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LiberalidadesJuan Carlos Girauta

El gran farol

Estamos ante el gran juego de la geoestrategia de los últimos sesenta años largos: gana el que está más loco

En la última jugada de Trump, un mensajito anunciando la destrucción de una civilización, se concentran tantos elementos que cuesta hacerse a la idea. Como en la naturaleza, cuanto más de cerca se observa su farol, más se abre la flor, más descubrimos mundos inacabables, más se advierten los cambios de forma que los eternos conflictos de intereses van adoptando. Yendo a la yema, no es posible acercarse siquiera a una lejana intuición sobre el proceder del presidente estadounidense sin algún conocimiento previo de teoría de juegos. Este no es lugar para descender al detalle, nos comeríamos la columna entera. Pero sí sugiero a los ajenos a la mencionada disciplina realmente interesados que, antes de seguir con esta lectura, procedan a una breve búsqueda sobre el juego de «el gallina» o sobre «funambulismo estratégico». No necesitamos asomarnos a otros juegos (modelos de conflictos de intereses) para entender lo que pasa con Trump y con sus críticos.

Todos los presidentes de EE.UU. han jugado al gallina desde la crisis de los misiles, cuando John F. Kennedy, en 1962, hizo creíble una amenaza nuclear a la Unión Soviética. Una amenaza nuclear a otra potencia nuclear no es en principio creíble porque su cumplimiento conllevaría la destrucción mutua asegurada. Resumiendo mucho, de manera contraintuitiva, los regímenes fuertemente jerarquizados, rígidamente estructurados, como la URSS, o ahora Rusia, no logran hacer creíble un primer uso del armamento nuclear. Asegurar que destruirás el mundo exige cierto perfil. Ya lo conocerá quien haya buscado «juego del gallina». Esto importa porque estamos ante el gran juego de la geoestrategia de los últimos sesenta años largos: gana el que está más loco. O más exactamente, el que pasa por estar más loco. Sirve asimismo el muy tonto, el muy vulnerable, el muy incapaz, etc. Porque un acto absolutamente irracional no puede partir de alguien inteligente, estable y capacitado.

Así, Kennedy era un hombre siempre drogado que solo vivía para el sexo, Reagan era un tonto de capirote, Bush Junior leía libros al revés y Trump carece de sentido común, de sensatez, de mesura. Es un peligro público. Acabo de nombrar a los mejores jugadores del gallina en la presidencia. Los peores, Bush padre y Obama. Una de las felices peculiaridades del gallina es que sigue funcionando aunque el adversario conozca bien el juego y sus reglas. Nadie debería opinar seriamente sobre amenazas nucleares (en realidad sobre nada) sin un conocimiento mínimo de los principales modelos de la teoría de juegos. Y por supuesto, los rusos la conocen. Y los chinos, y los pakistaníes. Y los iraníes, que no tienen armas nucleares ni las tendrán nunca. Los analistas occidentales serios también saben perfectamente cómo se juega al gallina. ¿Cuál es la más feliz peculiaridad? Que saberlo no importa. Sigue funcionando, aunque cada vez se necesite una mayor sofisticación (o más bien una adaptación a los tiempos) de lo que se considera un imprevisible imbécil loco de remate capaz de hacernos volar a todos por los aires.

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