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15 de junio de 2024

El observadorFlorentino Portero

Reforma o tragedia

El Partido Socialista ha traicionado al sistema político del 78 como en su momento hizo con la II República. Es un error personalizar las responsabilidades

Actualizada 01:30

Nos lo han contado por activa y por pasiva, estamos viviendo un cambio de época y eso supone nuevas mentalidades; avances importantes en la física y en la ingeniería que provocan maneras alternativas de producir; nuevas formas de organización corporativa, que llevan a inevitables trasformaciones en la estructura social. Todo lo anterior aboca inexorablemente a modificaciones sustanciales en los sistemas políticos, que no son otra cosa que el traje sastre del que se dota una sociedad para resolver su convivencia. De la misma manera que ocurre en la a menudo lamentable relación de nuestro cuerpo con nuestra ropa, si una sociedad cambia tendrá que adaptar su sistema político a su nueva realidad.

Los cambios de época desconciertan a las grandes formaciones políticas, presas de un pasado más o menos exitoso y renuentes a modificar su estrategia. La política es un mercado, como el de las alcachofas o los automóviles. La fidelidad a una marca es relativa. Si ésta no se adapta a nuestras nuevas necesidades, objetivas o subjetivas, elegiremos otra. Si nos detenemos a observar qué ha pasado en Francia o en Italia con los partidos que durante años asumieron las máximas responsabilidades, podremos constatar hasta qué punto los ciudadanos hacen uso de su libertad para comunicar sus intereses, prejuicios, sentimientos, frustraciones, objetivos… llevándose por delante a sólidas formaciones políticas. Los partidos, como las fábricas de automóviles, o son capaces de escuchar y adaptarse desde su identidad o perderán relevancia hasta el punto de desaparecer. El mercado es el mejor sistema conocido. Nos permite ejercer nuestra libertad y envía al basurero de la historia todo lo que resulta inútil.

Surgen nuevas formaciones políticas a la derecha, a la izquierda e incluso en el centro. Son expresiones de la creciente insatisfacción entre los ciudadanos. Lo vimos antes de ayer en Portugal, con el impresionante ascenso de Chega, que ha alcanzado un 18,25 por ciento de los sufragios. No es mi intención entrar en el debate sobre si es o no populista, si es derecha extrema o extrema derecha… lo reseñable es que está canalizando unos sentimientos de frustración. Si las viejas formaciones hacen una lectura correcta de esos votos y son capaces de modificar sus políticas, hasta el punto de recuperar la confianza de esos ciudadanos, estarán cumpliendo con su misión constitucional y gozarán de las mieles del poder. En caso contrario, serán sustituidas por otras nuevas, mostrando una vez más la virtualidad del mercado y, consiguientemente, de los sistemas políticos democráticos, siempre abiertos a la regeneración.

Sin embargo, de nada vale el mercado o la democracia cuando conscientemente se viola el acuerdo de convivencia, que no otra cosa es una constitución. Entonces nos hallamos ante un proceso revolucionario, con todo lo que ello implica. Ese es, lamentablemente, el caso español. Nuestro problema no radica en la aparición de nuevas fuerzas políticas, que el sistema ha ido incorporando o fagocitando, sino en el abandono de los términos establecidos en 1978 por un conjunto de partidos políticos. Cuando se viola conscientemente la Constitución; cuando mediante una amnistía se niega la legitimidad de la labor de gobierno realizada durante décadas; cuando se asaltan las instituciones, desacreditándolas y deslegitimándolas; cuando se ataca la independencia judicial; cuando se miente descaradamente desde las instituciones oficiales; cuando se administra arbitrariamente el dinero público; cuando se cuestiona la unidad del Estado…, entonces nos encontramos ante un proceso revolucionario.

El Partido Socialista ha traicionado al sistema político del 78 como en su momento hizo con la II República. Es un error personalizar las responsabilidades. Esto no va de Largo Caballero o de Sánchez, sino del partido. No hay marcha atrás. Iniciado el camino hagámonos a la idea de que entramos en un tiempo nuevo e incierto, donde lo único seguro es que la convivencia está rota y que, ante la corrupción institucional, lo que no pueda frenar la Unión Europea no lo podrá detener nadie en España.

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