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16 de junio de 2024

En primera líneaJuan Van-Halen

Una responsabilidad de la oposición

España tiene una responsabilidad que debe liderar la oposición, y si no lo hace fallará a los españoles y se negará a sí misma

Actualizada 01:30

Cuando mi periódico de entonces me envió a Bruselas para seguir las negociaciones que muchos años después culminarían en el ingreso de España en la UE pocos dudaban de lo trascendental de esa integración. Se comenzó a negociar en 1962, se paralizó sobre todo por complicaciones agrícolas y pesqueras, Calvo Sotelo la incorporó a su programa de Gobierno en 1981, y se culminó en 1985 durante el Gobierno de Felipe González.

España ha vivido siglos mirando a Europa o de espaldas a ella. Viéndola como solución o como problema. Costa y sus regeneracionistas entendieron que la enfermedad endémica de España, su atraso, su aislamiento desde la soberbia y la ceguera, se resolverían europeizando España. Unamuno y la mayoría de los hombres del 98, en el agrio pesimismo finisecular tras la derrota ultramarina, apostaron por españolizar Europa, de modo que España enriqueciera, pese a su ánimo maltrecho, la realidad europea desde el que pasaba por ser nuestro mayor lastre: el anclaje en la nostalgia de las glorias pasadas. Pero resultaron incapaces de romper la costra.

Fueron los hombres de la generación intelectual madurada alrededor de 1914, con Ortega y Gasset a la cabeza, quienes entendieron que España, sin dejar de serlo y precisamente por serlo, debía zambullirse en la realidad europea. Muchos creían que no era necesaria más cirugía que una democracia avanzada y por ello contribuyeron al advenimiento de la Segunda República de la que más pronto que tarde se alejarían.

Ortega concluyó un artículo en Crisol, ya el 9 de septiembre de 1931, con su aldabonazo «¡No es esto, no es esto!», crítico y enfrentado con la temprana deriva radical de la República que se haría letal con Largo Caballero, entregado al comunismo, uno de los mayores responsables del clima que condujo a la guerra civil. Marañón y Pérez de Ayala, que habían creado con Ortega la Agrupación de Intelectuales al Servicio de la República y eran considerados padres del régimen, pasaron, como el filósofo, de la esperanza al desencanto. Sus hijos acabarían luchando como voluntarios en las tropas franquistas. La experiencia republicana no representó la opción europea y sus radicalismos violentos, pasando por el golpe de octubre de 1934, desembocaron en una cruenta guerra y una postguerra que nos mantendría de espaldas a Europa.

Ilustración: España y la UE

Paula Andrade

La gran anticipación de Ortega es la idea de una Europa unida, una Europa plural que abriese el camino de una realidad continental común. En sus libros más celebrados la mirada a Europa es una constante. En La rebelión de las masas se duele de una Europa desmoralizada que no cree en sí misma y debería huir de su embrujo por las masas. Europa, como la vio entonces Ortega, formaba parte del problema si no regeneraba su pulso perdido. Ortega apuntó, con palabra profética, una unión europea que no llegaría a conocer; murió en 1955. En 1949 vio constituirse el Consejo de Europa y en 1951 la Comunidad Europea del Carbón y del Acero en la vía del Mercado Común que Ortega propuso, hacia la creación de la UE de sus sueños y después la Unión Económica y Monetaria, nuestra Europa del euro.

Al cabo de casi treinta años la UE vela por la salud económica de España y desde Bruselas se observa si el empleo de sus fondos es correcto o se destina en parte a mamandurrias y corruptelas. Somos una economía vigilada aunque con contradicciones de bulto ya que al tiempo que el Parlamento Europeo enviaba una delegación para informar si éramos rigurosos, la Comisión presidida por Úrsula von der Leyen aprobaba seis mil nuevos millones para España antes de leer el informe de esa delegación. Como español me satisface la llegada de esos fondos pero no olvido que el grupo parlamentario de Vox se equivocó al votar, o eso se dijo, y por ese error los fondos europeos no los distribuye un órgano independiente, como en otros países, sino la Moncloa según su capricho. De eso no se habla y me produce lógico desasosiego.

En España vivimos un momento grave en el que se multiplican las trampas de cara a las elecciones. Son muchas y ya comenté algunas en el artículo «Elecciones sucias». Conformamos una sociedad silente; cada español está a lo suyo. No salimos del «pan y circo» de Juvenal. Y Europa, tras la desaparición política de Ángela Merkel, aparece sin pulso. Acaso los europeos nos estemos metiendo en arenas movedizas con Ucrania como fondo. El Gobierno de Europa no parece estar en las mejores manos.

España tiene una responsabilidad que debe liderar la oposición, y si no lo hace fallará a los españoles y se negará a sí misma. Debe denunciar ante la UE, y hacerlo ya, cuestiones graves: la falta de pureza democrática, que no otra cosa son las trampas para encauzar el resultado electoral, y la invasión por el Poder Ejecutivo de los poderes Judicial y Legislativo. Con desvergüenza, y hasta ahora impunidad, se trata de ensuciar las elecciones con apaños evidentes; el TC funciona como recadero del Gobierno; el CGPJ no se renueva porque el Gobierno no garantiza la independencia que pide Bruselas; el Parlamento, de hecho, no controla al Gobierno sino al revés.

Todo ello debe denunciarse ante la UE aunque doña Úrsula se moleste, posibilidad que respondería más a reflejos personales que a afinidades políticas porque ella pertenece al Partido Popular Europeo. Sánchez es un mañoso. Y la oposición no debe mostrarse inane.

  • Juan Van-Halen es escritor. Académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando
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