España gana el Mundial y a La Roja
Unas líneas escritas antes de las dos finales que se vienen encima
Escribo estas líneas premeditadamente antes de saber el desenlace de la final del Mundial, con mi apuesta ratificada o vencida por los hechos consumados: ganamos, y ganamos por cinco a cero. Olé. No deja de ser un riesgo, pero vinimos a jugar. Un señor de 39 años y diez más no pueden ganar a once españoles, a los que solo ganan en autoestima: ya saben que, en argentino, Dios se dice «yo» y que los argentinos se suicidan, según le dice Francisco a Ratzinger en la fantástica Los dos Papas de Fernando Meirelles, arrojándose al vacío desde lo alto de su ego.
En la final soñada meten dos goles Pedro Porro y uno, por ese orden, Oyarzabal, Nico Williams y Lamine Yamal, todos muy celebrados en toda España, pero especialmente en el País Vasco, donde miles de españoles han presenciado el partidísimo en una pantalla algo menos que gigante, pero grande como el intelecto de Patxi López, instalada en Anoeta, para disgusto de Otegi, de Aitor Esteban y de Pradales, el lehendakari de ocho apellidos castellanos: los chicos no saben quién es Miguel Ángel Blanco, pero al menos han descubierto que quieren a España en un lugar donde eso sigue siendo actividad de alto riesgo.
El partido y su largo preámbulo contó con otras escenas también espléndidas para hacer aún más bonita la victoria: se produjo un precioso hermanamiento entre aficiones, otra tregua efímera por un instante. Justo cuando apareció Pedro Sánchez en el palco, Donald Trump le regaló un curioso pijama naranja y el estadio, en todas sus latitudes, coreó al unísono la canción del verano más fuerte que los dos bonitos himnos: cómo le quieren al líder progresista en cualquier rincón del mundo, y el cariño hubiera sido aún más universal de haber concurrido Begoña Gómez, a la que todo el mundo esperaba ver para rendirle tributo.
Especialmente los Reyes, deseosos seguramente de hacerse una foto con el hermano de un condenado y esposo de una tetra imputada.
Durante semanas, los seguidores de Sánchez han encontrado, desde Dallas hasta Nueva Jersey, pasando por Vallecas o el Rabal, una curiosa manera de intentar patrimonializar a la Selección: la llamaban «La Roja», un invento añejo que no termina de funcionar, y decían ser de la España plurinacional de Lamal y de su hermanito, un niño adorable en el que solo ellos veían a un negro, como expulsando de la fiesta a todo aquel que no compartiera su delirante cosmovisión: «Por fin hemos encontrado una forma de ser españoles», venían a decirnos, consistente en aplaudir todo aquello que en sus enfermitas cabecitas les resultaba en realidad menos español, solo a ellos.
Lo cierto es que España ha ganado a pesar de que en España todo lo demás no funciona, aunque le cambien el nombre: llaman «lawfare» a la Justicia, prosperidad a la pobreza, democracia a alterar el censo, victoria a la derrota, reconciliación a la amnistía y libertad a la censura.
Pero más allá del neolenguaje orwelliano del sanchismo, hay una España de verdad que gana Mundiales, se siente orgullosa de sí misma, se emociona con su himno y no va a dejar que el Infantino que usurpa el Gobierno vuelva a ganar en los despachos tramposos lo que siempre pierde en la cancha de las urnas.
España ganó a Argentina, un gran equipo de nietos de españoles, y ahora le queda otra final, contra «La Roja», esa, que también se va a saldar con una paliza, por mucho árbitro comprado y VAR adulterado que se encuentre por delante.