Lamine, Nico y la España «diversa» de Sánchez
El fervor hacia ellos es lo contrario de lo que dicen el Gobierno y sus adláteres
Los mismos lumbreras que defienden un Gobierno edificado sobre el principio de la ruptura de España, que es la consecuencia de arrendarle corruptamente la Presidencia a Otegi y compañía, pretenden convertir ahora la victoria en el Mundial en la prueba de lo acertado de su postura: la cantinela de la España «diversa y plurinacional», que es su manera de llamar fachas, racistas y centralistas al resto.
La realidad es bien distinta: el éxito deportivo es la prueba de que una España unida es a menudo invencible y de que sus distintos acentos son parte de una riqueza que refuerza a la Nación, y no un indicio de que en ella habitan forzadamente varias. El contraste entre lo que encarna la Selección y lo que representa Pedro Sánchez es abrumador: una nace de un sentimiento nacional espontáneo y asumido masivamente; el otro sobrevive gracias a quienes hacen lo imposible por destruirlo y se han tomado la victoria como una afrenta personal, digna de desprecio e incluso de episodios violentos.
No es la plurinacionalidad lo que impulsa a España, sino la constatación de que sus partes integran un todo espléndido y compartido incluso en aquellos rincones donde la política levanta muros, castra sentimientos y censura manifestaciones.
Y tampoco es un aval a la «diversidad», que es como han querido legitimar la política migratoria del Gobierno, alocada en lo referente a las regularizaciones masivas descontroladas y artera en lo relativo a la concesión frívola de nacionalizaciones.
Los españoles no tienen rechazo a los inmigrantes, no sienten que en España sobren de antemano y, desde luego, carecen de prejuicios raciales: hoy han aplaudido a rabiar a Lamine Yamal o a Nico Williams, como en los 80 a Chicho Sibilio o al Lagarto De la Cruz, porque ven en ellos lo que esperan de cualquiera y el sistema les exige a ellos mismos: sacrificio, contribución, respeto, ayuda y, en sus casos, un extra que no aporta casi nadie, que es una maravillosa victoria en el mejor escaparate del mundo en nombre de España.
Nadie mira el carné, el origen, la raza o la confesión, pero sí la aceptación, simplemente, de las mismas normas y obligaciones que uno debe cumplir. Y si lo que ve no encaja en ese marco, se rechaza, ante la evidencia de que quien no suma, resta recursos y multiplica los problemas ya existentes: con el mismo repudio, por cierto, que ya provocan los autóctonos especializados en explotar el sistema sin dar palo al agua, viviendo de la sopa boba y aprovechando el paisaje clientelar impulsado por un Gobierno que solo aspira, como en la investidura de Sánchez, a comprarse los votos.
Williams y Yamal no son una oda a la «diversidad» que siempre ha existido en España, una Nación fundada sobre esos pilares fruto de su larga historia y su dominio viajero del mundo, sino una enmienda a la totalidad de políticas migratorias, económicas y territoriales que sacrifican el sentido común y la organización indispensable de un país por el alocado viaje electoralista de una recua de negligentes cuyo único objetivo siempre ha sido sobrevivir.
Bravo chavalotes, qué pedazo de lección, y a usted, señor presidente, que le ondulen: le debe el cargo a Otegi y ha llamado racistas a millones de españoles que le ponen una alfombra roja a cualquiera que pelee por ellos. Usted a quienes les intentan destruir. No es tan difícil de entender.