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15 de junio de 2024

tribunaJosé Ignacio Palacios Zuasti

El error de Primo de Rivera

Él decía que la dictadura era un puente entre dos situaciones políticas, pero un puente se hace para pasar de una orilla a otra y ¿dónde estaba la otra orilla?

Actualizada 10:25

A comienzos de 1921 el «pacto del Pardo», establecido entre Cánovas y Sagasta en 1885, agonizaba. Eduardo Dato era asesinado, siendo el tercer presidente del Consejo que moría de forma violenta en pleno ejercicio de sus funciones en tan solo veintitrés años y mientras que su sucesor, Allendesalazar, lograba aprobar los primeros presupuestos que salían adelante desde 1914, el Rey, Alfonso XIII, en Córdoba, en un sonado discurso, se lamentaba de los fracasos de «mi» Gobierno. Esto sucedía poco antes de que se produjera el desastre de Annual, punto de inflexión para que republicanos y socialistas se fijaran como objetivo abatir al Rey y lo hicieran con graves acusaciones en el Salón de Sesiones del Congreso, por «ser el responsable de autorizar la operación sobre Alhucemas».

Cuando llegó el verano de 1923, las responsabilidades por el desastre de Marruecos, la falta de acierto en la política sobre los territorios africanos y la incapacidad de los sucesivos gobiernos para controlar el pistolerismo y la anarquía que se extendía por todo el país, hizo que fuera tomando cuerpo la conspiración militar encabezada por el capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, con el apoyo del resto de los capitanes generales, porque el sistema de la restauración ya no ofrecía soluciones para los graves problemas planteados y el régimen parlamentario había fracasado, ahogado por las pasiones políticas.

El 12 de septiembre de 1923 el Rey despachó con normalidad, en el palacio real de Miramar de San Sebastián, con el ministro de jornada, Santiago Alba. Poco después, ambos recibieron una información reservada en la que se decía que Primo de Rivera tenía acordado derribar al Gobierno. Alba, con gravedad, vaticinó: «Todo esto acabará con la monarquía», mientras que el Rey viajó a la desesperada a Biarritz, en busca del consejo del conde de Romanones, al que no lo localizó porque estaba en el balneario de Royan. Esa noche, con un baile de gala en Miramar, en el que el Rey permaneció en estado de shock ante la grave decisión que tenía que tomar: asumir el riesgo de aceptar una dictadura militar e incumplir su juramento de defensa de la Constitución, con la opinión contraria de su madre que lo veía como un serio riesgo para el trono, o enfrentarse al Ejército, acabó el régimen liberal y constitucional.

Al día siguiente, Primo de Rivera salió de Barcelona hacia Madrid, con el apoyo de la burguesía catalana, desde una estación abarrotada de gente que subida hasta en los techos de los vagones gritaba como quien se libera de una pesadilla: «¡Viva el salvador de España!», «general, ¡no desmayes, sigue adelante, todos estamos contigo!». Y el Rey, después de preguntar a quemarropa al presidente del Consejo, Alhucemas: «Teniendo en cuenta la actitud del Ejército, ¿puedes garantizar que restablecerás el orden en España y que protegerás a la Corona y al Gobierno?», y recibir como respuesta que no podía garantizar nada, confirmó a Primo como jefe de Gobierno diciéndole: «Dios quiera que aciertes. Te voy a dar el poder».

El golpe fue limpio, sin derramamiento de sangre, y aunque suspendió las garantías constitucionales, declaró el estado de guerra y anuló los partidos políticos y el parlamento, sustituyéndolos por unos sucedáneos como Unión Patriótica y la Asamblea Nacional, fue deseado por la mayoría de los españoles. Lo aceptó la UGT, Ortega y Gasset lo recibió con aplauso y esperanza y Lerroux dijo: «El grano había de reventar algún día».

La dictadura duró seis años, cuatro meses y trece días y tuvo grandes logros: acabó con la guerra de Marruecos, con las huelgas y el terrorismo; saneó la Hacienda; realizó obras públicas, la primera red de carreteras y los primeros paradores de turismo; creó las Confederaciones Hidrográficas y puso en marcha los primeros e importantes embalses; realizó las exposiciones universales de Sevilla y Barcelona; y promocionó a las primeras mujeres. El Rey dijo que con ella «España cubrió un trayecto que en circunstancias ordinarias le habría costado veinte años de esfuerzos». Pero el error de Primo de Rivera fue no querer crear un Estado nuevo sino pretender volver a la normalidad; es decir, regresar a todo lo que había excomulgado. Él decía que la dictadura era un puente entre dos situaciones políticas, pero un puente se hace para pasar de una orilla a otra y ¿dónde estaba la otra orilla? Porque para volver aI punto de partida no era necesario el puente. Por eso, su propio hijo, José Antonio, el fundador de Falange, le dijo: «Las dictaduras, papá, tienen sus leyes físicas propias que las hace deslizarse por una trampa hacia su irrenunciable manera de ser... Pensaste en un movimiento patriótico, y te ha salido una cofradía devota. Hablaste de unas Cortes representativas y sinceras y hemos tenido una Asamblea con aire de tertulia casera. Tú mismo tienes la sensación de que no podrás hacer nada»

Y así sucedió. Cuando, en enero de 1930, Primo dimitió nadie reconoció los grandes beneficios que había dado a España. Los que alentaron su golpe empezaron a hablar de los «siete años indignos», las algaradas callejeras crearon un ambiente intolerable y empezaron los gritos de ¡Muera el rey!, ¡Viva la República!, ¡A Palacio!, ¡Asaltaremos el Ministerio de la Guerra!, ¡Viva la libertad!, ¡Ya cayó la dictadura! Preludio de la II República que llegaría un año más tarde y acabaría, en 1936, en una guerra civil.

  • José Ignacio Palacios Zuasti fue senador por Navarra
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