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Perro come perroAntonio R. Naranjo

El futuro de España

La última locura del Gobierno remata una deriva suicida de un país que se diluye poco a poco

El Gobierno ha tenido otra de sus ideas geniales y, sin que conste insolación de la titular del Ministerio de Inclusión, la sagaz Elma Saiz, pretende compensar la jubilación en los próximos años de casi seis millones de españoles con la llega de otros 3.5 millones de inmigrantes.

El subtexto del anuncio, soltado con la misma solvencia presente en el discurso climático de Pedro Thunberg Pérez-Castejón, es que como hace falta toda esa ingente nueva inmigración, no hay razón para preocuparse por la masiva inmigración irregular del momento, mezclando conceptos con la frivolidad habitual: no querer distinguir la diferencia entre lo que hizo España desde los años 50 hacia Alemania, Francia, Suiza, Estados Unidos o Argentina y lo que pasa en España desde África es tan temerario como reforestar a lo loco el monte expulsando del medio rural al ser humano y al sector primario. Al final, el incendio está asegurado.

La inmigración, en abstracto, es un fenómeno necesario e inevitable: la historia se escribe desde el nomadismo del hombre, en su búsqueda de mejores condiciones vitales, en el activismo comercial, en la curiosidad, la huida de zonas de guerra, la conquista de nuevos territorios y la defensa de los propios.

Pero ha de tener un orden, un sentido y una regulación para que sus efectos positivos no muten en perversos efectos secundarios en origen y en destino, como ocurre ahora: aquí se estimula el negocio de las mafias del tráfico de seres humanos, ligadas a menudo al fundamentalismo islámico; se aumenta la mortalidad en el mar entre los más desfavorecidos por el efecto llamada; se les condena a tantos de ellos a la marginalidad como paso previo a la delincuencia y se desborda la capacidad de acogida, provocando un temor legítimo sobre el coste económico, la seguridad ciudadana y la identidad y los valores genuinamente democráticos que nos ha costado siglos hornear.

Solo un tonto, un negligente, un perverso o todo ello a la vez sostiene, en fin, que los problemas laborales o demográficos de un país se subsanan estimulando la inmigración masiva, dejando en los migrantes la esperanza de aumentar la natalidad y de cubrir los puestos de trabajo que quedarán libres cuando se jubile la generación del «baby boom».

Que los más críticos con ese discurso sean, en Cataluña y el País Vasco, nada menos que Bildu y las CUP respectivamente, deja claro que la preocupación por las consecuencias de esa política kamikaze no es privativa de la «ultraderecha», como también lo hacen las políticas restrictivas de los Gobierno socialdemócratas del Reino Unido o Dinamarca.

Todos entienden, en el caso de los separatismos locales con sus gotas de racismo presentes ya en el desprecio a los españoles, que ninguna sociedad occidental puede reponerse con inyecciones masivas de foráneos, pues ello hace inviable el sostenimiento de las sociedades más avanzadas alumbradas por la humanidad, sustentadas en la separación entre la Iglesia y el Estado y nacidas de la tradición judeocristiana y grecolatina, origen de la civilización.

Que en el país con el mayor paro estructural de Europa, con una de las peores tasas de natalidad y una de las mayores de aborto, al Gobierno solo se le ocurra apostar por el efecto llamada, en una versión alocada y aumentada, deja claro en qué manos estamos: en España hay cuatro millones de desempleados reales, por mucho que la manipulación estadística maquille la cifra real; el 57 por ciento de los 6,6 millones de extranjeros residentes no cotiza en la Seguridad Social por edad o exclusión laboral; la tasa de delincuencia foránea triplica a la nativa y la imposibilidad de integración real con esas tristes evidencias se dispara, aumentada por la resistencia de algunos sectores a aceptar los valores europeos y la estupidez de las autoridades europeas de exigírselo sin complejos.

Luego dirán que sube la «extrema derecha», aunque en realidad en el País Vasco y Cataluña vayan a hacerlo la izquierda radical e independentista: lo que en realidad crece es la perplejidad del españolito medio con un Gobierno que le exige que le crea a él y a sus delirios pero tiene la mala costumbre de fiarse de sus propios ojos.

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