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13 de abril de 2024

TribunaAlfredo Liñán

Cambalache

El agua dulce se vierte al mar de donde se rescata posteriormente para desalarla, gastando cantidades ingentes de energía, a fin de enviarla otra vez, en barcos contaminadores, a su origen

Actualizada 01:30

Es bien sabido que, aun antes del cambio climático – ¡pásmense ustedes!– en esta piel de toro, baticola de Europa y cabeza de África, el agua era un bien escaso. Y que, inexorablemente, cada x años sufrimos ciclos de pertinaz sequía. Por eso quizá, en mi niñez, el santo más venerado en mi casa era Mariano Medina, «el hombre del tiempo» y cuando su oronda imagen, en blanco y negro, salía en la tele, era obligado mantener un silencio religioso sólo roto al final, cuando mi progenitor despotricaba del maldito anticiclón de las Azores que taponaba la llegada de la lluvia. Pero entonces, claro, nadie se había percatado del cambio climático, aunque un tal Svante Arrhemius –¡en 1896!– ya hablaba del efecto invernadero al tiempo que Carlitos Benz jugaba a inventar el automóvil, y ni siquiera Greta Thumberg había pronosticado el fin del mundo a fecha cierta (el 23 de junio de 2023) por lo que los paisanos recurrían a pasear santos, pese a que algún avispado párroco les advirtiera que no estaba la cosa de llover. «La pertinaz sequía» formaba parte ineludible de todos los discursos que tuvieran que ver con el agua y «Paco ranas» como irreverentemente y a escondidas, por supuesto, llamaban algunos al entonces jefe del Estado por la gracia de Dios, empeñado en hacer pantanos y pantanos para combatirla sin la menor consideración a las lagartijas, garrapatas, culebras, escarabajos, topillos y demás fauna que, indefectiblemente, desaparecerían bajo las aguas, en ocasiones acogiéndose vanamente a sagrado en iglesias y torres arrasadas que, cuando la sequía aprieta aparecen como fantasmas del pasado en el fondo de los pantanos.
En resumen, que la cosa va de poca agua y mal repartida. Algo que pareció estar solucionado con el Plan Hidrológico Nacional, aprobado por el Gobierno de José María Aznar –Mr. Ánsar para G. Bush– que conectaba todas las cuencas de España, solucionaba el problema endémico del levante y resolvía de una tacada el suministro a Barcelona, aparte de otras muchas actuaciones, financiadas, además, por la C.E.E. Pero la alegría dura poco en casa del pobre y en estas llegó Zapatero, en tren al decir de algunos, y lo primero que hizo fue derogar el plan, porque así lo había prometido a los ecolo-catalanes en su campaña electoral. Lo que, junto a la vergonzante deserción de Iraq y la derogación de la Ley de Educación de Pilar del Castillo, marcó el principio del que llegamos a considerar como el peor Gobierno de la democracia. Ingenuas criaturas.
Y ahora… pues escuchamos absortos la palabra de la ministra «para la transición ecológica y el reto demográfico» –casi ná– proponiendo solucionar la sed de Barcelona con agua proveniente de la desaladora de Sagunto, que fue necesario construir por la negativa cerril al trasvase del agua sobrante del Ebro contemplado en el citado Plan Hidrológico. Y así cerramos el círculo, dicen que virtuoso: el agua dulce se vierte al mar de donde se rescata posteriormente para desalarla, gastando cantidades ingentes de energía, a fin de enviarla otra vez, en barcos contaminadores, a su origen, a precio de Johnny Walker –etiqueta negra, por supuesto– pagado por todos y marraneando, de paso, un poco más al mar con los vertidos de la salmuera resultantes. Genial. Y las naranjas que las riegue el Comendador de los Creyentes, y que nos las venda a buen precio. Y mientras Zapatero, pues eso, a sus zapatos.
Como cantaba el viejo Gardel: «Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición ¡da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón». Amén.
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