Los límites del humor
Es increíble que un país atenazado por un osado, que no sabe ganar elecciones y al que la corrupción cerca por los cuatro puntos cardinales, monte un espurio y falso conflicto diplomático por el legítimo ejercicio de escribir con sarcasmo sobre un partido de fútbol
Lo políticamente correcto ha inundado nuestras vidas hasta el punto de que se ha sentado en la silla de al lado del rollo de papel higiénico. El lector me perdonará la licencia. El wokismo, lo políticamente correcto, la práctica de la cancelación y la falsa superioridad moral de una izquierda menguante han convertido la convivencia en un malentendido permanente. Ya no sabemos si argumentar con realidades es ofender o criticar; como también desconocemos el derecho a la discrepancia o a la libertad de expresión. Si nos ajustamos a los cánones según los cuales se ofende a la gente por decir la verdad, la libertad padece, sufre o tiende a desaparecer.
La controversia surge cuando el humor que ofende solo viene de un lado. Se niega la capacidad de ida y vuelta que debe acompañar a cualquier expresión realizada en un determinado contexto. Ya saben aquello de que hay texto, contexto y pretexto. Este último, el pretexto, es el que nos da vía libre para ofendernos por todo. ¿Pero dónde se encuentra exactamente el sonrojo o la insolencia? ¿Tal vez en el que escribe las palabras del texto, en quien no entiende el texto o en quien quiere escuchar las palabras que alcanzan el ultraje? La interpretación de la ironía en un texto escrito va en la inteligencia del lector. Como en su fuero interno se encuentra también la capacidad de sentirse insultado o, todo lo contrario, disfrutar del ingenio ajeno.
Cervantes y Oscar Wilde fueron unos maestros de la ironía. Como también ejercieron ese magisterio Valle-Inclán, Julio Camba y Fernández Flórez, entre otros. Don Ramón María, padre de las Sonatas y una de las mejores plumas de la literatura española, no podría vivir en estos tiempos. Salvo que escribiese los guiones de un tal Perro andaluz. Aquí solo tienen permiso para el chiste los humoristas de izquierdas. Ocurre, sin embargo, que suelen ser de brocha gorda.
La relación entre la inteligencia y la comprensión de la ironía define a quien la escucha o la lee. Incluso hay mucha diferencia entre una expresión escrita y esa misma oración en su versión oral.
Es increíble que un país atenazado por un osado que no sabe ganar elecciones y al que la corrupción cerca por los cuatro puntos cardinales, mientras muestra una amnesia ante el declive moral del país entero, monte un espurio y falso conflicto diplomático por el legítimo ejercicio de escribir con sarcasmo sobre un partido de fútbol. Como si este país de casi cincuenta millones de habitantes no tuviese ningún otro asunto o problema del que ocuparse.
En la España actual somos tan malos en relaciones exteriores –bueno, lo son ellos– que nos come la tostada Marruecos, se cachondean de nosotros los gibraltareños, los portugueses nos dan lecciones en todos los ámbitos y hasta los racistas franceses aspiran a ser ejemplares. Todo ello ocurre por la inmoralidad del peor Gobierno de la historia reciente y por la incultura política y democrática del común de los españoles y el analfabetismo rampante en materia de lengua y literatura. ¡Qué pena del viejo bachiller!