29 de junio de 2022

Editorial

Jornada escolar, vida partida, familia continua

Vuelve el debate en torno a los horarios académicos en los colegios y vuelve también a eludirse la cuestión fundamental: la necesidad imperiosa de facilitar el equilibrio entre trabajo, cuidados y ocio en el ámbito familiar

El dilema entre la jornada continua y la jornada partida en los colegios de Primaria es un debate recurrente en nuestra sociedad. Ahora ha aflorado de nuevo a raíz de un estudio del Centro de Políticas Económicas de ESADE muy crítico con la jornada escolar continua, que es la mayoritaria en los centros públicos de Infantil y Primaria.
Para los autores de este informe, este tipo de jornada alienta «un modelo social y educativo regresivo», acelerado además por la pandemia. Sus conclusiones, no obstante, aluden a una estructura de sociedad y a unos modos de vida que, en el fondo, son los que han de revisarse.
De acuerdo con este estudio, la caída en el rendimiento académico de los escolares es la primera consecuencia negativa de este tipo de jornada, en comparación con los resultados que se cosechan en los centros con jornada partida, más extendida entre los centros concertados y privados.
A edades tempranas, se asegura, es preciso hacer una pausa para afianzar los conocimientos y mejorar la atención. Otros estudios apuntan, por el contrario, que el horario matinal es el más recomendable para el proceso de enseñanza-aprendizaje, de ahí que se recomiende aprovechar al máximo esas primeras horas del día.
Sí parece haber más certezas en otros dos aspectos relacionados estrechamente con la jornada continua: que el colectivo de profesores es el más beneficiado por este tipo de distribución de horarios escolares y que las familias padecen un considerable perjuicio económico, al tener que reducir forzosamente su jornada laboral o bien dedicar parte de sus recursos a la atención externa de sus hijos.
Esto último, con datos de la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) en la mano, se estima en una pérdida de 8.048 millones de euros de ingresos para las familias, siendo al mismo tiempo las mujeres las más agraviadas, pues suelen ser las que primero sacrifican su horario laboral o directamente su trabajo para hacerse cargo de los hijos.
En el informe del ESADE se ofrecen algunas propuestas para paliar esta situación, como aumentar las ayudas para el comedor, adaptar las infraestructuras de los colegios para ajustarse más y mejor a la acogida de los alumnos o incluso compensar a los profesores por su dedicación de horas a la jornada partida. Pero más bien son alivios de corto alcance y puramente coyunturales, porque el remedio solo puede proceder de una reformulación global de nuestra vida en comunidad.
El tiempo de estancia en los colegios solo es una parte de la educación de los hijos y una sociedad desarrollada, humanizada y, por encima de todo, humanista ha de aspirar a articularse para acoplar los tiempos y los deberes que permitan que ese proceso se lleve a cabo con las menores frustraciones y carencias posibles en el ámbito familiar.
Así, tanto el horario y el calendario escolar como las jornadas laborales habrían de tener la flexibilidad y las alternativas necesarias para que se puedan cumplir rebajando al máximo las tensiones y los quebrantos.
Como es lógico, lograr esa meta compromete a las más importantes fuerzas del Estado, pues el consenso político, la cobertura administrativa y el acuerdo entre los agentes sociales es fundamental para conquistarla. Pero también es responsabilidad de toda la ciudadanía reivindicar esa clase de convivencia, donde la escuela, el trabajo, el cuidado y el ocio estén equilibrados. Y cómo no, el pilar fundamental para lograr esa armonía descansa sobre la familia, que debe serlo todas las horas del día y todos los días de la vida.
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