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24 de julio de 2024

TribunaGonzalo Ortiz

Europa se desnacionaliza

En esta Europa en crisis se prefieren valores abstractos universales, Maquiavelo se ha impuesto a Tomás Moro, la construcción de mezquitas (llenas) ha tomado el relevo de las iglesias (vacías)

Actualizada 11:58

Las recientes elecciones al Parlamento Europeo han puesto de relieve, a mi modo de ver, la distancia que existe entre las instituciones europeas y el electorado. Queda ejemplificada en la baja participación y en el deslizamiento del voto hacia la derecha. La pregunta básica es si pueden absorber las quebradizas sociedades europeas dosis adicionales de socialdemocracia.

Hace ya mucho tiempo que Raymond Aron escribió su famoso «Plaidoyer (alegato) pour une Europe decadente». Lo que se veía venir en 1977, año de su publicación, viene confirmado por una Europa con bajísimas tasas de nacimientos y fuertes entradas de inmigrantes. He leído en algún sitio que por cada 100 nacimientos de hijos de españoles entran 1.500 inmigrantes. Verdadero o falso, como todas las estadísticas, lo cierto es que Europa está cambiando de color.

Acabo de regresar de un viaje que en 12 días me ha llevado de Chipre a Alemania pasando por Grecia, Italia y Suiza. En las estaciones de ferry, autobús, metro o ferroviarias me he tropezado con el mismo «mix» racial, que reconoce llegadas importantes de magrebíes, subsaharianos, ucranianos y, en el caso alemán, de sirios y afganos. Europa se desnacionaliza a gran velocidad, no hay una política de inmigración común y el resultado es que las fronteras son muy permeables. Una de las razones más poderosas para la salida del Reino Unido fue precisamente controlar la inmigración. Y los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo confirman que la gente está pidiendo a voces ya una política seria de control de fronteras.

Pero ¿existe Europa? ¿hay unos rasgos comunes que permitan afirmar que existe un profundo sentimiento europeo? Como ha escrito el historiador Christopher Clark los europeos están dispuestos a abandonar el campo de batalla sin luchar y en su libro «Primavera revolucionaria: 1848» habla de una Europa que se sentía europea y con capacidad de liderazgo. Ahora, «los europeos nos estamos dejando vencer y nos arrepentiremos de no haber peleado».

La Europa de hoy ha decidido prescindir de sus raíces cristianas. En el fracasado proyecto de Constitución que lideró Valéry Giscard d´Estaing, como en el Tratado de Lisboa, se decidió no incluir esta caracterización. El cristianismo tiene varias ventajas sobre otras religiones: su Dios no predica la guerra sino el amor, consagra la igualdad de todos, independientemente del sexo y de la condición social y ensalza virtudes como la honestidad, la sencillez, el esfuerzo y el respeto a la verdad.

En esta Europa en crisis se prefieren valores abstractos universales, Maquiavelo se ha impuesto a Tomás Moro, la construcción de mezquitas (llenas) ha tomado el relevo de las iglesias (vacías). Se busca el voto islámico creciente, pero ha desaparecido el voto confesional (democracia cristiana). En las grandes metrópolis, los «nuevos» europeos se acercan al 40% y nadie les ha pedido conocer la historia de su país de adopción, sus ideales o respetar su bandera.

Como ocurre en el Festival de Eurovisión, donde reinan la chabacanería, el mal gusto, (artículo «culos nebulosos» de Ussía), el inglés y los efectos especiales. Eurovisión, antes punto de encuentro de sensibilidades europeas, ahora convertido en extraño escaparate donde cabe el satanismo y todo tipo de procacidades, y falta la música.

Europa sigue dando mal ejemplo al resto del mundo con la guerra de Ucrania, que es esencialmente una guerra europea, en la que sin la ayuda de los Estados Unidos, Ucrania no habría podido resistir. ¿Qué se puede hacer para detener la decadencia de Europa?. Esta semana se celebraba el aniversario de los 80 años del desembarco aliado en Normandía, celebración algo patética, a la que acude un enclenque presidente norteamericano Biden, cuyo paraguas atómico sigue protegiendo a Europa. Participa el primer ministro británico Rishi Sunak, que recibe críticas por haberse ido de la celebración antes de tiempo y asiste, claro, el presidente francés, Macron, con cara de preocupación ante una inminente victoria de la derecha radical de Marine le Pen en las elecciones europeas .

Como dice Cayetana Álvarez de Toledo, deberíamos ser «salmones», es decir, nadar contra corriente. Y nadar contra corriente significa afianzar nuestras señas de identidad, ante todo, los derechos a la vida, a la libertad y a la propiedad privada. No rendir nuestros valores frente al tsunami de la inmigración descontrolada. Encarecer el pasaporte o la residencia europeas exigiendo al inmigrante que intente adaptarse a unas reglas que hoy por hoy le son ajenas. Habrá que reformar instituciones que como el Parlamento europeo, no se siente como propio. Desburocratizar el campo intentado sujetar a la gente, y hacer la vida rural más atractiva. Recordando los valores esenciales del cristianismo ( «la verdad os hará libres», San Juan), y reforzando nuestra base poblacional con políticas demográficas que animen a las mujeres a tener más hijos. Crear una defensa común y multiplicar proyectos que como Erasmus aseguren una nueva conciencia europea.

Abordar en serio nuestra «crisis de civilización» es tarea básica para tratar de contrarrestar el fenómeno de autodestrucción de las sociedades liberales. Europa, pues, enfrentada a ciertos aspectos de su pasado que quiere superar y a un futuro que no acierta a definir. Este es mi alegato en una Europa que nacionaliza emigrantes a gran velocidad sin integrarlos y se desnacionaliza.

Gonzalo Ortiz es embajador de España

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