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18 de abril de 2024

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Barcelona 92 y la plomada victimista

Resulta curioso, y algo cargante, que la región más primada por el Estado desde finales del XVIII sea la que más se queja

Actualizada 11:48

Se cumplen treinta años de Barcelona 92, los sensacionales juegos olímpicos que permitieron remozar la ciudad, abrirla al mar, guapearla y convertirla en un destino de moda universal. Se vivió como un gran proyecto nacional, que concitó la ilusión de todos los españoles y en el que se volcaron las autoridades del Estado. La aventura comienza en 1981, cuando el Ayuntamiento de Barcelona aprueba presentar la candidatura. Lo primero que hace el alcalde de entonces, el socialista Narcís Serra, es buscar el apoyo del Rey y del Gobierno. Tanto Juan Carlos I como González, que llega al poder al año siguiente, recogen el guante y respaldan la idea con gran convicción y medios. Y es que Barcelona 92 suponía una inmemorable tarjeta de presentación para contar al mundo el estirón de España.
El reto se saldó con enorme éxito, tanto de imagen como deportivo (22 medallas para España, con el hoy Rey Felipe VI como abanderado). Sin duda resultó clave la figura de Samaranch, el barcelonés que presidía el COI, y la buena labor de las autoridades locales. Pero no nos engañemos: aquello fue el triunfo de todo un país, España, que apostó por la que entonces era su región más próspera y moderna (la misma que a comienzos del siglo XXI optó por pegarse un tiro en el pie con una gañanada xenófoba).
Es curioso que la región más beneficiada por el Estado desde finales del XVIII sea precisamente donde más ha cuajado el victimismo nacionalista. Cataluña, y deberíamos repetirlo más, ha tenido una auténtica bicoca con España.
Hace unas semanas, este periódico recordaba los datos del censo de Floridablanca de 1787. Andalucía tenía 1,8 millones de habitantes; lo que hoy es Castilla y León,1,5; Galicia, 1,3 millones. Cataluña no llegaba al millón (886.624). La provincia más poblada de España era la de La Coruña. ¿Cómo es que de repente comienza una emigración masiva desde otras regiones hacia Cataluña? ¿Acaso les ha dado a todos por irse a remojar los pies al hermoso Mediterráneo? No. La razón es que en Cataluña despega merced a un acto de favoritismo del Gobierno de la nación, que le otorga la inmensa ventaja del monopolio de la industria del algodón. Ahí se inicia el milagro catalán, sin duda bien trabajado luego por un empresariado laborioso, precavido y astuto.
Henri Beyle, conocido por su seudónimo literario, Stendhal, fue militar y funcionario en el imperio napoleónico y uno de los viajeros más perspicaces de su tiempo. Cuando pasa por España se queda flipado ante el chollo de Cataluña con el monopolio textil y así lo consigna: «Los catalanes quieren leyes justas, a excepción de la ley de aduana, que debe ser hecha a su medida. Quieren que cada español que necesite algodón pague cuatro francos la vara, por el hecho de que Cataluña está en el mundo. El español de Granada, de Málaga o de La Coruña no puede comprar paños de algodón ingleses, que son excelentes, y que cuestan un franco la vara».
¿Cataluña maltratada? La primera línea férrea en España fue la Barcelona-Mataró de 1848 (el tren llegará a Galicia 37 años después; y hoy asturianos, extremeños o vascos todavía esperan un AVE de verdad, mientras Cataluña fue la primera comunidad en ver todas sus capitales conectadas por ese servicio). La Sociedad Española de Electricidad, primera empresa de fluido eléctrico para los consumidores, arrancó en 1881 ¿En Valencia? ¿Madrid? ¿Sería en Zaragoza? No, en Barcelona. La primera ciudad española con alumbrado eléctrico fue Gerona, en 1886.
El franquismo mantuvo la misma filosofía de favorecer a Cataluña. En 1943, Franco fija por decreto que solo Barcelona y Valencia podrán organizar ferias internacionales. Disfrutarán de ese monopolio durante 36 años. Cataluña también es la elegida para ubicar la gran fábrica de coches de la marca española Seat. Las primeras autopistas en España fueron las catalanas. «¡De peaje!», clamará raudo el victimismo separatista. Pues sí, como en otras regiones españolas… con la diferencia de que en ellas las disfrutaron dos décadas más tarde. En los años noventa, González acepta un dibujo que convierte a Cataluña en dueña del bocado mollar del sector energético español.
La financiación autonómica hoy en vigor no fue una malvada imposición de los murcianos y los maragatos al perseguido pueblo catalán. No, no: la cerró Zapatero al dictado de Artur Mas. Cataluña ha sido rescatada por el Estado en este siglo, cuando el desvarío manirroto de sus autoridades había convertido su bono en basura imposible de colocar. Los sucesivos ministros de obras públicas la han primado una y otra vez, como pago al apoyo en el Congreso de los partidos bisagra nacionalistas. Cataluña goza hoy de una insólita mesa bilateral con el Gobierno de España, un trato inaudito, como si estuviesen negociando dos estados de igual a igual. A las autoridades catalanas se les permite que se fumen la ley que nos obliga a todos si no les agrada (véase los indultos tras el golpe sedicioso de 2017, o lo ocurrido con las fianzas del Tribunal de Cuentas, o lo que ha pasado con la sentencia del 25 por ciento de español).
Queridos compatriotas catalanes, permitidme la incorrección de la franqueza: habéis sido los niños bonitos de España, y no lo vemos mal, porque a cambio con vuestro trabajo, talento y buen juicio aportasteis riqueza, modernidad y oportunidades a todo el país (hasta que decidisteis elegir la senda regresiva del nacionalismo provinciano para poner palos en vuestras propias ruedas). Así que, por favor, a ver si nos relajamos un poco y vamos aparcando la milonga victimista.
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