05 de febrero de 2023

En primera líneaJavier Rupérez

Cuarenta y tres años después

El nombre de El Hoyo de Pinares quedará siempre asociado en mi memoria a esa historia de éxito. Precisamente la que los terroristas de entonces y sus sucesores y socios de ahora intentan por todos los medios interrumpir

Fue el 11 de noviembre de 1979 cuando un comando de ETA integrado por los terroristas Arnaldo Otegi Mondragón, Aulestia Urrutia, José María Ostolaza y la súbdita francesa Françoise Marhuenda me secuestraron en Madrid al salir de mi casa cuando me dirigía al Hotel Monte Real, en la zona de Puerta de Hierro, para presidir la sesión de clausura del foro de partidos democráticos hispanoamericanos que yo mismo había convocado como secretario de Relaciones Internacionales de UCD. El secuestro duró treinta y un días y los miembros del grupo terrorista me tuvieron encerrado en dos localizaciones. No he llegado a descubrir cuál fue la segunda. La primera acabó con mis doloridos y atemorizados huesos en El Hoyo de Pinares, un bello pueblo de la provincia de Ávila.
Fue Marhuenda, una vez detenida por la Policía en las primeras semanas de 1980, la que dio la primera y detallada descripción del secuestro, los integrantes del comando que lo llevaron a cabo, las armas que portaban, sus anteriores acciones criminales –en particular la que habían intentado contra el diputado Gabriel Cisneros– su intención de «ejecutarme» en el caso de que el secuestro no resultara exitoso, y la casa a la que fui llevado una vez privado de mi libertad. Pertenecía a Begoña Aurteneche, conocedora de los autores del secuestro, a los que albergaba en su casa de El Hoyo, aunque no estuviera directamente implicada en sus acciones criminales. Las dos mujeres fueron en su momento condenadas por su participación directa e indirecta en el hecho delictivo. Los hombres culpables del mismo habían logrado escapar a Francia.
Desde el final del secuestro, y una vez reintegrado a mi vida habitual del momento como diputado nacional y miembro de la dirección de UCD, y hasta ahora mismo, en otros y variados menesteres, me venía regularmente a la memoria el nombre de El Hoyo de Pinares y la curiosidad por visitar y explorar el lugar de los hechos. Pero ha sido este mismo año de 2022, en conversaciones varias mantenidas con mi colaboradora en la Plataforma Denaria y buena amiga María José Morán, veraneante habitual en la zona en la que se encuentra el pueblo en cuestión, cuando el proyecto comenzó a tomar forma. Fue ella, hábil navegadora por los meandros de Internet, la que localizó al «hoyanco» –que así se describen los lugareños– Carlos Javier Galán, magistrado de lo Social en Algeciras, buen conocedor de los avatares por los que su pueblo ha venido atravesando en los 750 años de su existencia y exacto investigador del secuestro que tuvo como involuntario escenario a su pueblo en 1979.
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Lu Tolstova

Galán apoyó y suscribió con entusiasmo mi proyectada visita al pueblo, iniciativa que compartió con idéntico favor el alcalde del lugar y diputado regional por Castilla León David Beltrán. Ambos, con buena razón, sugirieron que la visita al lugar de los hechos fuera precedida por otra visita a un pueblo cercano, Cebreros, cuna de Adolfo Suárez y actualmente sede de un interesante museo dedicado al que fuera primer presidente del Gobierno constitucional en la España post franquista, y también a la transición a la democracia que él, en compañía del Rey Juan Carlos I, exitosamente diseñó y protagonizó. Naturalmente el viaje debía incluir asimismo la visita a la casa en la que se materializó durante unos días el secuestro, y tanto Galán como Beltrán se comprometieron a obtener de sus actuales propietarios el permiso para realizar la inspección ocular.
De manera que el viaje personal e íntimo guiado por una curiosidad de índole tan moral como intelectual se estaba convirtiendo en un desarrollo público y participativo de dimensiones que yo no había planificado pero cuyos alcances acepté sin dudarlo. Siempre he creído y sigo creyendo que la sociedad española tiene una deuda de reconocimiento con todos aquellos que sufrieron en sus carnes la barbarie del terrorismo cuando sus incitadores y practicantes, como los que a mí me habían tenido secuestrado, pretendían acabar con España y con la libertad de sus ciudadanos. El recordatorio de sus acciones, la lista de sus nombres y el alcance de su criminalidad debe seguir siendo un elemento fundamental en el mantenimiento y progreso de la democracia española para que el tiempo transcurrido no haga desaparecer en las nuevas generaciones un dato esencial en la tarea: nunca más. Si la publicidad de mi visita pudiera servir para ello, bienvenida fuera.
De manera que, con mi hermana Paloma, visité el museo de Cebreros acompañado por el alcalde la localidad, Pedro José Muñoz, y por el resto de los concejales de la localidad. Luego, en la casa donde me tuvieron secuestrado y cuya estructura interior y exterior es, en lo que yo de ello puedo recordar, similar a la que existía hace cuarenta y tres años, me recibieron con amabilidad y favorable disposición las hermanas Santos, hijas de sus actuales propietarios. Y en el salón de actos del ayuntamiento de Hoyo de Pinares, lleno a rebosar y arropado por Beltrán y Galán, tuvo lugar uno de los actos más emocionantes en los que en mi ya no corta vida he participado. No tanto porque mi persona fuera objeto de ininterrumpidos y cariñosos aplausos sino porque en ellos residía algo muy profundo: la reclamación de libertad, dignidad y democracia por parte de una ciudadanía que en Ávila, como en cualquier otra parte de España, quiere seguir profundizando sin cortapisas ni falsas memorias en el proceso que comenzó en 1975 y que ha traído a España la mejor cota de paz y estabilidad conocida en toda su historia.
Me dije, y me digo, que el nombre de El Hoyo de Pinares quedará siempre asociado en mi memoria a esa historia de éxito. Precisamente la que los terroristas de entonces y sus sucesores y socios de ahora intentan por todos los medios interrumpir. Porque, como bien dijo Laudelino Lavilla, el presidente del Congreso de los Diputados, cuando el 13 de diciembre retorné a la Cámara para reanudar mis tareas, «al recuperar su libertad, Señor Rupérez, todos nosotros hemos recuperado la nuestra». Que así siga siendo.
  • Javier Rupérez es embajador de España
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