22 de mayo de 2022

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Ya 20 años sin Camilo José Cela

Echo de menos los criterios de Cela en muchos momentos de nuestros episodios recientes y actuales, porque su visión a veces estrambótica y heterodoxa hubiera ofrecido páginas de gloria al absurdo ensalzamiento de personajes de cartón piedra

El 17 de enero de 2002 falleció en Madrid el escritor Camilo José Cela y el paso de estos veinte años permite en la distancia temporal y afectiva evocar su figura y su obra, proyectada sobre el panorama político, social y cultural de la España actual. Y se me ocurre afirmar que lamento que nuestro ilustre Nobel no haya sido testigo de la decadencia moral y ambiental que se ha producido en España desde el año 2002, pero por él me congratulo que no haya tenido que avergonzarse de tan bajo nivel institucional y cultural.
Porque si don Camilo viviera, hubiera contemplado como el linchamiento es hoy el arma de destrucción más eficaz para suplir la falta de argumentos, de ironía y de cultura, y su ausencia nos priva de habernos solazado con algún mandoble bien empleado a tanto mediocre ensalzado a gloria nacional. Su ausencia nos priva que por su potente voz escucháramos el uso magistral de nuestra lengua castellana y el respeto con el que siempre se manifestó hacia las instituciones. La riqueza de su vocabulario y su cultura no necesitaban recurrir a soflamas políticas ni a agresiones verbales a nuestra historia, de la que Cela se sintió siempre orgulloso.
En vida supo acreditar su talento para inmortalizar algunas de las novelas más relevantes de la literatura española escritas bajo la dictadura, que ya es hora de decir que no impidió el desarrollo del talento y ahí está la obra de Cela, de Miguel Delibes, de Josep Plá, de Luis Martin Santos, de Rafael Sánchez Ferlosio, de Carmen Laforet, de Carmen Martin Gaite, de Jaime Gil de Biedma, de Juan Marsé, Álvaro Cunqueiro, o de Antonio Gala, como suficiente aval para evitar que los que pretenden manipular la historia en su beneficio, «arramblen» también con una etapa de la literatura española de la que nos sentimos muy orgullosos y que se escribió en un tiempo donde la falta de libertad política ambiental, no evitó que también el mejor cine español, se ideara, produjera, realizara y proyectara, recurriendo al talento, imaginación, creatividad y sinceridad.
ilustración: camilo jose cela

Lu Tolstova

Yo echo de menos los criterios de Cela en muchos momentos de nuestros episodios recientes y actuales, porque su visión a veces estrambótica y heterodoxa hubiera ofrecido páginas de gloria al absurdo ensalzamiento de personajes de cartón piedra, al asfixiante debate sobre la identidad y la ambivalencia sexual, desnudando por elevación tantos argumentos que hoy predominan para pretender imponer un reconocimiento público.
Cela creó Papeles de Son Armadans como escenario de debate cultural entre géneros, instituyó una memorable Fundación que he visitado y que es una gloria de su legado y de su tiempo, ganó el Premio Nobel, el Premio Cervantes y el Premio Planeta, y era académico desde 1957, ocupando el sillón Q y su discurso de posesión fue contestado por el Dr. Gregorio Marañón.
En razón de estos méritos reales, Cela tiene su calle en Madrid en una zona muy digna que con sus nuevas edificaciones mira al futuro, a vencer el rencor del pasado, el afán de venganza y el anhelo literario de utilizar la pluma para desear fusilamientos al amanecer. A Cela le bastó para hacer atractiva su obra, narrar con pluma magistral la sordidez de la posguerra, la crudeza de la dehesa extremeña, la vida cotidiana en las calles, cafés y alcobas de aquel Madrid de 1943, o recorrer a pie, mochila al hombro, el Pirineo leridano, la mágica Alcarria, o del Miño al Bidasoa, porque fue un viajero incansable, y con ella venció envidias y tuvo personalidad para situarse desde muy pronto en un pedestal de gran nivel, manteniendo su afán de dejar la impronta del estilo, del sello propio y de la variedad temática.
A quien este escribe le falta su rico criterio, su suficiente autoridad, su inteligencia, su sobrada personalidad, su argumentada rotundidad y su enorme ironía. 
  • Carlos Abella es escritor
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