presentaron un mediodía de 1986, en la puerta del Edificio Central de la Universidad de Navarra. Sucumbí deslumbrado al minuto de conocerla (aunque me temo que el efecto inverso hubo que trabajarlo un poco más…). En cuanto empezamos a salir juntos imperó entre nosotros una familiaridad absoluta, un fácil entendimiento. ¿Por qué? Pues porque aunque procedíamos de esquinas diferentes y lejanas de la Península Ibérica, ambos éramos españoles. Es decir: compartíamos una lengua, una cultura, unos recuerdos, una educación… Si hubiese salido con una chica de Valença do Minho, la localidad portuguesa que mira a España desde la otra orilla del río, no habría existido para nada esa comunión espontánea. Aún estando geográficamente más próximos, nos distanciarían el idioma, las referencias… hasta los gustos culinarios.
Hoy la mayoría de los políticos españoles son «apparatchiks» de magra formación y sin apenas experiencia profesional, que simplemente han trepado en su partido. No siempre fue así. Hubo un tiempo en que los ministros leían, y hasta recomendaban libros. A finales del siglo XX, el ministro de Sanidad de entonces, José Manuel Romay, acudió a una entrevista en el periódico de Madrid donde yo trabajaba y me regaló un librito extraordinario: «Naciones y nacionalismo». Gracias a aquel obsequio descubrí a su autor, el filósofo y sociólogo Ernest Gellner, un judío checo que fue uno de los más importantes teóricos sobre el nacionalismo.
Gellner, cuya familia escapó rumbo a Inglaterra huyendo de los nazis cuando él tenía 13 años, detestaba los sistemas cerrados y fue un formidable detractor del psicoanálisis y el comunismo. Sobre las naciones, su tesis es que no son entidades atávicas e inevitables, cuya raíz se pierde en la noche de los tiempos, sino creaciones del nacionalismo. Su diagnóstico me hizo feliz, pues coincidía con lo que yo sospechaba, aunque desde mi pequeñez intelectual era incapaz de articularlo. Para Gellner, «el nacionalismo engendra la nación», que se sostiene sobre tres pilares: cultura, Estado y voluntad (la adhesión voluntaria; la lealtad e identificación con la patria común).
«Las naciones no son algo ineludible históricamente. Ni los estados nacionales son un destino final manifiesto», explica el sabio, fallecido en Praga en 1995. Para crear una nación es un requisito indispensable promover una unidad cultural («una cultura desarrollada estatalizada, homogénea y centralizada, que penetra en poblaciones enteras»). ¿Y cuál es la palanca decisiva para hacer eso? Pues resulta evidente: «la educación».
«El nacionalismo engendra las naciones, no a la inversa», advierte el gran pensador liberal, que entendió el atractivo emocional y la fuerza del fenómeno nacionalista. La nación incluso se puede ir inventando sobre la marcha, como está sucediendo ahora mismo ante nuestros ojos en algunas regiones españolas: «Es posible que se hagan revivir lenguas muertas, que se inventen tradiciones y que se restauren esencias totalmente ficticias», advertía Gellner de manera visionaria.
Los estudiosos de su obra señalan que para crear y mantener una nación se necesita lo siguiente: un sistema educativo compartido, una homogeneización cultural, un control central de la política, una estandarización lingüística y una similitud cultural.
Y aquí llegamos a la gran pregunta: ¿En qué consiste hoy ser español? Pues evidentemente en compartir mucho de todo lo anterior. Consiste en formar parte de «una unidad con la que el hombre se identifica», que decía Gellner. Tal unidad en nuestro caso se llama desde hace siglos y se sigue llamando España. Si existe esa nación es porque nuestros antepasados trabajaron muy activamente para forjarla. Implantaron una fuerte cultura común -en la que jugaron un rol vital el idioma español y la fe y el pensamiento católicos-, que fue propagada a través de la educación. Además, con el tiempo se fueron incorporando mitos e ídolos nacionales, historias compartidas, hábitos generalizados… El resultado de toda esa obra secular es que hoy hasta los que no quieren ser españoles -tipo los separatistas vascos y catalanes- rezuman españolidad por los cuatro costados (ya me dirán en qué se diferencia Rufián de un macarrete arrabalero de Madrid o de Badajoz).
El problema de España, lo que hoy amenaza su pervivencia, es que ese trabajo unificador del nacionalismo español se encuentra ahora mismo en barbecho. El último que trabajó con ahínco en fomentar la idea común de España fue Franco, aunque resulte políticamente incorrecto decirlo. En la Transición se cometió un error gravísimo: entregar la manija de la educación a las regiones, rompiendo el corpus común. El resultado es que hoy las comunidades más desleales han convertido las aulas en púlpitos donde se predica contra la cultura común española. Si se añade que la izquierda tampoco cree realmente en España y rechaza su historia, sus mitos y los ídolos nacionales; el resultado es que la existencia de España como tal tiene un futuro inquietante a medio plazo. Una lástima, porque con todos sus defectos, en este caso la obra de siglos ha construido un país extraordinario.
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