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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Y llega un día en que asumes tu verdad

A estas edades es hora de reconocerlo: estás a favor de la tauromaquia y de lo que aportan los perros, pero realmente no te gustan ni la fiesta ni los canes

Act. 02 jul. 2026 - 12:46

Soy un defensor de la fiesta de los toros y un admirador de la tauromaquia; de su liturgia; de su atmósfera, que hereda una tradición secular española; de su riquísimo acervo cultural.

He ido muchas veces a los toros, en Pamplona, en Valencia, en Las Ventas, hasta en La Coruña, cuando convirtieron una cancha de baloncesto en una plaza. Recuerdo un lance que muestra un poco el cachondeíllo que allí imperaba. Toreaba un todavía joven Francisco Rivera Ordóñez, al que la prensa cardíaca liaba por entonces con Lolita, en una relación superficial que al parecer estaba sufriendo altibajos. En el momento de entrar a matar, con el imponente silencio en la plaza, uno de mis amigos, espoleado por alguna Estrella Galicia de más, dio una sonora voz: «Fran, ¡piensa en Lolita!». Media plaza empezó a carcajearse y se arruinó el trance.

He visto torear a gente buena, Ponce, el Juli, César Rincón, Talavante, Manzanares… Estaba en la plaza en Sanfermines el 14 de julio de 2001, esta vez en sombra y con un langostino en una mano y una copa de espumoso en la otra, cuando un Miura cogió en el cuello al valeroso Padilla en aquella espeluznante cornada. Es decir, he hecho un esfuerzo notable porque me gusten los toros, pues es una fiesta que admiro, y sin embargo…

Las retransmisiones televisivas ofrecen hoy unos planos muy cortos y nítidos de las corridas. En días pasados me senté con el mejor ánimo a ver una faena en Telemadrid. La salida del picador y el duro castigo en varas. La media estocada sobre aquel lomo ensangrentado. El descabello cuando el toro no acababa de morir, la manga embadurnada de sangre del diestro… Y me dije que es tiempo de decirme la verdad y asumirla: defiendo la fiesta y admiro su espíritu y lo que representa, pero por muchos intentos que he hecho, realmente debo asumir que no me gustan los toros, qué le voy a hacer.

Lo mismo me está pasando con el fútbol. Si soy sincero, a menos que juegue España al cabo de un cuarto de hora ya estoy aburrido del partido de turno del Mundial y desconecto con el móvil. Imagino que en parte es por el déficit de atención y la aceleración que ha provocado la revolución digital. También me he aburrido de la ópera. He ido docenas de veces. Me encanta la música, y las grandes oberturas, las arias impagables… pero confieso que me aburro como una ostra en los recitativos plomizos, que los argumentos me resultan casi siempre una chorrada inverosímil, que no me conmueve, y que las funciones modernizadoras me espantan (no acabo de pillar lo de hacer Rigoletto con el Duque de Mantua vestido de dependiente de El Corte Inglés, o peor, de Ikea, si el director de escena es «progresista»).

«Conócete a ti mismo», recomendaba Sócrates. Otra autoconfesión que me he hecho esta semana es sobre los perros. También aquí me sé la teoría y la comparto. Sí, concuerdo en que son «el mejor amigo del hombre», con esa lealtad a prueba de bombas, constatada en tantas historias enternecedoras. Sé de la inmensa compañía que hacen a las personas solas, sé que son la alegría de los niños y que resultan claves para que muchos ancianos salgan de casa y den un voltio. Pero la verdad es que no me gustan los perros. O mejor dicho, no me gustan muchos dueños de canes, ni la tontería que se ha montado alrededor de ellos, ni el rosario de excrementos por las calles españolas.

No entiendo por qué en el ascensor de una tienda de Zara tengo que soportar a dos chuchos tamaño oveja con sus olores y babeándome la pernera del pantalón. No entiendo por qué las personas no pueden orinar en la vía pública, como es lógico y elemental, y con los perros se tolera. No entiendo que en España haya ya más perros que niños, y a veces mejor tratados. No entiendo a la tía que llevaba un perro nervioso ayer a mi espalda (el bicho pegó un ladrido que casi me da un jamacuco, y la paisana, impertérrita, no me ofreció ni la más mínima disculpa). No entiendo a dueños de canes tremebundos y de aire violento que para tranquilizarte te dicen la supina bobería de «no te preocupes, que no muerde» (solo faltaría). Y entiendo a los chinos, que cuando visitan España señalan perplejos y como un signo de una civilización decadente el modo en que nos relacionamos con nuestros perros. Es decir, el hecho de que los dejemos hacer sus cosas por las calles –muchísimos dueños no se molestan en recoger el pastel– y el que los tratemos más como a personas que como a animales, hasta el extremo de que a veces parece que son ellos quienes mandan sobre nosotros.

Como en tantas cosas, con los perros hemos pasado de lo bueno a lo ridículo. Y no entro ya en los que son ataviados con chalequitos ñoños y van a más a la pelu que Yoli Díaz, porque eso merecería una disección vitriólica del insuperable Ussía, al que no olvidamos y que se lo estará pasando de traca en el bar del cielo con Tip, Mingote y compañía.

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