25 de septiembre de 2022

HorizonteRamón Pérez-Maura

La espada de Bolívar

La imagen de Don Felipe (dos metros de alto) agachándose desde el estrado en el que estaba para dar la mano al presidente Petro (apenas 1,67) fue interpretada como una forma de humillación al Rey. Humillación celebrada

El Rey de España tuvo que soportar en Bogotá el pasado domingo una nueva serie de gestos inamistosos por parte de sus anfitriones. Es realmente notable el que cada vez que va a la posesión de un presidente afín a algunos miembros del Gobierno español, tenga que aguantar ofensas a España. Porque quien pretende ofender al Rey, ofende a España.
En el traspaso el domingo entre Iván Duque y Gustavo Petro se generó una polémica porque el nuevo presidente, con un gesto de perfecto populista, quiso tener presidiendo el acto a la espada de Simón Bolívar que se guarda en la Casa de Nariño, el palacio presidencial colombiano. Como es lógico, el presidente saliente no dio el permiso para mover de su sitio la espada que es una pieza histórica de enorme valor simbólico y no se puede utilizar al antojo de nadie. Ni siquiera del presidente. Así las cosas, la primera orden presidencial de Petro fue que se trajese la espada a su presencia para pronunciar el discurso ante ella. Es decir, igualito que Hugo Chávez, que estaba a todas horas con la espada de Bolívar. Otra espada, claro, porque el libertador tuvo más de una.
La espada que guarda la Presidencia colombiana tiene un valor especial para Petro porque fue robada en 1974 por el M-19, el grupo guerrillero al que perteneció el propio Petro. Y después estuvo en diversos lugares hasta que Fidel Castro se la entregó al jefe del M-19, Antonio Navarro Wolf, quien se la devolvió al entonces presidente de la República, César Gaviria.
Huelga decir que hay un evidente simbolismo antiespañol en la invocación de la espada de Bolívar y así lo ha interpretado buena parte de la opinión pública colombiana. En el entorno de Petro, la inquina hacia el Rey de España se hizo evidente en las redes. La imagen de Don Felipe (casi dos metros de alto) agachándose desde el estrado en el que estaba para dar la mano al presidente Petro (apenas 1,67) fue interpretada como una forma de humillación al Rey. Humillación celebrada. Por ejemplo, el periodista Nacho Gómez, estrecho colaborador de Daniel Coronell, representante de la izquierda mediática colombiana, publicó en su cuenta de Twitter @NachoGomex las imágenes del saludo con el comentario «El 'Rey' de España aprende a incarse frente a la democracia. Esperamos 500 años». Esperemos también que este periodista no tarde otros 500 años en aprender ortografía y llegue a escribir correctamente «hincarse».
Polémica que se ha prologado con el video en el que se ve cómo el Rey, a diferencia de los presidentes bolivarianos que asistieron, no se levantó al paso de la espada. Huelga decir que la espada no es un símbolo institucional nacional de Colombia. Y que en este caso, se estaba empleando como forma de enfrentamiento político entre el presidente Petro y el ex presidente Duque. Así que, el acierto del Rey al no meterse en política doméstica colombiana fue absoluto.
Pero lo más preocupante, a mi modo de ver y según cuentan asistentes al acto, fue el abucheo al Rey por parte de algunos petristas asistentes. ¿Qué necesidad había de obligar al Rey a ir a un acto así? Un acto en el que se han negado a participar varios expresidentes colombianos, rompiendo una tradición de que al traspaso de poderes, cada cuatro años el 7 de agosto a las tres de la tarde, asisten todos los predecesores vivos. Ya el 28 de julio Andrés Pastrana anunció a Petro en una carta que le envió que no asistiría a su posesión «por razón de las insalvables diferencias éticas y políticas que nos separan». Más claro, imposible. Posteriormente Álvaro Uribe también anunció su no asistencia. Y, por cierto, cuando hablan de que Gustavo Petro es el primer presidente de izquierda de Colombia, mienten sin pudor. Ahora va a resultar que Ernesto Samper Pizano, presidente entre 1994 y 1998 era un hombre de derecha. Será por eso por lo que lo nombraron después secretario general de Unasur, la organización fundada por Néstor Kirchner como alternativa a la OEA.
Lo que a mí me gustaría saber, finalmente, es qué hizo en Bogotá José Manuel Albares, Napoleonchu, acompañando al Rey. Se ha apresurado a publicar en la cuenta de Twitter del Ministerio la Orden de San Carlos que le ha sido otorgada. Si de verdad supiera lo que es un ministro de jornada que acompaña al Rey, lo que tendría que haber hecho Napoleonchu es devolver la orden y exigir al Gobierno colombiano disculpas al Monarca. Pero esa parte del temario de la carrera diplomática se lo debió saltar.
Comentarios

Más de Ramón Pérez-Maura

perezmaura
  • Paloma O'Shea

  • Revilla, el iluminado

  • Otra ocurrencia de Sánchez

  • Dos años de exilio

  • Un asesino menos

  • Últimas opiniones

    tracking