José Luis Alvise es un implacable tábano que vuela sobre la corrupción. Pica y hace daño. Muchos le aborrecen. Otros le agradecen su habilidad, su arrojo y su esfuerzo. Me encuentro entre los segundos. Ha sorprendido al faltón alcalde de Valladolid, el compañero Puente, al volante de un Mercedes cuyo precio de compra merodea los 170.000 euros. Parece ser que Puente se lo llevó para disfrutar de un ídem y cuando ha sido cazado por Alvise, se ha justificado con la claridad que le caracteriza. «No sabía que ese coche era de esa empresa».
Lo cierto es que Puente puede tener razón. Como es el alcalde de Valladolid, si las necesidades del descanso y del amor apremian, está autorizado a entrar en todos los garajes de la vieja Pucela, elegir el coche que más le guste, y conducirlo hasta el nido de la pasión sin estar obligado a pedir permiso a su propietario, sea éste un particular o una empresa cualquiera. A partir de ahora, hacer un 'puenting' no será lanzarse con una goma elástica desde un puente al vacío, sino llevarse un coche sin saber de quién es el coche, porque siendo el alcalde se puede permitir el lujo y el capricho que le concede su condición de sanchista iracundo. Cuidado con enfrentarse a Puente, del que dicen que atesora un carácter violento y bastante atroz.
Las fotografías no admiten espacio para la duda. Se aprecia con nitidez que el conductor del utilitario y económico Mercedes es Puente. Puente haciendo 'puenting', que queda más moderno y elegante. Alguien le acompaña, pero ahí no me meto porque la intimidad no debe ser violada y la persona que se sienta a su lado no es alcalde ni nada. Dicen las lenguas afiladas que Puente se subió al Mercedes de esa empresa porque conoce mucho a los dueños de esa empresa, y éstos se muestran siempre dispuestos a concederle caprichitos, bien por amistad, bien por gratitud. El problema es el agravio comparativo y el mal ejemplo.
Hoy por la mañana, he intentado hacer un 'puenting'. Desde que fui expulsado de La Razón por opinar libremente, me he visto obligado a modificar el flujo de gastos de mi casa. Y tengo un cochecito japonés que me presta un gran servicio, pero no colma mis ambiciones rodantes y a decir verdad, no encaja del todo en mi personalidad. Desde que nací, siempre he viajado en coches estupendos y espaciosos. Así que me he presentado en el garaje de una empresa, y he elegido el coche del presidente de la misma. Pero el vigilante del garaje me ha amenazado con avisar a la Guardia Civil.
Como soy muy aficionado a la playa, y en mi coche no caben todos mis nietos, el cocodrilo hinchable, los flotas, la nevera, las sombrillas, los balones, las palas, los cubos para mariscar en las rocas, las tablas de 'sur', el botiquín, y la bolsa con los envases de protección solar y rechazo de las avispas, he creído conveniente intentar un 'puenting' con el coche de un empresario que no va a la playa porque le asustan las olas. Y me sale el vigilante con la coña de que va llamar a la Guardia Civil. Es decir, que hacer un 'puenting' sin ser Puente es más complicado de lo que yo creía, en vista de las mínimas consecuencias que han rodeado el uso del Mercedes por parte del señor alcalde socialista de Valladolid.
No todo el monte es orégano. Cuando le he intentado explicar al vigilante que mi intención no era otra que devolver el Audi todoterreno después de la jornada de playa, y el vigilante ha insistido, a pesar del carácter familiar de mi intento de 'puenting' en avisar a la Guardia Civil, he desistido.
España se divide en dos grandes grupos. Los que pueden hacer 'puenting' con carísimos coches ajenos y sin responsabilidades penales y los que no estamos autorizados a ello porque un vigilante decide que su deber es guardar el coche que le ha encomendado un empresario que no va a la playa.
Y aquí estoy, lamentando mi situación.
- Publicado en la web de Alfonso Ussía el 6 de agosto de 2021