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21 de mayo de 2024

El observadorFlorentino Portero

Lo que no puede ser…

No tenemos derecho a dejarnos llevar por ensueños adolescentes. Vivimos «tiempos recios» que exigen dirigentes maduros y comprometidos, en Estados Unidos y aquí

Actualizada 01:30

Los norteamericanos están hartos de intervenir en todo el planeta con costes elevados, en vidas y hacienda, y logros limitados. Sus políticos escuchan el clamor popular y asumen compromisos al gusto del consumidor. Es la democracia. Desde que comencé mis estudios de historia, hace exactamente cincuenta años, me ha obsesionado la figura de Felipe II, heredero de un imperio inabarcable y forzado a afrontar crisis sin opción al descanso. Eran otros tiempos. En esta etapa postmoderna, donde todo es voluntarismo y sentimiento, donde tenemos derecho a amoldar la realidad a nuestros caprichos, los ciudadanos de ese gran país han concluido que se puede ser gran potencia, con todos los beneficios que ello implica, sin complicarse la vida inmiscuyéndose en los asuntos de otros. Como señaló el gran Rafael Guerra «Guerrita», con insuperable precisión semántica y conceptual «lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible».
Si Estados Unidos quiere ser la gran potencia de la Revolución Digital, como lo viene siendo desde principios del siglo XX, tendrá que asegurarse las cadenas de aprovisionamiento y las de distribución, porque de poco vale innovar y generar patentes si faltan materiales básicos para fabricar los nuevos productos o no se puede acceder a los mercados globales para poder venderlos. Esas cadenas no están garantizadas, hay que ganárselas por medio de una diplomacia inteligente. El sueño del «America first» fue una ilusión en el período de entreguerras, como lo vuelve a ser ahora.
Trump quiere ceder la carta ucraniana para reconstruir la relación con Rusia y romper su vínculo con China. Es una vana ilusión. De hacerlo, Rusia continuaría avanzando en su objetivo de recuperar los territorios que conformaron el imperio zarista, mantendría su relación con China para acabar de minar el «orden liberal» y asistiríamos a la descomposición de la Alianza Atlántica y a la crisis de la Unión Europea, entonces mucho más expuesta a la atracción gravitacional de China. Todo ello sería finalmente un desastre para Estados Unidos.
Trump tiene toda la razón en criticar a Biden por su penosa diplomacia en Oriente Medio, tensionando irresponsablemente la relación con los estados amigos –Arabia Saudí e Israel– y mostrando una debilidad suicida con Irán. El régimen de los ayatolás, que cada día lo es más de la Guardia Revolucionaria, mide sus pasos aprovechando la inconsistencia y el retraimiento de las élites washingtonianas. No habría movido ficha en Gaza si hubiera considerado que el coste iba a ser demasiado alto. Jomeini estableció el principio de que la pervivencia de la revolución pasaba por acabar con la influencia occidental en la región, destruir Israel y consolidar la hegemonía del chiísmo persa. Sin embargo, la gestión de esas políticas debía supeditarse en el corto plazo a la seguridad del propio régimen. Se avanza paso a paso y por entidades interpuestas, evitando correr riesgos innecesarios. No es posible entenderse con Irán, pero sí disuadirlo.
En política el vacío es imposible. El espacio que Estados Unidos abandone lo va a ocupar otro, que no será Europa, dedicada a legislar y a dar lecciones. Durante un tiempo los dirigentes norteamericanos tuvieron muy presentes las enseñanzas derivadas de la I y la II guerras mundiales. De ahí que trataran de evitar aquellos procesos que pudieran abocar a un nuevo conflicto global. El viejo y enraizado aislacionismo dio paso a una diplomacia intensiva, comprometida con la consolidación del «orden liberal», marco de nuestro común desarrollo y bienestar. El aislacionismo o el retraimiento implicará que China y sus compañeros de viaje ganen un terreno que, a la postre, tendrá consecuencias desastrosas para nuestra seguridad y economía.
Lo fácil para un político es dejarse llevar por las querencias populares. Lo responsable es explicar la realidad en toda su complejidad y proponer alternativas viables para garantizar la seguridad y el bienestar. No tenemos derecho a dejarnos llevar por ensueños adolescentes. Vivimos «tiempos recios» que exigen dirigentes maduros y comprometidos, en Estados Unidos y aquí.
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