España nos roba, también del Ebro para abajo
No uso el Falcon, ni La Mareta, ni el CIS, ni los puntos violetas. Y los pago igualmente. Tampoco me puedo alojar en las embajadas de Cataluña en el extranjero cuando voy de viaje, pero aun así me las cobran
Empiezo el año dándome cuenta de que soy casi todo aquello que le gustaría a Yolanda Díaz. No fumo, no tengo coche y, mientras recojo la cocina después de la cena de Nochebuena, me descubro separando la basura en distintos contenedores. Tengo en casa un cubo para el plástico, otro para el vidrio y un tercero para el «resto de residuos». A mayores, llevo el cartón al contenedor azul, siempre debidamente desmontado y siempre que no tenga manchas de comida o similares. También utilizo un pequeño cubo para el orgánico, es decir, para los restos de alimentos, fruta o las hojas que se le caen al bonsái del salón… Todo ello guardado en una bolsa que, a su vez, es biodegradable. Y añado a este arsenal una sexta bolsa para echar las cápsulas del café, que por lo visto contaminan una barbaridad y con cuyo aluminio hacen luego bicicletas.
Por contra, cerraría mañana mismo el Ministerio de Igualdad, toda vez que hace tiempo que nadie vela en España por la igualdad entre españoles y toda vez que apenas vemos reducirse la cifra de mujeres asesinadas. Creo que ya hemos recogido la evidencia suficiente para afirmar, sin temor a equivocarnos, que la violencia en el ámbito de la pareja no se reduce con batucadas de camino a Cibeles ni cartulinas moradas. Ese tipo de crímenes, como todos, se combaten con más policías, más jueces y mejor educación. También con pulseras antimaltrato que funcionen, y no con una granja de funcionarias escrutando las columnas que escribe Luis Ventoso en este periódico, por ejemplo.
Me considero liberal en una escala de ocho sobre diez. Por eso, tampoco termino de compartir el asunto de la baliza V16, a pesar de no tener coche, como dije más arriba. No comprendo que se obligue a comprar algo a la gente so pena de multa. Más aún si ese «algo» es de dudosa utilidad para no pocos agentes de la Guardia Civil. Porque ya se obligó a la gente a comprar chalecos amarillos, pero en este caso sí que había un consenso en torno a su utilidad.
Me sorprende este empecinamiento, además, viniendo de alguien como Pere Navarro, que a mediados de 2021 se destapó como un tremendo ‘liberal’ cuando defendió poner peajes en todas las autovías del país. Su razonamiento fue el siguiente: «No podemos cargar a los presupuestos del Estado la conservación y mantenimiento de autopistas y autovías. Y hacer que la pobre abuelita que cobra una pensión y no tiene ni coche esté pagando la conservación y el mantenimiento de las carreteras de alta velocidad. Va de suyo: el que usa paga», alegó rumboso.
Hombre, tanto como que «el que usa paga»... Si nos ponemos así, va a haber mucha gente que pague por la bombilla V16 y no la tenga que usar nunca, Dios mediante. Pero una vez abierto ese melón, si nos ponemos así de severos, yo no uso el Falcon, ni La Mareta, ni el CIS, ni los puntos violetas. Y los pago igualmente. Y a la fuerza. Tampoco me puedo alojar, cuando voy de viaje, en las embajadas de Cataluña en el extranjero, pero aun así me las cobran.
Sirva esta digresión para reflexionar sobre el país que tenemos. Sin ser muy exhaustivo, vivimos en un lugar que se gasta cada año 573 millones en un ministerio de dudosísima utilidad, que destina unos 20 a las embajadas-cortijo de una comunidad autónoma y que tira, directamente y cada año, 14.000 millones en subvenciones que escapan a cualquier control, como ya denunció la Airef en 2019. Hagamos entonces lo que haría cualquiera de nosotros con las cuentas de su propia casa: si no tenemos para bombillas, por favor, no llenemos la nevera con carabineros.