El Edadnauta
La crisis demográfica que padece Occidente, más devastadora que un apocalipsis psicodélico, va a tener numerosas consecuencias, pero una de ellas, irremediable, es que la generación boomer está llamada a seguir poniendo el hombro
Esto no es una crítica de cine. Hablaré, sin embargo, de la serie argentina El Eternauta (Bruno Stagnaro, 2025). No soy fan de la ciencia ficción, así que de la serie me han interesado otras cosas. El capítulo cuarto, titulado «Credo», es una bellísima e inesperada semblanza del sacrificio cristiano –dar la vida por los amigos–, para lo que se necesita la fe, como recalcan épicamente el repique de las campanas y la canción «Credo», que suena a todo lo que da. Otro icono poderoso es la importancia que adquiere la imagen de san Jorge alanceando al dragón. De tejas abajo, la mezcla de la fantasía alienígena con el disparatado costumbrismo de los argentinos produce momentos de irresistible hilaridad.
Aquí estamos para hablar de la rabiosa actualidad. Y la serie ilumina, de forma implícita, pero constante, un aspecto crucial. La crisis demográfica que padece Occidente, más devastadora que un apocalipsis psicodélico, va a tener numerosas consecuencias, pero una de ellas, irremediable, es que la generación boomer está llamada a seguir poniendo el hombro para que las cosas marchen. Tienen que volver del pasado, es decir, convertirse en edadnautas. Más que nada, porque los jóvenes de ahora, por muy preparados y dispuestos que estén, son muchos menos.
En una entrevista reciente, el economista Leopoldo Abadía, un edadnauta de carne y hueso con sus esplendorosos 92 años por delante y predicando con el ejemplo, instaba al emprendimiento a partir de los cincuenta años y mucho más allá. Lo que Abadía formula desde la economía, la serie lo dramatiza desde la ficción.
El Eternauta, como quien no quiere la cosa, se convierte en adalid del papel que están llamados a representar los mayores. El protagonista se llama Juan Salvo. En el cómic de 1957, sobre el que se ha basado el guion, tiene entre 35 y 40 años, mientras que en la serie el personaje de Ricardo Darín supera los 60 años, y se le notan. ¿Por qué no se ha respetado la edad que imaginaron los creadores originales Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López? Algún lector podría sugerir que se trata de adaptar el papel a Ricardo Darín (que lo borda) y que ya no da el perfil de un hombre de 40 años.
Pero los guiños a la edad y al pasado se multiplican. En el mundo aquel solo funcionan los coches cascados, las lámparas antiguas y las herramientas herrumbrosas. Y todavía más: late un amor profundo por las antigüedades y por los recuerdos. El protagonista es un excombatiente de la Guerra de las Malvinas. Beben whisky añejo con morosa delectación. Y cuentan chistes gastados, transfigurados en reliquias. Es un canto a la amistad curtida. «Cuarenta años llevamos siendo amigos», dice uno. El otro le corrige: «Treinta y ocho».
Incluso los amores llegan con óxido. Juan Salvo –en la pantalla, no en el cómic– está divorciado, aunque la cosa apunta a reconciliación (no puedo hacerles spoiler porque la historia no acaba en esta primera temporada y en eso nos quedamos, como en casi todo, a la espera). Sin embargo, lo importante para el tema que nos ocupa está claro: también se defienden los amores de largo aliento, incluso los restañados.
Las amenazas para el mundo futuro serán más sutiles (aunque también más serias) que las que retrata la obra, pero los mayorcetes tendrán que arremangarse. Junto con los jóvenes, porque si hay algo que no ocurre en esta serie, tan plagada de conflictos, es un conflicto generacional. Los jóvenes se alegran de la ayuda de los mayores y, desde luego, viceversa. Los buenos se apoyan y se admiran mutuamente. Hay una solidaridad transgeneracional que debería ser la tónica. Lo que algunos verán como contradicción, yo lo veo como símbolo: aunque se defiende tanto todo lo antiguo, El Eternauta ha sido la primera serie argentina en contar de forma sistemática con ayuda de la inteligencia artificial (pero con un guion de 1957). Ya digo, colaboración entre generaciones.
No conviene sacar conclusiones exageradas ni sistemáticas de un producto de entretenimiento, de acuerdo, pero tampoco cegarse a las señales que nos llegan. Ya sea con el optimismo académico del profesor Leopoldo Abadía, ya sea con el pesimismo narrativo de El Eternauta, se multiplican los avisos de que los retos que nos esperan no permitirán un reposo de jubilatas a los mayores de hoy y de mañana. No vamos a poder echar las tardes jugando al mus, mientras la economía y la política van como la seda. La economía, la cultura y la fiscalidad tendrán que aprender a contar con estos edadnautas, curtidos y disponibles. Sin perder –jamás, ni frente a los alienígenas– las risas de un numantino costumbrismo.