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Cosas que pasanAlfonso Ussía

La pequeña historia

Años antes, siendo embajador de España, Miguel Primo de Rivera, registró en su mente la pequeña venganza diplomática consistente en devolver la pelota de la aerofagia a los ingleses

La historia no es solo la de los libros. La historia, sin el anecdotario que conlleva, es muy aburrida. Yo he presenciado en directo unos hechos excepcionales que me reconciliaron con Inglaterra.

En la fiesta que Don Juan Carlos invitaba para celebrar la entrega del premio Príncipe de Asturias, y convidaba a más de 500 escritores, poetas, intelectuales y a Marujita Díaz subíamos hacia el salón de las recepciones Antonio Gala, Antonio Mingote, Julián Cortés-Cavanillas y el que os está narrando aquel trascendente hecho.

Emilio Romero, todavía director de Pueblo, afirmó que Cortés-Cavanillas no era monárquico, sino pornomonárquico…. La gala comenzó con su guasa. Las amistades del Rey han aumentado considerablemente. En efecto, al llegar Julián, a la altura del saludo, con la emoción de saludar al Rey, se le fueron por el traspuntín tres pedorretas que despertaron a decenas de gamos de la Zarzuela. Yo me puse a considerar si había asistido a una anécdota histórica o a un contubernio de emociones que obligaron a huir a Cortés-Cavanillas y ser protagonista de la historia.

Años antes, siendo embajador de España, Miguel Primo de Rivera, registró en su mente la pequeña venganza diplomática consistente en devolver la pelota de la aerofagia a los ingleses. Así que llegó por vez primera al Palacio de Buckingham y, después de saludos, de protocolos, de la Corte del Rey Alberto, le preguntó al jefe de Protocolo:

–Su excelencia algo me ha venido inesperado. Tengo una urgencia.

Fue llevado inmediatamente al primer cuarto de baño para recordar al Imperio Británico que lo primero que hacía o debería hacer el embajador de España era manchar, en su primera comparecencia ante el Rey.

No ocurrió nada catastrófico. Ni los ingleses atacaron Trafalgar, ni los españoles expulsaron de Colombia al Almirante Vernon.

Le preguntó el entorno de Miguel Primo de Rivera si había sentido algo especial con esta visita inoportuna al primer cuarto de baño de Buckingham. «Lo he sentido. Soy parte de la historia».

Ni Primo de Rivera, ni Don Juan tuvieron antagonismo. Eran dos patriotas divididos por un río de incomprensiones. Y con sencillez, reconoció que lo que había hecho Miguel Primo estaba muy bien hecho. Dejó una prueba de su presencia.

Pasaron los meses y Miguel Primo de Rivera fue a visitarlo a Villa Giralda. Se lo encontró de rodillas. «Señor, no me puedo morir sin rogarle que me perdone todo el mal que le he hecho». Don Juan lo incorporó y se dieron un apretadísimo abrazo.

Y si lo que he contado no se considera que es historia, es que no sabéis nada de nada.

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